El imperio contrataca: Civilización e inmigración en Europa

por | May 4, 2026 | Blog Fe y Libertad, Cultura

Tiempo de lectura: 5 minutos

En los debates contemporáneos sobre inmigración existe una tendencia casi automática a pensar en términos cuantitativos. ¿Cuántos inmigrantes llegan? ¿A qué ritmo lo hacen? ¿Qué impacto tienen sobre el mercado laboral o sobre los sistemas de bienestar?

Estas preguntas son importantes, pero no son suficientes. La inmigración no es únicamente un fenómeno demográfico o económico. Es también —y quizá sobre todo— un fenómeno civilizacional.

Esta es la tesis central de mi informe The Empire Strikes Back: Why Civilisational Aspects Matter in Migration Policy, publicado recientemente por el Danube Institute de Budapest. Su argumento es sencillo: los números por sí solos no explican los resultados de integración en materia migratoria. La civilización sí.

La inmigración pone de manifiesto algo que muchas veces se olvida en el debate público contemporáneo. A saber, que las sociedades no son meras agregaciones de individuos intercambiables, ni simples sistemas económicos. Son comunidades históricas que comparten lenguas, tradiciones jurídicas, referencias culturales, narrativas históricas y, con frecuencia, también una herencia religiosa común. 

El título del informe toma prestado un concepto procedente de los estudios poscoloniales. La expresión «the empire strikes back» se utilizó originalmente para describir una ironía histórica: las antiguas metrópolis europeas reciben hoy migrantes procedentes de sus antiguas colonias. El imperio regresa, pero no mediante ejércitos o administradores coloniales, sino a través de flujos migratorios.

Este fenómeno es visible en toda Europa. Se estima que alrededor de veinte millones de inmigrantes en la Unión Europea proceden de territorios que en algún momento fueron colonias europeas o territorios de ultramar. Sin embargo, cuando observamos los distintos países europeos, encontramos una paradoja: pese a que muchos de ellos reciben inmigración desde sus antiguos dominios imperiales, los resultados de integración varían enormemente.

Francia ha vivido durante décadas tensiones persistentes en las periferias urbanas. El Reino Unido mantiene un debate permanente sobre los límites del multiculturalismo y la cohesión social. España, en cambio, presenta un caso algo distinto. Hoy viven en España más de cuatro millones de inmigrantes procedentes de Hispanoamérica —aproximadamente un diez por ciento de la población— y, pese a las dificultades propias de cualquier proceso migratorio, su integración ha sido en general comparativamente más fluida.

La pregunta es evidente: ¿por qué? El debate público suele responder a esta cuestión recurriendo a variables cuantitativas o socioeconómicas. Se habla de niveles educativos, de empleabilidad o de volumen de llegadas. Todos estos factores influyen, sin duda. Pero no bastan para explicar por qué sociedades con cifras migratorias similares experimentan niveles de conflicto social tan distintos.

Para comprender esta diferencia es necesario mirar más allá de los números y considerar el trasfondo civilizacional. Y es que la forma en que los imperios marítimos europeos se construyeron dejó huellas profundas que siguen influyendo en las dinámicas migratorias actuales. En términos muy generales, podemos distinguir entre dos modelos imperiales. Por un lado, existieron imperios fundamentalmente extractivos o administrativos, que gobernaban sus colonias a distancia mediante estructuras jerárquicas. En estos sistemas, las poblaciones coloniales eran administradas, pero raramente integradas. La separación cultural formaba parte del propio diseño del imperio. Los imperios británico y francés se aproximaron bastante a este modelo. Con su marcha, dejaron muy poco de su civilización detrás.

Por otro lado, hubo imperios que aspiraban a reproducir su propia civilización en los territorios de ultramar. En estos casos, el imperio no se concebía únicamente como un sistema administrativo, sino como una expansión de instituciones, lengua, religión y orden jurídico. La América española siguió en gran medida este segundo modelo. Durante siglos, este proceso dio lugar a un amplio espacio cultural transatlántico caracterizado por una lengua común, tradiciones jurídicas similares y una herencia cultural compartida.

Esta continuidad civilizacional tiene consecuencias muy concretas en el presente. Cuando inmigrantes de países como Ecuador, Colombia, Argentina o Perú llegan a España, lo hacen en una sociedad cuya lengua ya hablan, cuyas instituciones jurídicas reconocen en gran medida y cuyas tradiciones culturales y religiosas les resultan familiares. La inmigración no se percibe necesariamente como una ruptura civilizacional radical, sino como una transición dentro de un mismo horizonte cultural.

Esto no significa que la inmigración dentro de un mismo espacio civilizacional esté exenta de tensiones. Toda migración genera fricciones. Pero sí implica que esas fricciones tienden a ser menores cuando existe un trasfondo cultural compartido.

La lección que se desprende de este fenómeno es más amplia que la cuestión migratoria en sí misma. Lo que la inmigración revela es la importancia de la civilización como marco de la vida política y social —y, en este caso concreto, también arroja luz de «cómo se hizo imperio»—. Durante décadas, una parte significativa del pensamiento político occidental ha tendido a considerar las identidades culturales como elementos secundarios o incluso irrelevantes frente a variables económicas o institucionales. Sin embargo, la experiencia histórica sugiere lo contrario: las civilizaciones crean contextos culturales que condicionan profundamente el funcionamiento de las sociedades.

La política migratoria es un ámbito donde esta realidad se vuelve particularmente visible. Cuando el debate público se limita a discutir cifras, cuotas o necesidades del mercado laboral, corre el riesgo de ignorar una dimensión fundamental del fenómeno. La inmigración no transforma únicamente la economía de un país; también afecta a su tejido social, a sus formas de convivencia y a su continuidad cultural. A su identidad y razón de ser.

Por eso, cualquier política migratoria realista debe reconocer que las personas no son simples unidades económicas. Son portadoras de tradiciones, de valores y de visiones del mundo que se han formado en contextos históricos concretos.

En última instancia, el debate sobre inmigración nos recuerda una verdad más profunda: los seres humanos no vivimos únicamente en sistemas económicos o estructuras administrativas. Vivimos —y deseamos vivir— en civilizaciones. Y comprender este hecho es esencial para entender no solo la inmigración, sino también el futuro de nuestras sociedades.

Juan Ángel Soto

🇪🇸 España

Esposo y padre. Consultor, jurista, politólogo, emprendedor social.

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