Este ensayo es una transcripción editada de la conferencia plenaria del obispo Robert Barron, impartida en la Universidad Acton el 21 de junio de 2023.
La palabra «woke» se escucha mucho en estos días, pero, ¿qué es? ¿Cuáles son sus raíces? ¿Y qué significa para la política, la religión y el futuro de nuestra cultura? El obispo Robert Barron nos proporciona unos discernimientos que son de utilidad.
Se podría argumentar que la principal preocupación de la conversación cultural en Occidente hoy es el «wokismo». Sorprendentemente, este sistema de pensamiento y de acción se ha ido infiltrando en prácticamente cada esquina y recoveco de nuestras arenas políticas, económicas y culturales, y ha tenido un efecto masivamente dañino sobre nuestra cultura. Uno de nuestros partidos políticos más influyente se ha organizado primordialmente a sí mismo para defender las ideas woke y para implantar estrategias woke, y el otro partido fuerte ha empezado a organizarse en un sentido contrario.
En torno a esta conversación hay mucho acaloramiento y energía, pero con frecuencia, he detectado que las personas no saben precisamente de qué hablan cuando abogan por el wokismo o lo atacan. Mi argumento básico es que el wokismo a duras penas se constituye en una ideología efímera que surgió espontáneamente durante el verano del 2020; al contrario, posee un largo y claramente discernible pedigrí intelectual. Si fuéramos a oponernos al mismo —como yo lo hago— debemos hacerlo de una forma sofisticada, comprendiendo de dónde vino.
Si me permiten empezar con una descripción más que una definición, yo diría que el wokismo es la popularización de la teoría crítica. La teoría crítica, que yo intentaré describir a lo largo de esta plática, es un movimiento intelectual que floreció a mediados del siglo XX, principalmente en las academias francesas y alemanas. Algunos de los nombres asociados con ella incluyen a Max Horkheimer, Theodor Adorno, Herbert Marcuse, Jacques Derrida y Michel Foucault. Fue haciéndose camino, durante los años sesenta y setenta, dentro de la academia americana. René Girard, aunque hubiera sido un opositor del wokismo, estuvo involucrado en organizar una conferencia en la Universidad de Johns Hopkins a finales de los sesenta, cuando Derrida vino a nuestras costas por primera vez. Girard dijo que ese fue el momento cuando el estructuralismo y el posmodernismo francés llegaron al mundo académico estadounidense. Allí se gestaron por varias décadas hasta que salieron a luz como un bacilo dentro de la corriente sanguínea de la sociedad, durante el verano del 2020.
Para comprender adecuadamente esta tradición intelectual compleja, requeriríamos por lo menos dos o tres cursos semestrales, pero yo intentaré, en esta breve presentación, destilar cinco de las hebras que componen la teoría crítica, y al hacerlo, persuadirlos de que funciona como una matriz intelectual para el wokismo. Luego, quisiera sugerir que la doctrina social católica se pone dramáticamente en contraposición de las premisas detrás del wokismo. Mi esperanza es que este ejercicio nos permitirá asumir de mejor manera nuestra lucha intelectual y práctica contra este movimiento peligroso.
La radicalización del yo moderno
La primera cualidad de la teoría crítica es lo que yo llamo la radicalización del sentido moderno del individuo. Los dos jugadores más importantes entre los filósofos modernos son René Descartes e Immanuel Kant, puesto que ambos tienen un efecto revolucionario al estilo copernicano en lo que respecta al sujeto y al objeto. Si quieres ver el lugar donde nace la modernidad, lo puedes encontrar en la ciudad alemana de Ulm, donde Descartes, entonces fungiendo como un soldado en el ejército de Bavaria, se encerró en una habitación con calefacción para ir en busca de los fundamentos de la filosofía. Allí se le ocurrió la famosa frase cogito ergo sum: «yo pienso, por tanto soy». Puedo dudar de la tradición, la religión y hasta de la experiencia sensorial, pero lo único que no puedo poner en duda es que yo dudo.
Nótese que Descartes recomienda que la totalidad de la objetividad sea sometida a la barra de la subjetividad para la adjudicación, dado que la única verdad segura es el cogito. Sobre esta base, hizo una clara demarcación entre lo que llamó res extensae y res cogitantes —es decir, las «cosas extendidas» fuera del mundo y las «cosas pensantes» por dentro—. La radical división entre cuerpo y alma fue legado a la modernidad como una antropología típica.
