Los jubileos: Historia, espiritualidad, economía

por | Blog Fe y Libertad

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Aunque escribo estas letras con el año jubilar 2025 ya empezado, me ha parecido interesante compartir con ustedes algunas reflexiones que nos llevan al comienzo del siglo XXI, cuando Juan Pablo II convocó el Jubileo del Tercer Milenio. Saben que la Iglesia católica, junto a otras celebraciones extraordinarias, desde la Edad Media vino celebrando un Año Santo al comienzo de cada siglo, para repetirlo cada veinticinco años a partir de 1475.

La historia de los jubileos nos lleva al pueblo de Israel, con esa tradición toránica del descanso semanal (Sabbath), el año sabático (cada siete años) o el año jubilar (siete veces siete) cada cincuenta años. Entonces sonaban los cuernos (jôbel) para proclamar la liberación de los esclavos y la devolución de la tierra a sus antiguos dueños, puesto que Yahvé es el único Creador y Señor de todo. Los textos de la Torah y los profetas son contundentes, como podemos ver en el Levítico (25, 10): «Declararéis santo el año cincuenta, y proclamaréis en la tierra liberación para todos sus habitantes. Será para vosotros un jubileo; cada uno recobrará su propiedad, y cada cual regresará a su familia»; o Jeremías (34, 13-14): «Así dice Yahvé, Dios de Israel: Yo hice con vuestros padres un pacto al tiempo que los saqué de Egipto, de la casa de la esclavitud, diciéndoles: al final del año séptimo, cada uno dará libertad al hermano hebreo que se le haya vendido; te servirá durante seis años, pero luego le liberarás».

Y podemos preguntarnos: ¿realmente tuvieron alguna aplicación práctica en la historia de Israel? Es curioso que el fruto de una primera aproximación sea muy coincidente en sus conclusiones: parece que la legislación sabática y jubilar fue un texto de valor más teológico-espiritual que normativo. Así lo confirman las palabras de Juan Pablo II en el documento Tertio Millennio Adveniente que citaba al principio:

en gran parte los preceptos del año jubilar no pasaron de ser una expectativa ideal (n. 12). 

La siguiente reflexión nos llevaría a considerar cómo se percibió la práctica jubilar en la primera teología cristiana, que va a separarse definitivamente de aquellas connotaciones socioeconómicas. En su lugar aparece un sentimiento más espiritual, que después se transformará (y con un interesante origen popular y espontáneo) en la actual concepción de los años jubilares como momentos de perdón y purificación, asociados a un elemento de peregrinación que entronca con las Cruzadas y los viajes a Tierra Santa, Roma o Santiago de Compostela. En tiempos más recientes se han añadido consideraciones en torno a la misericordia, el diálogo entre los cristianos y con otras religiones, o una llamada a la evangelización. Así lo anota el papa Francisco al inicio de su bula Spes non confundit:

Que pueda ser para todos un momento de encuentro vivo y personal con el Señor Jesús, ‘puerta’ de salvación; con Él, a quien la Iglesia tiene la misión de anunciar siempre, en todas partes y a todos como nuestra esperanza (n. 1).

Pero notemos que tampoco se ha llegado a olvidar «el compromiso por la justicia y por la paz en un mundo como el nuestro, marcado por tantos conflictos y por intolerables desigualdades sociales y económicas» (TMA, n. 51). Juan Pablo II recordaba que

el año jubilar debía servir de ese modo al restablecimiento de la justicia social. Así pues, en la tradición del año jubilar encuentra una de sus raíces la Doctrina Social de la Iglesia (TMA, n. 13).

El papa Francisco también lo recalca para este año 2025:

Haciendo eco a la palabra antigua de los profetas, el Jubileo nos recuerda que los bienes de la tierra no están destinados a unos pocos privilegiados, sino a todos. Es necesario que cuantos poseen riquezas sean generosos, reconociendo el rostro de los hermanos que pasan necesidad (…). Hay otra invitación apremiante que deseo dirigir en vista del Año jubilar; va dirigida a las naciones más ricas, para que reconozcan la gravedad de tantas decisiones tomadas y determinen condonar las deudas de los países que nunca podrán saldarlas (SNC, n. 16).

