Un peregrinaje

por | Blog Fe y Libertad

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Es importante aclarar que estas líneas fueron leídas por el Dr. Armando de la Torre en el año 2010. Tras la lectura no dijo sí, ni dijo no, solo una sonrisa cuya interpretación no demandé, pero que el lector tendrá que adivinar conmigo qué pudo significar. 

Por qué el profesor de la Torre

Es una figura que sigue redactando un testamento para los guatemaltecos. Los más lo conocen como el brillante académico que es, director sempiterno de la escuela de Ciencias Sociales en la Universidad Francisco Marroquín. Otros, le conocen como ex sacerdote jesuita, hoy defensor de las tesis del libre mercado, del Estado de derecho y crítico acérrimo del mal gobierno y de la discrecionalidad de los gobernantes de éste y otros países latinoamericanos. Son menos los que le conocen por tener un círculo íntimo de seguidores que discurren sobre ciencia, historia, política y filosofía. Y aún menos los que conocen de cerca su pasión profesional por la teología. 

Yo he migrado entre todos esos círculos y he participado en varios proyectos con él. Creo conocer facetas del profesor De la Torre que pocos conocen por elección de él mismo, él las ha querido dar a conocer a quien escribe. También puedo comparar sus enseñanzas en los años 90 con las preocupaciones que tiene hoy en la tercera década, y en vísperas de sus cien años. Esa proximidad a sus lecciones y conferencias en el tiempo me permite apreciar continuidades y discontinuidades. Para los fines de estas líneas me circunscribo a material público que puede ser reconocido por otros que, como yo, han acompañado el devenir del profesor De la Torre. En especial, deseo referirme a aquellos asuntos que tienen que ver con Dios y con la fe. Debo aclarar que esta no es una biografía ni mucho menos, tampoco es material autorizado. Son impresiones, discutibles, incorrectas quizá, que tienen más el mérito del afecto que la corrección de quien las hace. 

Intimaciones del cambio

Deseo empezar con unos ejemplos que ilustran lo que yo percibo como contraste, cambio o conversión en su peregrinaje, que pueden no serlo, pero que a mí me dan esa impresión. He platicado con el profesor De la Torre lo suficiente para apreciar la aparición de ciertos matices y el abandono de otros. Yo le escuché en los años 90 usar la expresión «la idea de Dios», que no le he oído más en los años 2000 en adelante, salvo la expresión «Dios», a secas. Creo que «la idea de Dios» era un elemento descriptivo cuando hablaba del dios de los filósofos, pero esa temática ya no apareció más en años recientes, si la memoria no me falla. 

Algo más descriptivo de ese cambio se encuentra en su sugestivo ejemplo según el cual el viajero por el Rin puede ver la diferencia entre las casas de las comunidades protestantes, austeras, descoloridas y tristes, frente a las casas de las comunidades católicas coloridas, adornadas y más alegres. Puede discutirse si estos tipos ideales, cosas impresionistas, fueron abandonadas por un aprecio más grande por la ética protestante y por su presencia en Guatemala. Pienso que el profesor De la Torre ha captado que algo sumamente serio está en el fondo de esa descripción. Aclaremos primero que hoy la coincidencia de la teología reformada protestante y de la católica posconciliar, en cuanto a la creación, deja ya poco espacio a escisiones profundas. Karl Barth y Hans Ur von Balthasar han prácticamente diluido esa línea de separación esgrimida en el siglo pasado. Pero por el otro, debemos precisar qué es lo que entendemos por el «colorido y alegría católicos» o por «la palidez protestante». De nada nos sirve denostar o ensalzar el color o falta de él si no diferenciamos entre el «gozo del Señor» y la alegre mundanalidad típica del europeo ilustrado y ateo. Este punto me parece que ha ganado importancia en el pensamiento del profesor De la Torre precisamente por las razones que paso a elaborar. 

El contexto intelectual

No se necesita mucho esfuerzo para hablar de la relación entre la fe y el profesor De la Torre. Educado en Cuba por los Hermanos de La Salle provenientes de Francia, incoaron en el joven De la Torre una pasión por la razón y la fe. Su formación como jesuita en España, en la Universidad de Comillas, asentó esa fascinación con la fe y la razón, agregando en su educación la devoción a la Iglesia desde la orden considerada la «caballería ligera del papa». Dicho con mayor profundidad, se hizo más real su compromiso con los problemas filosóficos del mundo moderno, su desafío espiritual planteado por ese mundo moderno a la fe católica y en especial se preservó con disciplina su entrega a la Iglesia católica por medio de las enseñanzas de la Compañía de Jesús. 