Kant, la segunda figura, famosamente argumentó en su Crítica de la razón pura que las grandes categorías organizacionales de la filosofía tradicional —tiempo, espacio, causalidad, identidad, etc.— no están realmente en el mundo sino en la mente, como estructuras a priori. Por tanto, la mente no gira alrededor de la realidad; más bien, la realidad, como si fuera, gira alrededor de la mente.
Encontramos algo muy parecido en el relato de Kant sobre la vida moral. Lo único que puede ser llamado bueno en un sentido irrestricto, afirma, es la buena voluntad. Kant privilegia lo interno a lo externo: yo no vuelvo la vista a mis actos en el mundo para determinar si están bien o mal; más bien, es la voluntad, gobernada por el imperativo categórico descubierto en la raíz de su propia existencia, la que determina la rectitud o la depravación moral.
Ahora, estas jugadas filosóficas, tanto en Descartes como Kant, que colocan el verdadero yo al centro profundo y escondido de la identidad personal, por encima de y en contra del cuerpo, tienen sus bases en el antiguo gnosticismo, el cual, de una manera muy parecida, privilegia lo interno sobre lo externo. Lean a Cyril O’Regan sobre este punto. Pero los posmodernos y los teóricos críticos, afirmaría yo, radicalizan el sentido moderno del sujeto por Descartes y Kant, asignando a lo oculto, al interior, «verdadero» y completo dominio personal sobre el cuerpo.
Esta perspectiva evolucionó quizás a su máxima expresión en el existencialismo de Jean-Paul Sartre, que él definió como la primacía de la existencia sobre la esencia. En términos de Sartre, esto significa que la libertad precede y determina el sentido y el propósito. Quién soy no es función de ciertos hechos objetivos sino de mi elección soberana.
Si usted no ve la influencia de esta revolución sobre la retórica de hoy respecto de la identidad de género, no está poniendo atención. Una y otra vez, se nos dice que el verdadero yo puede ser algo distinto del cuerpo que llevo a mi alrededor, y que lo anterior puede ejercer soberanía sobre lo segundo. Aunque la fluidez de género no era algo que se discutía en tiempo de Sartre, se sigue nítidamente de su filosofía sobre la radicalización del sujeto moderno y de la superposición de lo interior sobre lo exterior. Y en vez del cogito de Descartes y de las ideas a priori de Kant, los posmodernistas insisten que los prejuicios culturales, que preexisten en nuestras mentes, inevitablemente colorean nuestra percepción de la realidad. A criterio de Sartre, quién soy es una función no de ciertos hechos dados sino de mi elección soberana.
Se contrapone a esto, por supuesto, la idea bíblica y clásica del verdadero ser como la unión del cuerpo y el alma. La insistencia de mi héroe intelectual, santo Tomás de Aquino, de que el alma es la «forma» del cuerpo nos dice mucho en este contexto, puesto que asume que el alma no tiene una soberanía manipulativa sobre el cuerpo. Incluye al cuerpo, anima al cuerpo, hace del cuerpo lo que es. Santo Tomás especifica que «el alma está en el cuerpo, no siendo contenido por él, sino conteniéndolo». Por tanto, la dicotomización entre el «verdadero yo» allá adentro y el cuerpo acá afuera simplemente no funciona. Esta antropología terriblemente errónea ahora se toma por sentada, pero debemos colocarnos en oposición a la misma.
La relativización de la Verdad
Una segunda marca característica del posmodernismo y de la teoría crítica es un profundo escepticismo con relación a las afirmaciones sobre la verdad. Un argumento en contra de tal posición se remonta al tiempo de Platón y Agustín: cuando adoptas una postura radicalmente escéptica, ¿eres también escéptico respecto de tu propia teorización? ¡La ironía es que quienes abogan por la relativización de la verdad, de hecho piensan que su propia teoría es verdadera!
