Virtudes y cortesía

por | Blog Fe y Libertad

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Hay tres actitudes diferentes ante la vida: hostilidad, indiferencia o benevolencia. La primera es propia de quienes ven en los demás seres con los que hay que competir, o a quienes hay que vencer; que tienen miedo a perder y se enfadan cuando pierden; que consideran siempre que les falta algo; afirman que «el fin justifica los medios» y les gusta imponer su voluntad sin importarles el daño que esto pueda causar a los demás. Esta actitud es indeseable. Como afirmó Aristóteles, «nadie en su sano juicio nace amante de la confrontación».

La segunda actitud, la de la indiferencia, caracteriza a quienes se consideran a sí mismos como si fueran dioses o como si el mundo fuera una especie de fiesta, marcada por el «hoy estoy aquí, pero mañana me iré y olvidaré todo esto». Son seres que sienten que su vida es inmortal y son los dueños de la verdad. Y, como tales, se consideran libres de hacer lo que quieran, imponiéndose sin miramientos a los demás. No se preocupan por los demás, les importan un bledo, salvo aquellos creen puedan serles de alguna utilidad. Son egocéntricos, viven en un mundo de fantasías, insensibles a la realidad de los demás y al dolor ajeno. La indiferencia es un vicio. Como advirtió Aristóteles hace dos mil trescientos años: «La indiferencia no es bella, sino viciosa y mezquina».

La tercera actitud es la de la benevolencia, propia de quienes consideran a los demás seres humanos como la mayor riqueza de su vida, y no como competidores a los que hay que vencer o como esclavos; aquellos para quienes la amistad tiene el mismo valor que el dinero o el poder; aquellos para quienes el trabajo es una vocación y no una imposición que hay que soportar; aquellos para los que la sociedad no es un escenario de lucha, sino una familia en la que se cuida de los demás; aquellos para los que la verdad, el bien y la belleza son valores absolutos, aunque diferentes, que hay que buscar en la realidad; y aquellos que saben que «el fin no justifica los medios», que «las formas valen tanto como los fondos» y que «el hombre es más importante que los objetivos que persigue». La denominación más acertada de esta actitud es la de «cortesía», que proviene del término italiano «cortese», y que podemos traducir como «bien educado». Aristóteles la define como «un proceso de educación que tiene por objeto producir una actitud de constante benevolencia hacia los demás». Este sentimiento de benevolencia debe ser dictado en el momento mismo en que se presenta la ocasión de ejercerlo, es decir, sin pérdida de tiempo.  

La cortesía es la más bella de las virtudes, porque administra los encuentros y las despedidas, los intercambios y los silencios, los espacios y los tiempos. La cortesía se expresa en una palabra amable, en una sonrisa, en un acto de amistad sincera, en la consideración hacia los demás, en una carta de agradecimiento, en un saludo afectuoso y respetuoso, en un regalo dado sin esperar nada a cambio, en la gratitud por los beneficios recibidos. La cortesía se ejerce con los amigos, con los parientes, con los vecinos, con los extraños, con los menos afortunados, con los animales y con los objetos, con el mundo y con Dios.

La cortesía que mostramos a los demás es como un espejo en el que nos podemos ver; y con ella podemos saber lo que somos y lo que no somos.  Mostrar cortesía a los demás es una forma de vernos a nosotros mismos con más claridad. Nos ayuda a saber lo que somos y lo que no somos. Nos ayuda a superar el egoísmo y a ver las necesidades de los demás.

Las personas educadas son aquellas que no tienen miedo de decir «por favor», «gracias», «perdón» o «lo siento»… Son las que, en lugar de quejarse, son agradecidas. Son las que no temen echar una mano; las que no desdeñan un saludo, y las que siempre buscan la manera de que los demás se sientan cómodos en su presencia. 

Algunas personas piensan que ser cortés es un signo de debilidad. Piensan que las personas que son corteses tienen miedo de decir lo que piensan. Esto no es cierto. Ser cortés no significa tener miedo de decir lo que se piensa. Significa ser respetuoso con los demás.

Cuando somos corteses con los demás, también lo somos con nosotros mismos. Nos demostramos a nosotros mismos que somos dignos de respeto. Nos demostramos a nosotros mismos que somos dignos de amor.

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