Por Carroll Rios de Rodríguez | [email protected]

Hace seis años renunció el Papa Benedicto XVI, no sin antes hacer olas en distintos debates, como el debate ambiental.

El 28 de febrero de 2013, el Papa Benedicto XVI sorprendió al mundo al renunciar a su cargo. Ya pasaron seis años. Joshua Gregor, asistente de relaciones internacionales de Acton Institute, reflexiona sobre ese portentoso día en su artículo «Benedict XVI: The ecology of man». Gregor recuerda que subió al techo de su universidad para divisar el helicóptero que transportó al papa desde el Vaticano hasta Castel Gandolfo, una residencia pontificia de verano. Allí pasó Benedicto XVI los primeros días después de su retiro.

El impacto del papa Benedicto XVI es difícil de medir. Es una mente brillante cuyas contribuciones en el campo de la teología y la filosofía son de suma relevancia. El arzobispo anglicano de Canterbury dijo que es «un teólogo de gran estatura, que ha escrito unas profundas reflexiones sobre la naturaleza de Dios y la Iglesia».

Él acuñó la frase «la ecología humana, o del hombre». Nuestra era pasará a la historia por una amplia preocupación por el ambiente. Llevada a extremos, la preocupación ambiental adquiere tintes anti-humanos: algunos desearían que los seres humanos jamás hubieran impreso su huella en la bella Tierra; nos ven como máquinas contaminadoras. El papa emérito nos recuerda que los seres humanos formamos parte del ecosistema. Cuando visitó Alemania dictó un discurso ante el parlamento donde dijo: «…hay también una ecología del hombre. También el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo. El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, y su voluntad es justa cuando él respeta la naturaleza, la escucha, y cuando se acepta como lo que es, y admite que no se ha creado a sí mismo. Así, y sólo de esta manera, se realiza la verdadera libertad humana». (Vaticano)

Saca a relucir una ironía: los movimientos ambientalistas veneran la naturaleza y la desean intacta, sin huella humana. Más sin embargo, pocos cuestionan la noción de que el hombre se creó a sí mismo, o surgió por azar, y es maleable. Se anticipó así el pontífice al debate actual sobre la ideología de género, según la cual nuestra naturaleza es lo que queramos nosotros que sea en un momento dado. Lo que es más, a juicio de muchos, sobre esta maleabilidad dependen tanto nuestra identidad como nuestra valía y libertad. Hoy, nos exigen que aceptemos sin chistar una identidad sentida (no basada en hechos), porque esa persona nos lo pide y ya: él o ella se auto-identifican como una entre varias decenas de géneros. Es como si no hubiera tal cosa como una naturaleza humana, ni una realidad objetiva. Benedicto XVI nos recuerda que debemos tanto o más respeto a la naturaleza de la persona como al resto de la creación divina. El éxito de la convivencia pacífica depende de dicho respeto.

En una carta al patriarca de Constantinopla, Bartolomeo, el papa Benedicto XVI afirma que la ecología de la naturaleza está interconectada con la ecología del hombre y la ecología social. Las relaciones entre las personas y su entorno natural, así como entre personas de todo tipo, deben atender en primer orden la dignidad y la libertad de la persona.

Su tono me recuerda al asombro y respeto que Friedrich A. Hayek mantiene por la cooperación social: esos millares de intercambios voluntarios y libres que orientan la demanda y la oferta y que no fueron producto de un plan deliberado que cabe en una o unas cabezas planificadoras. Tanto Hayek como Benedicto XVI señalan que ese delicado y espontáneo balance no puede ser alterado o rediseñado antojadizamente por un grupo de poderosos.

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