Desde su escepticismo, la teoría crítica se distingue tanto de la Ilustración como del pensamiento clásico. Tomando una pauta del perspectivismo de Nietzsche, los teóricos críticos argumentan que nunca podemos aprehender cómo son las cosas, pues tan solo alcanzamos a conocer nuestra perspectiva limitada de ellas. Ellos consistentemente tiran del telón frente a postulados objetivamente verdaderos para enfocarse en los juegos del poder que hay detrás. Si solo existe tu verdad y mi verdad, entonces la «verdad» es de hecho un arma utilizada por personas poderosas para retener sus privilegios.
La inspiración para gran parte de esta forma de pensar está en la teorización del santo patrón de la teoría crítica: Jacques Derrida. Sus textos densamente complejos son reconocidos por ser ilegibles, pero funcionan como un tipo de escritura del posmodernismo. Derrida es mejor conocido por lo que él llamó el enfoque «deconstruccionista» a la tradición centrada en la razón de la filosofía clásica de Occidente. Desde el tiempo de los antiguos, teníamos la convicción de que el logos —el lenguaje, las palabras— nos podían poner en contacto con la verdad, con la realidad tal cual es. Piensa aquí en Aquino, quien argumentó por la correspondencia entre la mente y la realidad, mediada por el lenguaje. Las palabras nos dan acceso a comprender cómo son las cosas.
Derrida deconstruyó ese enfoque, especulando que Il n’y a pas de hors-texte: «No hay nada fuera del texto». Es más, lo que tienes es un infinito juego de lo que él llama la diferencia. Las palabras se refieren solo a otras palabras, y yo permanezco permanentemente dentro del contexto del texto, donde el significado siempre se posterga. De allí su famoso juego de palabras: difference, la diferencia de palabras, conduce a la differance, la postergación del significado. Yo nunca sé qué son las cosas realmente, y la verdad siempre permanece abierta. ¿Les suena familiar? Lo que antes se susurraba en las alturas de la recherché de la academia francesa, ahora se convirtió en una especie de posición por defecto de la mayoría de los jóvenes hoy.
Una vez, escuché a alguien preguntarle a Derrida en una conferencia, «¿Cómo definiría usted la deconstrucción?». Él contestó en su lengua francesa que la deconstrucción significa, Viens, oui, oui: «Ven, sí, sí». Lo que quiso decir fue la apertura permanente hacia algo nuevo, una fresca configuración del significado. Esto suena positivo, pero el lado oscuro, por supuesto, es que no hay una verdad última, no hay un asentamiento de la cuestión. Siempre hay algo nuevo que puede venir, alguna nueva forma de configurar el texto. ¿Quién soy? ¿Cuál es el propósito de mi vida? ¿Cuál es mi género? «Viens, oui, oui. Piensa de esto desde una manera fresca. No se amarren a perspectivas viejas. Sean abiertos».
De una forma absurda y cómica, esto se convierte en una idea distintivamente woke según la cual hasta la matemática y la ciencia son expresiones de la supremacía blanca o la exclusión de los impotentes. Hasta enunciados básicos de la matemática como dos más dos es igual a cuatro, ahora constituyen la opresión epistémica. Insistir en que uno siga el método científico es solamente un juego de poder y la imposición de una forma de conocimiento. Tú nunca puedes decir que algo es cierto.
Una teoría social antagónica
Una tercera cualidad de la teoría crítica, y por tanto del wokismo, es una teoría fundamentalmente antagonista de las relaciones sociales. Los teóricos críticos toman esta idea de Carlos Marx, cuya influencia puede ser vista extensamente en la teoría crítica y, por lo menos de forma implícita, del wokismo. Marx toma la comprensión dialéctica de la historia de Hegel —que la tesis y la antítesis convergen en una síntesis en el contínuo desarrollo del Espíritu Absoluto— pero lo vuelca sobre su cabeza con su materialismo dialéctico. Marx opina que el mundo social está dividido en opresores y oprimidos. Según su lectura, esto siempre se redujo a los opresores y oprimidos en materia económica: aquellos que controlan los medios de la producción o que son explotados por dicho control. Además toma de Hegel —y esto es muy influyente en la conversación actual— la categoría de la relación entre amo y esclavo. Por tanto, la historia es un interminable conflicto antagónico de grupos en guerra: los dominantes y los dominados, los amos y los esclavos.
