De los bellos signos litúrgicos que tenemos en nuestras celebraciones eucarísticas en el tiempo de Pascua, en esta ocasión reflexionaremos brevemente sobre unos himnos poéticos y litúrgicos llamados «secuencias». Estos himnos aparecen en la Edad Media aproximadamente, como un desarrollo del aleluya al que, luego de agregarle texto, se alargaba el melisma final del mismo, y así empezó a dar origen a estos preciosos himnos. Ese alargamiento tenía el nombre de jubilus en latín. San Agustín explica muy bien esta parte del aleluya:
«El júbilo es un sonido que indica la incapacidad de expresar lo que siente el corazón. Y este modo de cantar es el más adecuado cuando se trata del Dios inefable. Porque, si es inefable, no puede ser traducido en palabras. Y, si no puedes traducirlo en palabras y, por otra parte, no te es lícito callar, lo único que puedes hacer es cantar con júbilo. De este modo, el corazón se alegra sin palabras y la inmensidad del gozo no se ve limitada por unos vocablos» (Comentario al salmo 32).
Como son himnos «extrabíblicos», ya el Concilio de Trento excluyó un buen número de ellos que habían sido adoptados en la liturgia romana en el decurso de los siglos previos; hasta llegar a la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II que dejó únicamente tres durante el año litúrgico.
De hecho, en la IGMR tenemos una escueta normativa al respecto: «La Secuencia, que sólo es obligatoria los días de Pascua y de Pentecostés, se canta antes del Aleluya» (IGMR 64). Por su propia naturaleza, igual que el «Aleluya» antes del Evangelio, si no se canta no tiene sentido que se recite.
En Pascua tenemos dos solemnidades que tienen secuencia, que, como hemos dicho, es un himno litúrgico cantado ordinariamente entre el salmo responsorial y el aleluya o entre la segunda lectura y el aleluya. El domingo de pascua se canta la secuencia titulada «Victimae Paschale Laudis» (Alabanza a la Víctima Pascual), y en Pentecostés la secuencia se titula «Veni, Sancte Spiritus» (Ven, Espíritu Santo). Fuera del tiempo pascual se conserva todavía la secuencia de la solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor, titulada «Lauda Sion Salvatorem» (Alaba Sión al Salvador). Para la fiesta de la Madre Dolorosa (que en muchos países de América Latina se celebra el 3 de mayo), que se celebra el 15 de septiembre, también el misal propone una secuencia en forma optativa, titulada «Stabat Mater» (Estaba la Madre dolorosa). Antes de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, también existía la secuencia en las exequias titulada «Dies Irae» (Día de la ira), que se atribuye su autoría al franciscano Tomás de Celano (1200–1260), amigo y biógrafo de san Francisco de Asís.
1. Secuencia «Victima Paschale Laudis»
La mayoría de los estudios atribuyen este himno al monje Wipo de Burgundia o Borgoña (990-1050), capellán de la corte de Conrado II y de su hijo Enrique III.
Se canta facultativamente el día de Pascua y durante la octava. Comienza con una invitación a la alabanza de la Víctima pascual. Luego se establece un diálogo original entre la pregunta de la comunidad y la respuesta de santa María Magdalena que ha encontrado al Señor resucitado. Este himno tiene una profundidad teológica extraordinaria a pesar de ser breve.
Victimae paschali laudes immolent Christiani.
Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima propicia de la Pascua.
Agnus redemit oves: Christus innocens Patri
reconciliavit peccatores.
Cordero sin pecado que a las ovejas salva, a
Dios y a los culpables unió con nueva alianza.
Mors et vita duello conflixere mirando:
dux vitae mortuus, regnat vivus.
Lucharon vida y muerte en singular batalla, y,
muerto el que es la Vida, triunfante se levanta.
Dic nobis Maria, quid vidisti in via? Sepulcrum
Christi viventis, et gloriam vidi resurgentis:
Angelicos testes, sudarium, et vestes.
«¿Qué has visto de camino, María, en la
mañana?» «A mi Señor glorioso, la tumba
abandonada, los ángeles testigos,sudarios y
mortaja.
Surrexit Christus spes mea: praecedet suos in
Galilaeam.
¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!
Venid a Galilea, allí el Señor aguarda; allí
veréis los suyos la gloria de la Pascua».
Scimus Christum surrexisse a mortuis vere:
Primicia de los muertos, sabemos por tu
gracia que estás resucitado; la muerte en ti no
manda.
Tu nobis, victor Rex, miserere.
Rey vencedor, apiádate de la miseria humana
y da a tus fieles parte en tu victoria santa.
2. Secuencia «Veni, Sancte Spiritus»
El texto de la Secuencia de Pentecostés se atribuye a Stephen Langton (1150-1228), arzobispo de Canterbury; también al rey de Francia Roberto II el Piadoso (970-1031) y al papa Inocencio III (1160-1216). Tiene las siguientes partes: invocación inicial al Espíritu Santo (estrofas 1 y 2); descripción de sus atributos o cualidades (3 y 4); súplica (5); descripción de su acción de sanar, rehabilitar, perdonar, acompañar (6, 7 y 8); una súplica final para que lleve a plenitud su acción santificadora (9 y 10).
El texto tiene una riqueza en la cantidad de imágenes que utiliza para expresar la acción del Espíritu Santo en la vida tanto de la Iglesia como de cada uno de nosotros.
El apóstol san Pablo, en su carta a los Corintios, nos explica la multiforme acción del Espíritu Santo en los diversos «dones» o «carismas» que concede para la santificación de los que forman la Iglesia:
«Existen diversos dones espirituales, pero un mismo Espíritu; existen ministerios diversos, pero un mismo Señor; existen actividades diversas, pero un mismo Dios que ejecuta todo en todos. A cada uno se le da una manifestación del Espíritu para el bien común. Uno por el Espíritu tiene el don de hablar con sabiduría, otro según el mismo Espíritu el de enseñar cosas profundas, a otro por el mismo Espíritu se le da la fe, a éste por el único Espíritu se le da el don de sanaciones, a aquél realizar milagros, a uno el don de profecía, a otro el don de distinguir entre los espíritus falsos y el Espíritu verdadero, a éste hablar lenguas diversas, a aquél el don de interpretarlas. Pero todo lo realiza el mismo y único Espíritu repartiendo a cada uno como quiere» (I Cor 12,4-11).
Veni, Sancte Spíritus, et emítte cǽlitus lucis
tuæ rádium. Veni, pater páuperum, veni, dator
múnerum, veni, lumen córdium.
Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el
cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus
dones espléndido; luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Consolátor óptime, dulcis hospes ánimæ,
dulce refrigérium. In labóre réquies, in æstu
tempéries, in fletu solácium.
Ven, dulce huésped del alma, descanso de
nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga
las lágrimas y reconforta en los duelos.
O lux beatíssima, reple cordis íntima tuórum
fidélium. Sine tuo númine, nihil est in hómine,
nihil est innóxium.
Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y
enriquécenos. Mira el vacío del hombre,si tú
le faltas por dentro; mira el poder del pecado,
cuando no envias tu aliento.
Lava quod est sórdidum, riga quod est áridum,
sana quod est sáucium. Flecte quod est
rígidum, fove quod est frígidum, rege quod est
Dévium.
Riega la tierra en sequía, sana el corazón
enfermo, lava las manchas, infunde calor de
vida en el hielo, doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Da tuis fidélibus, in te confidéntibus, sacrum
septenárium. Da virtútis méritum, da salútis
éxitum, da perénne gáudium.