Por Karen Cancinos | [email protected]

Hoy es 11 de diciembre de 2018. Estamos en pleno Adviento, y es el típico día hermoso de fin de año guatemalteco: cielo azul, aire limpio y viento del norte soplando. Este viento hace bailar al arbusto de los vecinos que se ve desde mi salita-estudio y que pasa el año como si nada, pero que de unas pocas semanas para acá se ha embellecido con un montón de flores de pascua rojas. Tal pareciera que, como muchos de nosotros, está esperando algo. O más bien a Alguien.

Observar su danza feliz y escuchar al mismo tiempo el tradicional villancico alemán del siglo XVI, Mirad, una rosa ha brotado, que me parece uno de los más hermosos que se hayan compuesto jamás, es un regalo de temporada y una ocasión propicia para reflexionar sobre un par de estrofas del mismo, que a su vez remiten al profeta del Adviento, Isaías. Una versión recomendable en inglés es la del Coro del Tabernáculo Mormón, Lo How a Rose E’er Blooming.

Comienza el villancico: ¡Mirad, una rosa ha brotado! ¡Ha salido del tallo de Jesé, como lo anunciaron los profetas de antaño!

Primer versículo del capítulo 11 de Isaías: Una rama saldrá del tronco de Jesé, un brote surgirá de sus raíces.

Jesé era el padre del rey David. A Jesucristo lo aclamaron sus contemporáneos como al “hijo de David”, y posteriormente los evangelistas Mateo y Lucas asentaron en sus escritos el linaje de Jesús de Nazaret, entre cuyos antepasados se encuentra el famoso rey de Israel.

La figura de este monarca siempre me ha atraído mucho. Compendió en sí muchas fortalezas y, al mismo tiempo, muchas debilidades. Amó a Dios con todo su ser, cometió graves pecados, se arrepintió sinceramente y trató con todas sus fuerzas de enmendarse, amó a muchos y fue amado por ellos, pero su riqueza y poder no lo exoneraron de la visita de la tragedia a su familia, ni de la incomprensión y hasta el odio de algunos de sus antiguos amigos como el rey Saúl, e incluso de su propio hijo, Absalón.

Sigue el villancico: Esta rosa [Jesús]… con su esplendor glorioso disipa las tinieblas en todas partes. Hombre verdadero, sin dejar de ser Dios, nos salva de la muerte y el pecado, y aligera todas las cargas.

Versículo 10 del mismo capítulo 11 de Isaías: Aquel día la raíz de Jesé se levantará como una bandera para las naciones, los pueblos irán en su busca y su casa se hará famosa.

A diferencia de nosotros, el rey David, sus contemporáneos y antepasados no tuvieron ocasión de conmemorar aquella noche en que el hijo de Dios se hizo hombre para dársenos como presente a todos los de buena voluntad de todos los pueblos. ¡Cuánto lo esperaron tantos!

Y este es precisamente el motivo de dicha. Si de aquel monarca, hombre con virtudes y miserias, el mismo Jesús dice que es su descendiente (Ap 22: 16), entonces hay esperanza para nosotros. Con «nosotros» me refiero a esos que, como David, estamos llenos de fragilidades e inconsistencias, pero que amamos a Dios de veras, tanto como podemos amarlo en nuestra flaqueza, y por eso rememoramos cada diciembre su primera venida como niño indefenso, celebramos todos los días el que se haya quedado entre nosotros en la Eucaristía, en la oración, en los acontecimientos de nuestras vidas, y aguardamos llenos de esperanza su segunda venida como Juez Todopoderoso.

Creo que por eso las flores de pascua que bailan con el viento en los arbustos de Guatemala en estos días parecen susurrarnos: Alégrate. Se dijo retoño y descendiente de David. Si eres perseverante, confía en que llegará el día bendito en que se diga amigo y hermano tuyo.  

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