El objeto de la filosofía marxista es fomentar la lucha de clases que pueda conducir al derrocamiento del sistema y la liberación de los oprimidos. En sus tesis sobre Feuerbach, Marx escribió que «los filósofos han tan solo interpretado el mundo de varias maneras. El punto es cambiarlo». Este adagio fue entusiásticamente adoptado por todos los teóricos críticos; de hecho, es lo que hace que su idea sea «crítica». El propósito de su filosofar es provocar una revolución comunista tras incitar un conflicto violento entre esclavos y sus amos, los que tienen y los que no tienen.
Un desarrollo adicional de esta doctrina, emprendida por los teóricos críticos, es que las categorías de los opresores y oprimidos se expandieron más allá de lo meramente económico. Ellos comenzaron a ver la opresión colonial, la opresión sexual, la opresión racial, la opresión de género, etcétera, y estas han sido expandidas con aún más entusiasmo por los activistas woke. Pero la dinámica se mantiene: la fórmula binaria de amo y esclavo, opresor y oprimido.
Una conexión excepcionalmente interesante en este contexto es la insistencia de Derrida que ciertos binarios rondan el sistema lingüístico. Nuestro lenguaje, argumenta él, no tiende a favorecer las divisiones fundamentales: hombre/mujer, heterosexual/homosexual, Occidental/no Occidental, civilizado/no civilizado, blanco/negro, etc. Tendemos a generar un significado a través de la contraposición de estos binarios uno contra el otro; de hecho, el significado es frecuentemente la función de la dominancia de un lado de la pareja sobre la otra. Así, «hombre, heterosexual, civilizado y blanco» domina sobre «mujer, homosexual, no Occidental y no civilizado». Es casi como el lenguaje binario de las computadoras: encendido o apagado, uno o cero. ¿Pueden ver cuánto de la retórica woke del presente se desprende de esto? Los teóricos woke quieren privilegiar al envés de estas oposiciones clásicas binarias.
Y buena parte de la estrategia, siguiendo el patrón del marxismo, permanece igual: alentar el conflicto entre el opresor y el oprimido en aras de la revolución social radical. Todos en la sociedad deben ubicarse de uno u otro lado de esta zanja; no existe una tercera opción ni la mezcla de las dos, y una teoría social que está predicada sobre la cooperación necesariamente sirve los intereses de los opresores.
Subestructura/superestructura
Marx es ciertamente una de las influencias más fuertes sobre la teoría crítica, y se suele describir el wokismo como un marxismo cultural. Ya hemos detectado esto con relación a la teoría social antagónica, pero también llamaría la atención a la doctrina marxista de la subestructura y la superestructura, lo cual ha demostrado ser masivamente influyente hoy. A mí me impactó esto, durante el verano de 2020, porque lo escuché en la retórica de los activistas woke.
Marx fue fundamentalmente reduccionista en su manera de pensar. En el fondo, toda la vida social descansa sobre la base de la lucha económica. Al corazón de cada sociedad, está la manera de organizar la vida económica. De tal cuenta, el mundo antiguo fue una economía esclavista, el mundo medieval fue una economía feudal y el mundo moderno, una economía capitalista. Esto es el núcleo de la sociedad, su subestructura.
Pero esta estructura económica única eleva una caparazón protectora a su alrededor, que consiste en prácticamente todo lo demás de la sociedad. El único propósito de esta superestructura masivamente compleja es la de proteger a la subestructura. Por tanto, para Marx, el sistema capitalista se protege a través de la política: lo que interesa a los políticos, en última instancia, es defender la subestructura. Se protege a sí misma a través de los militares: cada guerra que se pelea, fundamentalmente, es una batalla económica. Se protege a sí mismo a través de las artes, las cuales son patrocinadas por los ricos y por tanto, tienden a apoyar las cualidades generadoras de riqueza de la economía. Más famosamente para Marx, se protege a sí mismo a través de la religión, que es el opio de las masas y que nos droga hasta volvernos insensibles y nos impide percibir el dolor que produce el sistema económico opresivo. ¿Cuál es el punto de alguien como yo? ¿Por qué los sacerdotes emergen de una sociedad civil? Porque somos traficantes de drogas; nuestro propósito entero es calmar a las personas y proteger la subestructura económica. La política, los militares, las artes, la religión: todo ello es simplemente una parte del mecanismo de defensa de la superestructura.
