Hay una tendencia natural de los seres humanos a preguntarse sobre el porqué de las cosas que ven, y sobre el porqué de las acciones que realizan. Los niños son un buen ejemplo de esta tendencia. Si no me creen, pueden preguntarle a todas las madres que están criando niños; se asombrarán del número de preguntas que hacen. Pero dentro de todas las actividades que realizamos, hay una a la cual quisiera que atendiéramos en este momento: la lectura. ¿Por qué leemos?
Como todos nosotros, también C. S. Lewis se hace la pregunta, y la responde acudiendo a algo muy profundo, a nuestro carácter relacional: «Lo que buscamos es una ampliación de nuestro ser… Queremos ver también por otros ojos, imaginar con otras imaginaciones, sentir con otros corazones. No nos conformamos con ser mónadas Leibnizianas. Queremos ventanas».
En algún momento de nuestra vida hemos disfrutado especialmente con algún pasaje de algún libro ¿Cómo no recordarse de la transformación de Scrooge al contemplar a los tres espíritus que le muestran su vida y sus heridas en Un cuento de Navidad, o cuando Sydney Carton se sacrifica y acepta morir en la guillotina en lugar de Darnay por el amor que le tiene a Lucie Manett? De algún modo es introducirse en la imaginación y en el corazón de Charles Dickens. Tenemos la oportunidad, lo digo casi literal, de entablar una amistad con una persona que nos precedió en este mundo. Vimos por un momento a través de sus ojos, de su imaginación y de su corazón.
Lewis piensa que la lectura tiene algo en común con el amor y el conocimiento: «El primer impulso de cada persona consiste en afirmarse y desarrollarse. El segundo en salir de sí misma, corregir su provincianismo y curar su soledad. Esto es lo que hacemos cuando amamos a alguien, cuando realizamos un acto moral o cognitivo y cuando “recibimos” una obra de arte».
¿Quién de nosotros no se ha sentido reconfortado y entendido después de leer un libro? Recuerdo con mucho cariño a personas que han salido a mi encuentro a través de sus libros y han curado heridas e inquietudes muy profundas de mi alma: san Agustín y sus Confesiones, Chesterton y su Ortodoxia, Benedicto XVI y su Introducción al cristianismo… Son personas que me han ayudado a caminar en este mundo y así curar un poco la soledad.
En fin, para Lewis «La experiencia literaria cura la herida de la individualidad, sin socavar sus privilegios… cuando leo gran literatura me convierto en mil personas sin dejar de ser yo mismo… Aquí, como en la adoración, en el amor, en la acción moral y en el conocimiento, me trasciendo a mí mismo y en ninguna actividad logro ser más yo».
Cada uno tendrá sus razones profundas por las cuales toma un libro, pero estoy convencido que la buena literatura que hemos leído ha ayudado de cierta manera a mejorar nuestra perspectiva de las cosas, a mejorar alguna inclinación desviada del corazón, a llenar de esperanza la vida, a emprender con más alegría la lucha contra las fuerzas oscuras y, tal vez, a sentir que la verdadera humanidad late a lo largo de la historia.
Miguel Foronda
🇬🇹 Guatemala
Profesor de Ética y Antropología en la Universidad del Istmo.