Natalia Sanmartín y la búsqueda del sentido navideño

por | Blog Fe y Libertad

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Después de participar en un bookclub tuve la oportunidad de conocer el libro que escribió Natalia Sanmartín Fenollera sobre la Navidad. Es un cuento corto, aparentemente sencillo, que se puede leer rápidamente, pero que desde las primeras páginas me generó la sensación de que había algo más detrás de cada palabra, como en el detalle de que el libro inicia con una selección de letanías.

La autora escribió este relato para ser leído en el refectorio de la abadía benedictina de Notre-Dame de l’Annonciation du Barroux, en Francia, durante la celebración navideña. Fue la abadesa quien se lo pidió, pues las monjas, tras pasar por el lavatorium y entrar en silencio, comen mientras escuchan una lectura. Por eso Sanmartín decidió titularlo, con sencillez, Un cuento de Navidad para Le Barroux.

El protagonista es un niño cuya relación con su madre, su abuela y otros familiares permite desarrollar la historia. Aunque está ambientado en Navidad, no busca transmitir la visión romántica y consumista que hoy suele asociarse a esta época. En una entrevista en Mundo Cristiano, la autora señala: «Actualmente reducen la Navidad a comprar regalos, adornar las casas, comer, beber… Es algo así como recibir un regalo de valor infinito, dejarlo a un lado y quedarse con el envoltorio». El cuento, en cambio, propone recuperar la alegría auténtica de la Navidad y su sentido trascendente, más allá de los momentos pasajeros de felicidad que pueden dar un regalo o una fiesta. También es una historia que nos ayuda a pensar en las situaciones difíciles que atraviesan muchas personas y que estas fiestas les suponen un encuentro con Dios para pedirle respuestas más que para celebrar.

Las costumbres cristianas que se viven en la familia son una parte central del relato. No se plantea cómo inician ni la importancia que tienen; solo se presentan como una parte de la vida cotidiana: rezar el Rosario, las atenciones de unos por otros, ir a Misa, leer libros de historias bíblicas, etc. También pasar tiempo al aire libre, contemplar la naturaleza, leer cuentos (o inventarlos) y otras actividades que favorecen el asombro aparecen en la historia como parte de la vida del protagonista, y es en esos momentos en los que se inicia el diálogo con Dios sobre los temas que le inquietan. La autora nos muestra con esto que la reflexión sobre las cuestiones centrales de la vida se favorece con el entorno, y en este sentido podemos hacer mucho para aprovechar la época navideña o replantearnos las actividades de recreación en nuestra familia.

Sanmartín expresa en una de sus reflexiones: «Creo que la educación católica tiene que transmitirse en el hogar y que las madres son la pieza central de esa tarea en la infancia… Pero también creo que, para hacer eso, hay que fortalecerse en la fe y dedicar tiempo a la contemplación, porque nadie puede transmitir lo que no tiene».

Desde la sencillez de un niño, el cuento expone cómo las preguntas que nos inquietan no desaparecen con el tiempo; al contrario, suelen sumarse nuevas dudas conforme recordamos situaciones o revivimos experiencias. Sin embargo, Dios no calla: es el hombre quien no siempre capta las respuestas. El relato muestra que, cuando se persevera en la búsqueda, llega un momento en que «se entiende la señal» y todo adquiere sentido. Esa dinámica recuerda a Gedeón, a quien el niño toma como referencia para pedir una prueba a Dios. Creo que Sanmartín logra transmitir cómo la relación entre Dios y el ser humano está hecha de preguntas, silencios, intuiciones y, finalmente, comprensión.

Me pareció muy bonita la manera en que la autora presenta la semejanza entre la experiencia personal del encuentro con Dios hoy en día y lo que vivieron los personajes bíblicos hace años. Esta mirada nos ayuda a sentirnos parte de una misma historia de fe, cercana a los hombres de todos los tiempos y enriquecida por las experiencias transmitidas en la Biblia. El propio argumento lo resume bien: «El cuento habla de un niño que le pide a Dios, una y otra vez, una prueba de que la Navidad es real y de que el Cielo existe, pero también de cómo Dios, el mismo Dios que habló a Abraham en el desierto, escucha atentamente esa voz». La autora logra presentar esa continuidad entre el Dios de la Escritura y el Dios que actúa hoy en la vida de un niño.

Las ilustraciones también forman parte del libro y resaltan algunas escenas de la historia. Fueron realizadas por Michaela Harrison, quien vive cerca de otro monasterio benedictino en Oklahoma. Sobre esta colaboración, Natalia comenta: «Tanto el texto como las ilustraciones han salido de dos abadías de san Benito, una francesa y otra estadounidense, y en las dos se ha traducido el cuento para poder leerlo en voz alta». Esa última indicación es clave, pues el libro está pensado para ser leído en comunidad, de manera especial en familia.

En definitiva, este cuento nos invita a redescubrir la cercanía de Dios en la Navidad, a recordar el momento histórico en el que Él se hizo hombre y a reconocer que sigue iluminando cada instante de nuestra existencia. Leerlo en voz alta permite no solo compartir una historia, sino también abrir un espacio para que la fe y la esperanza se hagan presentes en el hogar.

Referencias

  1. Meseguer, J. (2020). Urge aprender a detectar trampas en el lenguaje, también en el cristiano. Aceprensa. https://www.aceprensa.com/cultura/urge-aprender-a-detectar-trampas-en-el-lenguaje-tambien-en-el-cristiano/

Ana Luisa Muralles

🇬🇹 Guatemala

Ana Luisa lleva casada 27 años con Héctor; tiene dos hijas y un hijo. Es ingeniera en alimentos de la Universidad del Valle de Guatemala, tiene un máster en asesoramiento familiar, uno en educación universitaria y un MBA. Después de trabajar varios años en el ámbito escolar, ahora dirige la librería La Jirafa, buscando transmitir la fe y la cultura mediante la oferta de buenos libros al público guatemalteco.

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