La teoría crítica asumió esta concepción, pero ellos la expandieron más allá de la opresión económica. Ellos comenzaron a especular sobre la dominación racial o colonial o de las relaciones de género como el centro de la sociedad civil, y por lo tanto, indagaron sobre cómo todo lo demás en la cultura servía para proteger a la preciosa subestructura. ¿Puedes ver esto en prácticamente todos los aspectos del wokismo? Una vez vemos esta estructura marxista, podemos entender «El proyecto de 1619», el cual es un buen ejemplo de esta postura. La afirmación que elevan sus abogados es que algo como la esclavitud y la defensa de la economía esclavista constituye el meollo del proyecto estadounidense, y que todo lo demás se subordina a la misma. Interpreta a toda la sociedad a través de un lente muy particular.
Pensé en esto antes de ese terrible verano del 2020, cuando se produjeron unos intentos casi maníacos para desmantelar todas las instituciones principales de nuestra sociedad, desde el sistema de justicia hasta el Gobierno federal. La iniciativa «desfinanciar a la policía» fue una de las más afamadas. Esta es parte del análisis marxista: se asume que dichas cosas simplemente existen para proteger una forma de opresión, y por eso es preciso deshacernos de ellas.
El poder como una categoría suprema
Finalmente, la teoría crítica, y en consiguiente el wokismo, ven al poder como una categoría suprema. En la historia de la filosofía, el tema del poder es fascinante, y los teólogos clásicos especularon con frecuencia sobre el poder de Dios. La tradición tomista representa la idea, sana, de que Dios es todopoderoso pero también simple. El poder de Dios, que es de hecho infinito, no está por tanto separado ni en contra de su ser, su bondad, su justicia y sus otras perfecciones. Todos los atributos y las cualidades, de índole divina, son finalmente uno.
Esto puede sonar muy abstracto, pero hay un resultado muy interesante de esto: previene que el poder de Dios se torne arbitrario y absoluto. ¿Podría Dios, en su poder infinito, elaborar un argumento tal que dos más dos es igual a cinco? Si Él es infinitamente poderoso, ¿por qué no? ¿Puede Dios, en su poder infinito, convertir el adulterio en una virtud? ¿Si Él ha declarado que el adulterio es malo, ¿acaso no podría declarar que es en cambio bueno?
La respuesta de Tomás es no, porque al hacerlo, equivaldría a meter una cuña entre el poder de Dios y la manera de ser de Dios. Él argumentó enérgicamente que no constituye una restricción del poder de Dios decir que Él no puede hacer lo imposible, tal y como hacer que dos más dos sea igual a cinco, porque el hecho de que dos más dos es cuatro es simplemente una participación en la verdad de lo que es Dios. Tampoco constituye un límite al poder de Dios decir que Él no puede hacer algo inmoral, como convertir el adulterio en virtud, porque ello estaría en contra de su propia bondad. Dios no puede abrazar ni la falsedad ni el pecado porque estos serían repugnantes a su propia manera de ser.
Sin embargo, una perspectiva alternativa surgió en la época medieval tardía, y en el período moderno temprano, a la que se refiere típicamente como «voluntarismo», del latín voluntas, que refiere a la «voluntad», la cual pone enorme presión sobre la primacía de la voluntad de Dios. Resulta que la voluntad de Dios estaba efectivamente divorciada de su ser, y su potentia absoluta, su poder absoluto, se volvió el determinante arbitrario de la verdad y del valor. Por tanto, algunos actos son moralmente malos porque Dios así lo dice, y algunas aseveraciones son verdaderas o falsas porque Dios así lo determina. Descartes lo lleva aún más lejos al decir que si Dios lo quisiera, dos más dos podría ser igual a cinco. El Dios voluntarista, que se desliga de Aquino, posee un poder que puede anular o redefinir la realidad.
