Hace cinco años reseñé el libro del matemático irlandés, John C. Lennox, 2084 Artificial Intelligence and the Future of Humanity, para la revista Fe y Libertad. Era 2021 y la agenda coyuntural era corregir el curso de la pandemia del covid-19, por lo que la inteligencia artificial no era lo que hoy conocemos; incluso, parecía en ese entonces un asunto de ciencia ficción que se miraba de manera escéptica muy lejos de experimentar, y por ello quizás el valor de Lennox de posponerlo al año 2084, aunque seguramente fue un guiño al año 1984 de George Orwell. Por eso era inusual que Lennox buscara responder la pregunta sobre qué significa el ser humano para la IA, y aún más atrevido y valiente, buscar la respuesta desde la fe cristiana.
Pero Lennox no lo hizo desde la imaginación, pues sus argumentos eran también dirigidos a las obras de Yuval Noah Harari sobre su libro Homo Deus, Breve Historia del mañana, lo cual representó una versión contemporánea y tecnológica de la Torre de Babel: una historia de cómo el hombre busca lo divino y perfecto por sus propios medios, pero en el contexto actual no sería a través de una pirámide construida por piedras o ladrillos sino a través de algoritmos.
El 25 de mayo de 2026, el papa León XIV publicó Magnifica humanitas, su primera encíclica dedicando varios capítulos centrales a los conceptos de transhumanismo y posthumanismo, lo cual me ha empujado a escribir sobre ello porque, sin ser políticamente correcto, es interesante que el papa no evade ni parafrasea el vocabulario, y lo llama incluso las «Narrativas de fondo: transhumanismo y posthumanismo» (León XIV, 2026, párr. 115).
La encíclica por lo tanto distingue el transhumanismo como la aspiración del humano de superar sus propios límites biológicos a través de la biomedicina e incluso buscar fusionarse con las máquinas eventualmente. Mientras que el posthumanismo va más allá al creer que el Homo sapiens, sigue siendo una etapa previa hacia una especie mejorada, tal vez más digital que humana (León XIV, 2026, párr. 116). Está demás recordar la serie de Black Mirror para imaginar la conciencia humana cargada a un servidor y buscando la eternidad por nuestros propios medios.
Sin embargo, el argumento crítico de la encíclica no se dirige hacia lo técnico: no critica el mecanismo de cómo escribir prompts más acertados o qué ecosistema gasta menos tokens en la ejecución de tareas, sino que es de carácter filosófico. Por lo tanto, el papa León XIV no objeta que la tecnología aporte al desarrollo humano, pero sí objeta la confusión entre aquellas mejoras sobre los medios o instrumentos que busquen el desarrollo humano y las mejoras al ser humano en sí mismo. Porque si el ser humano se va a definir como un sinónimo de rendimiento funcional al premiar o castigar el logro de tareas, entonces se termina reduciendo su valor o dignidad a una simple variable de capacidades netas.
Ante ello, la posición de la encíclica es firme; la dignidad humana no depende de lo que la persona puede o deja de hacer, sino lo que es realmente: entendido como un ser que fue creado a imagen y semejanza de Dios y que es querido dentro de una relación de comunión con Él (León XIV, 2026, párr. 50), por lo que cualquier alteración en su biología a esa imagen y semejanza también podría alterar la relación que podría tener con Dios.
Por otra parte, parece interesante cómo la Magnifica humanitas analiza el tema de la fragilidad humana: aquella estructura que moldea la verdadera experiencia del individuo como la compasión, la fe, el sacrificio o el amor, que son elementos no transaccionales y que solo ocurren a través de la fragilidad humana y no a pesar de ella. Por lo que eliminar esta fragilidad no podría ampliar estas experiencias; al contrario, podría suprimirlas.
