La fantasía de la Navidad

por | Blog Fe y Libertad

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El pasado domingo 30 de noviembre empezó oficialmente el tiempo de Adviento en la Iglesia católica, la Comunión anglicana, y algunas Iglesias protestantes tradicionales, y con ello parece que la temporada navideña entra en todo su vigor y esplendor. 

Es de notar que las celebraciones navideñas han prevalecido a pesar de la secularización de la sociedad occidental. Aunque cada año se escuchen casos de comunidades que consideran que una escena de Belén pública es contraria a la libertad de culto del mundo moderno, en general el gozo, el espíritu de benevolencia, de solidaridad, y también de esplendor, de querer expresar abundancia, inclusive una cierta «magia» luminosa, una fantasía de invierno, de estética cada vez más predominantemente anglo-germánica, parece difícil de aplacar o disminuir. Nunca faltan los Scrooges, o los que, bajo pretexto de crítica al capitalismo consumista, pretenden distanciarse del generalizado entusiasmo navideño; pero el ambiente se impone, y el aire festivo parece no tener rival con ninguna otra fiesta a nivel mundial.

Ahora bien, en esta fantasía navideña exacerbada, a la que el mercado no tarda en ofrecer más opciones, año con año, para agregar detalles agradables, deliciosos, de lujo, a la celebración porque, siendo honestos, todos queremos celebrar la Navidad con algo de lujo; cosa natural y buena, porque la razón para celebrar es grande, el ambiente dichoso y encantador puede resultar hiriente a quienes, por cualquier razón, la vida les ha dado un duro golpe en el año que queda atrás. No son pocos los que vivirán la primera Navidad sin aquel ser amado. Otros tendrán una primera Navidad separados y en discordia. Habrá quienes pasan la Navidad desde el desamparo del desempleo o el agobio constante de las deudas. Su tiempo de Navidad es tiempo de tentación, o tiempo de decepción y frustración por no poder prodigar a los suyos lo mismo de otros tiempos. ¡Y los que pasan Navidad en el hospital, en la cárcel, de un fatigoso turno de trabajo, en la guerra…!

Mucho hemos hablado también de cuál es el verdadero espíritu de la Navidad. ¡Cuántas películas hay un género de películas dedicado a ello, de hecho que de una forma u otra nos quieren recordar que la Navidad no la hacen los regalos, ni los juguetes, ni los banquetes, ni las luces, ni las fiestas! Desde El Grinch y Mi pobre angelito a El extraño mundo de Jack o Ni en tu casa ni en la mía, etc.: todos nos repiten que la Navidad es el amor de la familia, la armonía, la reconciliación, el compartir! Sí y no. A veces no es la irremediable falta de dinero, sino la irremediable falta de familia o de armonía familiar la que amarga las fiestas. ¿Cómo consuelas al niño que pasa el duelo del divorcio? ¿A la madre que tiene un hijo preso? ¿A la viuda que está atiborrada de recuerdos? ¿Cómo puede alcanzar a estos que sufren una tragedia esa «fantasía de Navidad» que está bullendo en el ambiente, fantasía que, para muchos, supone un tipo de evasión, como es natural en la fantasía?

A veces no hay remedios ni consuelos, podríamos pensar. En estos casos, no queda más que hacer tripas corazón y ser fuertes, y esperar a que algún día llegará una Navidad gozosa otra vez: con trabajo y más dinero, de recién casados, con nietos, con buenas noticias al fin. 

O podríamos considerar, más a fondo, otra realidad. Volvamos a los orígenes. A los orígenes de la fantasía, y a los orígenes de la Navidad. ¿Qué tiene la Navidad que tiene sabor a cuento de hadas? El sublime autor de cuentos de fantasía, J. R. R. Tolkien, argumentó, en una famosa conferencia impartida en la Universidad de St. Andrews en 1939 (Sobre los cuentos de hadas), que todos los cuentos son un destello del evangelio; porque evangelio significa ‘buena noticia’, ¿no? 

La resolución de un cuento de hadas bien logrado, sostenía Tolkien, nos conduce al final feliz. El Evangelio es la buena noticia de que la historia tiene un final feliz. Eso, sin embargo, no significa que el cuento no tenga monstruos, brujas y momentos aterradores. El clásico de Dickens, Un cuento de Navidad, tiene mucho del auténtico claroscuro de la Navidad. Termina en reconciliación y fiesta, pero no omite los fantasmas y algunas imágenes horripilantes del pecado también. El clímax de la historia de Dickens es la conversión de Scrooge. Es la conversión la que conduce al final feliz. Así pues, Navidad no es la época ideal para los que viven la mejor época de sus vidas, ni meramente el consuelo final para el trabajo duro. Navidad, como nos revela Dickens, es la conquista sobre el pecado; o, como diría Tolkien, la promesa de dicha conquista.  

Entonces, no es una fiesta de bonanza. No, tampoco es una fiesta de familia. Puede ser eso también, pero es más. Es la fiesta de una promesa. Es el preludio de la promesa del final feliz. Y por eso es esperanza, porque Dios hace maravillas impensables como la Encarnación en los escenarios más oscuros el de esa rebeldía humana que empezó con Adán y aún hoy reta al Emmanuel, al Dios-con-nosotros. ¡Y todavía más, porque no solo Dios se encarnó que es lo que recordamos especialmente en la Navidad sino que, a pesar de ello, le rechazamos y le matamos! Ya desde la primera Navidad, el Señor sufrió el desamparo del abandono, la pobreza, la persecución cruenta de Herodes, la huida urgente. «Vino a los suyos [como Luz Verdadera], y los suyos no la recibieron. Pero a todos lo que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios» (Juan 1:11-12), nos recuerda también san Juan en la liturgia de Navidad. Dios no se rinde, no nos deja en el desamparo. A cada mal paso nos ofrece una solución inclusive mejor que la que perdimos. Esa es la esperanza. 

La Navidad es, así, la esperanza del final feliz. Como dijo Benedicto XVI en Spe salvi: «Llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza». Esa esperanza es una esperanza que redime, nos argumenta, porque nos libera de esas «pequeñas esperanzas» (la de nuestro asunto puntual, hoy y ahora) y nos ofrece la «gran esperanza»: de que yo soy definitivamente amado, suceda lo que suceda; y que este gran Amor me espera. [1]

Nota al pie de página

  1. Benedicto XVI. (30 de noviembre de 2007). Carta encíclica Spe salvi del sumo pontífice Benedicto XVI a los obispos, a los presbíteros y diáconos, a las personas consagradas y a todos los fieles laicos sobre la esperanza cristiana. La Santa Sede. https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20071130_spe-salvi.html

María José Prado

🇬🇹 Guatemala

Coordinadora de Academia del Instituto Fe y Libertad. Tiene una licenciatura en periodismo, un máster en Humanidades y dos diplomados en Historia del Arte. Ha trabajado como profesora de filosofía y colaborado en publicaciones culturales. Es madre de tres chicos hermosos, y disfruta de la buena música, la buena literatura y la buena conversación en torno a lo bello, lo bueno y lo verdadero que lleva a Cristo.

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