Pero esta no es solo una visión cronológica de ese devenir. Porque hay que tomar en serio lo que va ocurriendo con su traslado a Alemania para sus estudios doctorales y su final asiento en Roma a lo largo de la treintena de la vida. El mundo complejo de la Guerra Fría, de la revolución cubana y del sufrimiento en carne propia de las luchas internas que desgarran el alma de la Iglesia, ahora más abierta que nunca a convertirse en la aliada futura del socialismo como movimiento que dominaría el mundo, son también las pugnas internas del alma de éste hombre de principios, un ser humano con ombligo y un cristiano más universal que lo que se requería para enamorarse a ciegas del marxismo, como hicieron muchos de sus hermanos de religión o compañeros de la orden asentados en la España vascuence antifranquista. 

De modo que es en este mundo complejo en el que primero sugerimos que el profesor De la Torre se ve jalonado por dos fuerzas, la del mundo moderno y la de la devoción a Dios, que marcarán en el futuro sus subsecuentes «conversiones» y las que tratará de mantener constantes como parte de su formación académica y espiritual. Esto en el interior de un hombre que va madurando y que luchará por ser fiel a ambas sin perder el equilibrio que se necesita para sentirse una persona no solo comprometida con la academia, sino fiel a los principios a los que entregó su vida desde muy joven. 

El profesor De la Torre está entonces, en su pensamiento, en este devenir histórico en el que sufrimos las tensiones que como seres humanos nos hemos permitido. Por un lado, habiendo escogido qué creer, por qué y para qué creer y, por el otro lado, mostrando la desconfianza que hemos aprendido ante ciertas posturas, ideas y prácticas, sean religiosas, sociales o políticas. Es en este devenir, muy existencial también, en el que le sorprenden los trámites del Concilio Vaticano II, la llegada a la silla papal de Pablo VI y el roce de su vida con la violencia marxista a través de su familia que experimenta el exilio de la Cuba insufrible.

Proponemos aquí otra idea que caracterizará la vida intelectual más privada del profesor De la Torre. Su espíritu crítico en el sentido griego del término: krinein, separar, distinguir o juzgar con discernimiento. El profesor De la Torre querrá aclararse las ideas a partir del «uso razonable de la razón», como buen admirador del criticismo kantiano, ese que proviene de una razón con límites, y a cuyo autor De la Torre también le reconoce límites. Pero esto es importante porque nos muestra también la apertura del profesor De la Torre a la fe. Por eso su pensamiento tendrá siempre un enfado con la tradición de Hume, precisamente porque parece no caer en la cuenta de que él usa la razón para probar los límites de la razón. Si lo de Hume le resulta incómodo, lo de los aufhebung (los que dialécticamente han superado a Hume) le resultará totalmente oprobioso: aquellos que usan la razón para probar la omnipotencia de la razón. ¿Acaso petitio principii? Más grave que eso, soberbia y locura humanas. Su queja será siempre que nada saben ni de la razón, ni de la historia del pensamiento y lo que saben de filosofía lo saben a medias. Eso por el lado negativo. Para quien escribe hay un lado positivo en ello, y es que eso refleja su apertura a la fe como algo determinante en su vida. 

La primera fase «exploraciones sobre la razón»

Fuera de la Compañía de Jesús, el profesor De la Torre participa en esto que hemos llamado aquí «exploraciones sobre la razón». En ellas uno puede encontrar ciertos temas favoritos. El descubrimiento de la escuela austriaca de economía, la fascinación con los grandes físicos del siglo XX y sus aportes a la ciencia, el énfasis en el método científico y en el desarrollo de la civilización humana con rostro científico y social. Es la fase que trajina su experiencia en Estados Unidos como docente, es la fase que le marcó como esposo y padre de familia en el contexto de Guatemala. Aquí experimentó no una conversión radical sino una que está compuesta de pequeños pasos que creo yo marcan futuras rutas. Es un largo camino de aproximadamente cuarenta años, nos atrevemos a decir, como los Israelitas en el desierto. 

Por eso deseo problematizar este punto un poco más. Afirmo que esta fase de «exploraciones de la razón» solo podía resultar insatisfactoria porque metodológicamente no cambiaba el centro de gravedad hacia Dios sino seguía centrado en la razón. Quiero sugerir que la enseñanza tomista, tan sólida y completa desde el punto de vista filosófico, se empezó a desdibujar en el plano más íntimo y personal del profesor De la Torre. El derecho natural, la teodicea y el tomismo aristotélico fueron perdiendo el peso inicial que en un momento tuvieron en el estudiante de Comillas o para el profesor en Roma. Su búsqueda de la fe, del realismo existencial y de la vena mística empezó a ceder hacia lo que yo percibo como una permuta en su pensamiento y su fe personal. 