Esto me lleva a terminar con unas consideraciones en torno a la cuestión económica de la propiedad privada, los bienes o la riqueza. En ocasiones resulta un tanto sorprendente la insistencia de la Iglesia católica en focalizar demasiado su mensaje salvador sobre una dialéctica de pobres y ricos. Afortunadamente, Juan Pablo II dejó bastante claras las limitaciones de una teología de la liberación basada solamente en estos presupuestos socioeconómicos. Y quería primero recordar cómo se ha venido construyendo ese «relato» en la espiritualidad cristiana, ya que existen numerosos y bien documentados estudios que nos ofrecen un repaso sobre la historia de la Doctrina de la Iglesia acerca del «dominio», su alcance y definiciones. Es conocida la enérgica postura de los antiguos padres en su defensa del bien común (Dios ha creado la tierra para todos los hombres), sin que por ello negasen el derecho a la propiedad privada. Su lenguaje más pastoral iba orientado hacia una catequesis crítica con el exceso de lujo y ostentación de riqueza. Esta recomendación moral se racionaliza y logra una formulación teórica completa en la Summa de santo Tomás: por supuesto que reconoce la existencia de un bien común, al que se deben someter todas las posesiones. Pero ocurre que muchos bienes sirven mejor a ese propósito a través de su disfrute particular. Es por una razón de eficacia por lo que se acepta el dominio privativo. Así, la propiedad privada no atenta contra el derecho divino; como tampoco es un derecho natural primario, sino derivado. La segunda escolástica hispana (escuela de Salamanca) conservó la orientación del Aquinate, precisamente al hilo de los comentarios que se escribieron sobre la Summa theologica: el destino universal de los bienes no se opone a un uso privativo de estos.

Reconozco sentirme cómodo con estos doctores, por cuanto no vieron tanta contradicción entre las exigencias del mensaje cristiano y la actividad profesional que los bautizados puedan ejercer en cada época. Su respuesta ante las injusticias que sin duda acompañan al reparto de los bienes no pasaba por una exagerada confianza en los mecanismos del gobierno civil. Esto que hoy llamamos Estado del bienestar les parecería un olvido de la responsabilidad individual que tiene cada ciudadano en el compromiso legítimo de ayudar al prójimo. Pero no a través de tanta subvención, que al final diluye las implicaciones personales. Y además, como nos muestra la terca realidad, fomentan una insoportable corrupción entre aquellos que detentan el poder.

Termino con una breve referencia a otro problema socioeconómico que también contempla esa reflexión jubilar: la emigración y una lógica actitud de acogida cristiana que se predica. Aunque ya les he compartido en este blog varias opiniones sobre ello, quiero destacar cómo algunos obispos españoles frente a otras manifestaciones tal vez menos afortunadas de la jerarquía católica han sabido poner el foco en la denuncia de los gobiernos corruptos y las mafias sanguinarias que soportan esa emigración ilegal. O en la obligación de los migrantes para respetar e integrarse en las sociedades que les acogen.

León M. Gómez Rivas

🇪🇸 España

Doctor en Historia Moderna y en Economía por la Universidad Complutense. Es licenciado en Teología por la Universidad Eclesiástica San Dámaso de Madrid. Trabaja como profesor titular en la Universidad Europea de Madrid, impartiendo las asignaturas de Historia y Pensamiento Económico. Es miembro de la Mont Pelerin Society, del Centro Diego de Covarrubias y de varias asociaciones de profesores. Es evaluador externo de revistas como Procesos de Mercado, Hispania, Empresa y Humanismo, Revista de Historia Económica y Estudios de Economía Aplicada. Sus temas de investigación tratan sobre el pensamiento político y económico de la segunda escolástica española, como analizó en su tesis sobre «La escuela de Salamanca, Hugo Grocio y los orígenes del liberalismo económico en Gran Bretaña». Además, forma parte del consejo editorial de la revista Fe y Libertad.

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