Este voluntarismo en lo que a Dios respecta en la Edad Media tardía y la filosofía moderna temprana, fue transpuesta al orden humano durante el período moderno, durante el cual nuevamente se hiperenfatiza el tema del poder. Uno piensa de la definición de William de Ockham de la libertad, como un soberano que flota por encima del sí y del no; del «mundo como voluntad» de Schopenhauer; y, más obviamente, de la «voluntad de poder» de Friedrich Nietzsche. Si Dios está muerto, a dónde se va la potentia absoluta? Viene a nosotros. Nuestra voluntad de poder, que ya no enfrenta límite alguno por un valor objetivo, es análoga al poder del Dios voluntarioso. Y todo esto alcanza su plena expresión en el existencialismo de Sartre, según el cual un individuo en su libertad tiene un dominio como divino sobre el bien y el mal. El Dios voluntarioso, por ende, se transforma en un ser voluntarioso, que todo lo crea y todo lo define: yo puede decidir, sobre la base de mi libertad absoluta, la naturaleza de la realidad; no me digas qué hacer, y no me digas quién soy. ¿Les suena familiar? En el caso judicial de Casey contra Planned Parenthood, la infame decisión de la Corte Suprema de Estados Unidos de 1992 sobre un caso de aborto, los jueces afirmaron que «en el corazón de la libertad está el derecho de definir el propio concepto de existencia, de sentido, del universo y del misterio de la vida humana». ¿Nada más? Aquí, nuevamente, se trasplanta la potentia absoluta de Dios y se convierte ahora en la potentia absoluta del yo.
Gran parte de esta forma de pensar fructificó en el pensamiento de Michel Foucault, quien es, junto con Derrida, posiblemente el más influyente de los posmodernos. Cuando yo comencé mis estudios doctorales en París, en 1989, tan solo cinco años después de la muerte de Foucault, el semblante del filósofo, semejante a un búho, nos observaba desde todas las vitrinas de las librerías de la ciudad. Era la figura filosófica más dominante; era simplemente imposible esquivarlo.
El núcleo de su proyecto era lo que él llamó el acto de la arqueología intelectual: escarbar bajo la superficie de varias prácticas sociales de hoy para encontrar sus antecedentes, frecuentemente contradictorios. Así, exploró las preguntas sobre la locura y la sanidad, la manera en la cual se castiga a los criminales, la sexualidad humana, y encontró que en tiempos distintos, tales temas fueron abordados de maneras francamente diferentes. Esto lo llevó a hacer a un lado las afirmaciones del valor y la verdad objetivas, para observar, como hemos constatado, las relaciones de poder subyacentes, y las estrategias de lenguaje y coerción que emplean las personas en el poder para aferrarse a él.
Cuando escuchamos a los teóricos más woke de nuestro día, notamos una desenfrenada capacidad para la autoinvención, y los juegos de la opresión están en todas partes. Todo se trata, finalmente, sobre el poder. Es Michel Foucault para las masas.
Wokismo y la doctrina social católica
Si he presentado un relato relativamente adecuado del wokismo, aunque sea parcial, creo que podrán ver con suficiente claridad que esta ideología va, por mucho, en contra de la doctrina social de la Iglesia. Primero, nuestra doctrina social asumiría que cada persona es, de hecho, un sujeto con dignidad infinita, pero no es el creador del valor. Afirmar, en línea con la teoría crítica, que el yo soberano inventa el valor, es una forma de hablar supremamente peligrosa. La doctrina social de la Iglesia, me parece a mí, se contrapone al yo que genera su propio valor. En cambio, el corazón de su teoría social es el amor. Cada persona está llamada a amar, y el amor, como dijo Tomás de Aquino, no es un sentimiento sino más bien un acto de la voluntad: es desear el bien del otro.
Consecuentemente, la doctrina social de la Iglesia no se adhiere a la relativización de la verdad, ni al permanente aplazamiento derridiano del sentido y del conocimiento. En cambio, afirma la objetividad de los valores, tanto epistémicos como morales, que pueden ser conocidos por la mente que indaga. Si estamos inventando el valor para nosotros mismos y vagamente tolerándonos los unos a los otros, entonces no podemos amarnos los unos a los otros verdaderamente. El amor se tiene que manifestar, por así decirlo, contra el trasfondo de una jerarquía de valores objetivos, y cada persona se debe situar a sí misma en relación con dicha jerarquía. De lo contrario, sin un agudo sentido del bien objetivo, yo no sabría qué desear para tí.