Pero esto no debe verse como la histórica demolición del edificio de las dos plantas llevada ahora a cabo en la fe y espiritualidad del profesor De la Torre. Es un asunto existencial personal lo que está en juego. Es el intento responsable de mantener el enfoque de la teología en Dios y en Jesucristo lo que le lleva a reconocer que la razón ha jugado un lugar presuntuoso que puede poner en riesgo la libertad de Dios en su gloria, su trascendencia y su poder al hacerlo parte de un sistema de una lógica férrea, cuyo «encanto» no se pone en duda, pero que puede ser, precisamente, su mayor debilidad. 

De esa búsqueda nos quedan las maravillosas lecciones sobre filosofía, historia de las ideas sociales, religiones comparadas. Esa búsqueda está salpicada por sus muy bien pensadas críticas o apologías a las religiones y en especial a la Iglesia católica y a los reformadores. En esas lecciones siempre se ha tomado el tiempo para mostrar su disgusto o reconocimiento hacia unos y hacia otros casi que en idéntica proporción. Su curso de «Religiones Comparadas» es un tema importante en donde el profesor De la Torre motiva a veces a la reflexión y en otras a la fe, sin manifestar claramente, en los años 90, interés por ninguna de las dos. En las últimas ediciones del curso de «Religiones Comparadas» la preocupación del profesor De la Torre es más claramente teológica y menos sociológica. El debate alude también al ateísmo presente en el campus de la universidad. 

La segunda fase, el Theologicum

El profesor De la Torre fundó el Theologicum en la Universidad Francisco Marroquín e inició una nueva fase de diálogos con aquellos que tienen preocupaciones similares a las suyas. Directores, fiduciarios, profesores, académicos y teólogos han visitado el Theologicum y ahí se discute el significado de la fe en el mundo moderno. No hay agenda escondida, no es proselitista, ni se ataca a opositores. Solo hay una preocupación central que gira en torno a la pregunta ¿qué significa Dios en el mundo moderno? 

Ahora bien, el carácter de peregrinaje tiene también un aspecto que sugiere lo áspero e inacabado, lo incompleto de toda travesía humana. Para un pensador tan propenso a la diversidad representa un gran desafío tratar de reunir en una sola propuesta esa pluralidad. En el caso de la teología y de la filosofía no basta con decir que esa reunión se cumple racional y simplemente con la suma de las partes. Ciertamente la perspectiva cristiana sobre la vida, la historia y la eternidad es más que la suma de las partes. Tiene una universalidad o catolicidad que no es principalmente étnica, ni cultural. Es fundamentalmente teológica y específicamente teocéntrica. Es la recuperación de la gloria de Dios, de su trascendencia y de su inmanencia, del aquí y ahora y del más allá, presentes en un existencialismo misterioso que tiene mucho de K. Rahner, pero más, mucho más, de bíblico. 

Esta totalidad no se puede diluir en la entusiasta respuesta de números que diga «los protestantes somos muchos» o «los católicos somos más». Es más, una confrontación directa con la catolicidad, con la universalidad del evangelio que viene nada menos y nada más que desde una particularidad que puede ser ruinosa a la universalidad del evangelio, la parte romana, que circunscribe y limita la catolicidad. Es precisamente en «la romanitas» que la fe se germaniza haciéndose incluso más peculiar que universal, restando al evangelio su presentación como «la locura de la cruz», asumiendo entonces la confesión auricular en vez de la confesión a Dios, la adopción del celibato, del bautismo de infantes, dejando afuera al diaconado femenino y convirtiendo la fe en un estado mayor de varones que da más énfasis a la separación entre lo sagrado y lo profano que a enseñar a todos a «guardar todas las cosas que os he mandado». Si digo todo esto es porque una persona que tiene una vocación por la diversidad de temas y la catolicidad del evangelio ha de evitar todo aquello que la desfigure y la reduzca. Es comunidad y no parcialidad. 

¿Qué está en juego en esto? El tránsito de las exploraciones de la razón al diálogo con Dios, un camino iniciado cuyo mérito está en lo recorrido y no hay demérito en lo que le falta por recorrer. Eso que falta por completar no requiere otra cosa que continuar en la marcha de lo que ya lleva recorrido. No es cambiar la tradición sino ser con más radicalidad fiel a ella como lo ha querido afirmar en esta etapa de su vida. En otras palabras, situarse de una vez más allá del racionalismo lógico-filosófico del que parece haberse ido desembarazando, para abrazar la integración más completa de la comprensión católico-cristiana que hace más justicia a la plena revelación de Dios en Jesucristo. 

Vale la pena preguntarse, si como parte de este recorrido hacia esta más plena catolicidad con acento en lo «cristiano», el profesor De la Torre adoptará la posición de que él también puede leer la Biblia para su provecho espiritual. Este es un gran desafío cuando sin saberlo y sin quererlo uno ha sido formado en la duda que dificulta la lectura del texto con otra razón que no sea la de argumentar. Esta postura no es indicio de incredulidad en su formación sino una plataforma ideológica desde la cual el propio sistema se protege y se hace intocable, irrefutable e incuestionable. ¿Puede el cristiano cuestionar el sistema total de la Iglesia sin someterse a una orfandad cósmica que aterra a cualquier ser humano? Este terror inconsciente, me atrevo a decir que también el profesor De la Torre lo ha experimentado, en diversas escalas, y por eso solo puede ser parte de esta peregrinación y de su recorrido. 

