Por: Josué Estrada | [email protected]

«Voy a concentrar la sangre y crear huesos, concebiré al hombre primigenio: que su nombre sea Hombre. A este hombre lo voy a crear para que le sean impuestas las obligaciones de los dioses y estos puedan descansar… De su sangre [del dios Kingu] creó [Ea] la humanidad, impuso a la humanidad las obligaciones de los dioses y los libros de sus deberes». Estas palabras provienen del antiguo y famoso Poema babilónico de la Creación, conocido también como Enuma elish por las dos primeras palabras con las que inicia el poema, que significan: «cuando en lo alto». Se trata del relato más representativo de la literatura mítico-épica de la civilización sumerio-acadia. Aunque el tema principal del Poema, como lo han señalado algunos expertos, es la exaltación de Marduk, dios supremo del panteón babilónico, la creación del hombre resulta particularmente interesante para nuestra reflexión.

Es sumamente llamativo resaltar el paralelo existente entre este relato cosmogónico babilónico y los dos relatos bíblicos de la creación del Génesis (caps. 1 y 2). Aunque es posible que estos dos primeros capítulos, junto con otras escenas bíblicas (p. ej. Noé y el Diluvio o Job), emanen de la narrativa babilónica, es indudable que Gn 1 y 2 sea un relato particular y original. De hecho, como afirma W. G. Lambert, especialista reconocido en el tema, cuando los autores bíblicos toman algún relato (mito, leyenda, visión, etc.) lo reforman y lo adaptan a sus cosmovisiones divinas, las cuales son diametralmente opuestas al politeísmo mesopotámico. En este sentido, las diferencias entre el corpus del antiguo Cercano Oriente y la Biblia ayudan a que captemos ciertas características distintivas de la fe israelita en un primer plano y de los valores judeocristianos en un estadio avanzado.

La diferencia que más nos interesa aquí es la que tiene que ver con el motivo de la creación del hombre y la relación de este con el trabajo. En el Poema el hombre no es la corona de la creación de Marduk, sino un elemento más, un apéndice, dentro del cosmos encaminado a realizar el trabajo del que se habían cansado los dioses, convirtiéndose en mano de obra esclava. Por lo tanto, el trabajo aparece como una maldición y una imposición al hombre. En el Génesis, por otro lado, los seres humanos son la pieza central de la creación, donde el orden universal es creado y organizado para beneficio de estos. En este último caso el trabajo no es para esclavizar a la humanidad, sino una actividad placentera de hombres libres y responsables (cf. Gn 2:8-17). El trabajo se experimentará como una maldición y castigo como consecuencia de la desobediencia del hombre a Dios (cf. Gn 3:17-19).

El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1:27) y puesto a cargo de toda la creación (Gn 1:28-30). La imagen en el mundo antiguo tiene la esencia de lo que representa. Por ejemplo, si ocupamos la terminología ídolo (imagen)-deidad, esta última cumplía su obra por medio del primero. Con estos elementos en mente como parte de la herencia cultural, el autor (¿autores?) del Génesis da a entender que el gobierno de Dios sobre su creación se cumple en la humanidad. Pero no solo eso, dicha imagen también da la capacidad de ser y actuar como Dios. En este sentido, el hombre fue dotado no solo de conciencia, inteligencia y capacidad para gobernar, sino de libertad y creatividad para poder dar sentido en medio del caos o la oscuridad —tal como lo hizo Dios en el principio (cf. Gn 1:1-2). Así como Dios tiene libertad para crear, el hombre también puede crear, producir y transformar los recursos dados por su creador, incluyendo la naturaleza, según su poder creador y creativo, recibido como imagen del Creador, en beneficio propio (cf. Gn 2:15-16) y según sus necesidades culturales.

Aunque la visión antes presentada está enfocada previa al “pecado original”, hay que recordar que tanto la naturaleza humana como los propósitos primeros de Dios no quedaron absolutamente destruidos sino heridos, según reflexiona Tomás de Aquino. Pero para recuperar la «visión primera» de Dios es necesario desentrañar el mensaje bíblico, asumirlo y después aplicarlo. Porque el hacer surge del ser, y en el ser es necesario un conjunto de ideas libremente asumidas, conocidas y estudiadas, como bien lo ha recordado el filósofo Gabriel Zanotti.


  1. El texto ha sido tomado de Enuma elis y otros relatos babilónicos de la Creación, edición y traducción de Adelina Millet Albà y Lluís Feliu Mateu (Madrid: Trotta, 2014).

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