En tercer lugar, la doctrina social de la Iglesia no defiende una comprensión antagonista de la realidad social, al estilo marxista. Al contrario, postula una visión cooperativa, según la cual las clases y los individuos y las instituciones subsisten coincidentemente y de una manera que es mutuamente correctiva. Los individuos, las clases sociales, y los dueños y los trabajadores, todos colaboran unos con otros. Concebir a la sociedad en términos antagonistas y fomentar la violencia no tiene cabida dentro de la doctrina social de la Iglesia.
Cuarto, la doctrina social de la Iglesia no resuelve el dilema del uno y de los muchos en términos marxistas, con base en la mentalidad de subestructura y superestructura. Esta lectura de la sociedad es simplista y peligrosa, sin esperanza, pues reduce todo lo que no sea la subestructura a un problema que debe ser desenmascarado o deshecho. En contraste, la doctrina social de la Iglesia ve una sociedad como una compleja tela de araña de individuos e instituciones que subsisten en la mutualidad. No se rebaja hasta llegar a la economía, o la política, o la cultura; empero, todo esto coincide. De hecho, uno se equivoca cuando dice, «todo se reduce a —- (llena tú el espacio)». La sociedad es compleja y por esa misma razón, es bella.
Finalmente, la doctrina social de la Iglesia decididamente no defiende la primacía del poder como el valor supremo, de una forma cuasivoluntarista. Al contrario, ve como supremas a la justicia y al amor, es decir, el dar a cada quien lo suyo y desear el bien del otro. Ambos son valores en sí mismos, valiosos en sí mismos. ¿Podrían jamás imaginar que sería correcto cometer una injusticia? ¿Sería jamás correcto no ser amoroso? No, por supuesto que no, porque la justicia y el amor son valores absolutos. El lenguaje que tiende a usar la doctrina social de la Iglesia para expresar ambas ideas es la subsidiariedad y la solidaridad. El poder es una dinámica, obviamente, dentro de cualquier tipo de arreglo social, pero está subordinado a los valores morales que sirve.
Pero los valores que frecuentemente se defienden como absolutos hoy —como la diversidad, la equidad y la inclusión— son valores secundum quid, como dirían los medievales. Son valores que dependen sobre las circunstancias, valores que llegan hasta donde topan. No son absolutos. Sin importar qué tan «inclusiva» pueda ser una universidad, por ejemplo, algunos estudiantes son excluidos por el proceso de admisiones para ser incorporado a dicha comunidad. El punto de la inclusión es algo bueno secundum quid, y lo mismo es cierto de la equidad y la diversidad. Estos tres valores son como el trillizo que salió de la revolución francesa: liberté, égalité, fraternité. Estos, también, eran valores secundum quid. Cuando intentas convertir a valores secundarios en valores primarios, diriges a tu nación por la ruta del caos.
Si queremos enfrentarnos al wokismo de una forma seria intelectualmente —y, presten atención, los teóricos del movimiento no quieren que hagamos esto, sino quieren que mantengamos la discusión sobre una base emocional— es importante que comprendamos no solo de dónde vino, pero también lo fuertemente que va en contra de la doctrina social de la Iglesia.
© 2026 Acton Institute. Publicado con autorización.
Original en inglés: The Philosophical Roots of Wokeism
🇺🇸 Obispo Robert Barron
El obispo Robert Barron es el obispo de la diócesis de Winona-Rochester (Minnesota) y es el fundador del ministerio católico Word on Fire. Es el anfitrión del programa Catholicism, un documental innovador que salió al aire en PBS y que ganó premios, sobre la fe católica. La serie de películas más reciente del obispo Barron, Catolicismo: Los jugadores esenciales, ganó un premio Emmy y fue sindicado para la televisión nacional. El obispo Barron es un autor que ocupó la posición número 1 de ventas por Amazon, y ha publicado numerosos libros, ensayos y artículos sobre la teología y la vida espiritual. Su sitio electrónico, WordOnFire.org, es visitado por millones de personas cada año, y él es uno de los católicos con más seguidores en las redes sociales. Su canal de YouTube ha sido visto más de cien millones de veces, y tiene más de tres millones de seguidores en Facebook.