Es por ello que la encíclica se refuerza con argumentos de Viktor Frankl, al recordar que el límite humano y el horror extremo no apagan la capacidad de sacrificio y fe, sino que a veces la revelan en su estado más puro, y advierte desde la tradición agustiniana, que si anhelamos tanto la paz, esta exige primero el ejercicio de la justicia humana y no soluciones prefabricadas (León XIV, 2026, párrs. 121 y 215).
La historia tampoco le da la razón al transhumanismo en lo que Lennox (2020) llamaba un «error de categoría». Pues muchas veces se confunde mejorar instrumentos con mejorar al ser humano per se. Es decir, un carro o una motocicleta mucho más rápida no convierte al conductor en mejor persona, ni tampoco un cerebro mejorado garantiza más sabiduría o justicia.
Porque está de más decir que la historia nos ejemplifica con huellas memorables de mentes brillantes al servicio de causas perversas, y por ello el problema no es que el cuerpo sea tan débil para enfermarse o tan sensible para sentir dolor; el problema es que nuestro libre albedrío, a pesar de darnos la capacidad de elegir el camino correcto, siempre nos desvía. Es por ello que la encíclica lo destaca con precisión cuando dice que el progreso de la IA, desvinculado de la maduración ética y social, no nos hace mejores personas, sino que agrava la distancia entre «tener más» pero no se «es más» (León XIV, 2026, párr. 94).
Asimismo, la encíclica parece dejar el camino abierto para las implicaciones prácticas. El papa León XIV propone algo fascinante sobre la sobriedad digital, aunque debería ser llamado mejor el ayuno digital: saber cuándo apagar, o usar la inteligencia artificial sin ser usado por ella (León XIV, 2026, párrs. 140, 147 y 170), y pienso que esta idea es la que realmente vale la pena seguir profundizando, pues, aunque ha sido presentada en la encíclica como una orientación, debería seguir escribiéndose más sobre ello como un análisis mucho más amplio. Pues los mecanismos que hacen tan complicada esta desconexión son precisamente los modelos de negocios que monetizan la atención y los algoritmos que buscan explotar estas vulnerabilidades psicológicas, y que precisamente ya son mencionadas (León XIV, 2026, párrs. 170-171).
Porque si bien la dignidad humana importa, especialmente cómo el uso de la IA amenaza la figura del individuo en sociedad, también importa dimensionar la responsabilidad con la que la usamos. Lo que sí me parece acertado es la pregunta provocadora que hace la encíclica: partiendo de que la IA no es moralmente neutra, pues de alguna manera toma partida de nuestros ideales y prioridades, el debate no gira en torno a si la tecnología es intrínsecamente buena o mala, sino ¿qué visión del ser humano vamos a construir el mundo que viene tomando en cuenta que somos nosotros los arquitectos de sus resultados? (León XIV, 2026, párrs. 9, 94 y 104)
Lennox lo analizaba en 2020, todavía con un tono muy curioso e incluso escéptico. Hoy, cinco años después, León XIV plantea esta cuestión con el peso de la doctrina social de la Iglesia. Eso debería tener mucho más eco y un mayor impacto en el mundo, supongo. Y la pregunta por supuesto, seguirá siendo el desafío por delante a responder.
Magnifica humanitas fue firmada con mucho simbolismo en el aniversario de la Rerum novarum, la encíclica del papa León XIII publicada en 1891 sobre la Revolución Industrial. ¿Su tesis? El trabajador no era una máquina. Ahora, 135 años después, el papa León XIV dice en 2026: el humano no es un algoritmo.
Referencias
Harari, Y. N. (2018). Homo Deus: A Brief History of Tomorrow. Harper.
Lennox, J. C. (2020). 2084: Artificial Intelligence and the Future of Humanity. Zondervan Reflective.
León XIV. (2026). Magnifica humanitas: Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial [Carta encíclica]. Santa Sede. https://www.vatican.va
Orrego, D. (2021). Reseña del libro 2084: Artificial Intelligence and the Future of Humanity, de J. C. Lennox. Fe y Libertad, 4(1), 207-209.