A pesar de esta antigua plataforma debatida entre él y yo en más de una ocasión, el diálogo en el Theologicum ha servido para matizar ideas y hacer afirmaciones centrales. Una idea importante es que nada sabríamos de Dios, la Iglesia, Israel, Jesús, María o Pedro si no lo hubiésemos leído en la Biblia. De modo que ha resultado importante volver a algunos textos para entender la interpretación de ellos, averiguar cuándo la historia de la interpretación le ha dado peso a la lógica, cuánto peso les ha dado a visiones institucionales más que a la exégesis directa del texto bíblico. En este punto yo veo también un énfasis diferente en el profesor De la Torre. Su preocupación, sin duda, sigue siendo lógico-filosófica, por su formación académica, pero al escuchar la explicación de los textos bíblicos no rechaza su exposición sino la procesa y problematiza como debe ser. Este es un peregrinaje en una comunidad hermenéutica. 

¿Pone en riesgo lo dicho hasta aquí la catolicidad del profesor De la Torre? De ninguna manera. ¿Requiere este peregrinaje una revisión de posibles amenazas a la catolicidad de la fe del profesor de la Torre? Indiscutiblemente sí, desde mi perspectiva. La posibilidad de haber alcanzado un callejón sin salida en esta fase que yo he llamado, sin su permiso, «sus exploraciones sobre la razón» exigían la revisión a la que él ha sometido sus ideas. No cabe duda que la conclusión del profesor De la Torre es que ese callejón sin salida le exige ampliar su método teológico adoptando otras herramientas que le eran conocidas pero que no había usado hasta ahora o no había confiado en ellas. 

De modo que sugiero con cierto atrevimiento que ha sucedido al profesor De la Torre algo similar a lo que sucedió a Agustín, quien sufrió dos conversiones, y a Aquino quien sugirió con pena, al final de su vida, que quizá había algo más que su monumental síntesis había dejado fuera, o a Karl Barth, quien abandonó el idealismo y romanticismo antropocéntrico para convertirse a una teología en la que Jesucristo, las Escrituras y la Iglesia son a la vez palabra de Dios y mensajeros de Dios. Me atrevo a decir, con porfiado arrojo, que algo similar ha sucedido en el profesor De la Torre a lo largo de los pasados quince años, especialmente durante los años de vida que duró el Theologicum

Conclusión

¿Qué veo yo en todo esto? Veo no un paso, sino miles de pasos de la familiaridad con la razón a la fe más profunda en Dios; un peregrinaje anónimo porque no ha sido reconocido ni definido públicamente por su personaje central. Está, creo yo, muy bien documentado aun cuando esa información se halle dispersa. En otras palabras, creo que anónimo no significa que carezca de constatación. Su curso sobre la historia del cristianismo y las relaciones duraderas en el seno del Theologicum son un testimonio de esto que he dicho hasta aquí. Su asombro como categoría teológica, su curso sobre Jesús de Nazaret y su Roces con el misterio, la obra en proceso de culminar, son más testimonios de prueba de este peregrinaje con una comunidad de intérpretes. 

Para muchos, seguirá siendo el profesor de capacidad discursiva excepcional, que nos habló con la misma elegancia de la revolución industrial, como del hilemorfismo y que con el mismo entusiasmo y claridad discursa sobre el protestantismo y la Revolución francesa. Hay cientos de admiradores, lectores y seguidores dispuestos a seguir cualquier conferencia o escrito que provenga del profesor De la Torre, que no tienen la más mínima idea de esto que hemos relatado aquí, si bien, insisto, lo he dicho de manera no autorizada. Pero para unos pocos de nosotros, él se ha mostrado como un hombre de fe, buscando a Dios, enseñándonos lo que ha encontrado y preguntándonos semana a semana, si coincidimos con él, inquiriendo él con la humildad del hombre de fe que solo hace preguntas. 

P. D. 

¿A dónde va el profesor De la Torre? Hoy lo sabemos, está en la presencia del Señor.

Guillermo W. Méndez

🇬🇹 Guatemala

Guillermo W. Méndez es escritor y catedrático de la Universidad Francisco Marroquín. Cuenta con una maestría en Ciencias Sociales con especialización en Economía y una en Administración de Empresas, ambas de la UFM. Además, una maestría en Teología en el Seminario Teológico de Dallas y una licenciatura en Teología en el Seminario Teológico Centroamericano, Guatemala.

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