La teología de la liberación surgió en tiempos de gran efervescencia social y política. Eran los años 70, en medio de la Guerra Fría, cuando los profesionales de la sociología y de la economía, europeos, americanos y latinoamericanos, se preguntaban cómo cortar el cordón umbilical de la teoría de la dependencia del capitalismo; y los jóvenes profesores marxistas, y sus alumnos, clamaban por una revolución que ejecutara de una buena vez la lucha de clases. Dichas fuerzas anidaban una visión creíble en esa época, la inexorable victoria del socialismo en todos los continentes. Una profecía política que, si bien no resultó cierta, prohijó el sistema teológico que sigue vivo hoy, quizá con respiración artificial, pero pulso latente: la teología de la liberación mencionada al principio. En estas líneas queremos hablar de uno de sus gestores principales, su contexto, su trayectoria y, ¿por qué no?, también sus debilidades. Nos referimos al padre Gustavo Gutiérrez Merino. Su mérito es el de ser conocido como el padre y sistematizador de la teología de la liberación, concepto que, fuera de la teología y ajeno a la fe, tiene una refracción en la así llamada filosofía de la liberación.
De joven, Gutiérrez, el intelectual socialista, peruano, militó en la acción católica como laico comprometido. Tras breves estudios en la Universidad de San Marcos, Lima, realizó estudios en Lovaina con interés en Filosofía y Psicología (1951-1953). Se hizo sacerdote dominico en 1959. Continuó en Lyon de donde salió antes de doctorarse. No defendió formalmente una tesis doctoral. Es otro de los doctores de la Iglesia, sin un doctorado formal, y está en buena compañía. Recién en 1985, a los 57 años, mucho después del enorme éxito de su obra Teología de la liberación: perspectivas (1973), hay noticias de un doctorado en Lyon.
El balance de su paso por Francia es apreciable. Formado por Henry de Lubac, Mari Dominique Chenu e Yves Congar, se nutrió del realismo bíblico de la escuela de la Nouvelle Théologie. Esa visión se destila en su magnum opus, Teología de la Liberación. Gracias a estos maestros fue el creativo sintetizador de la teología bíblica de la pobreza, pero el realismo bíblico no le fue suficiente para dar la batalla por los pobres.
Se auxilió del marxismo, con el que la mayoría de sus admiradores y seguidores conviven con naturalidad. El debatido marxismo de Gutiérrez es sutil y merece ser examinado a conciencia. Marcado por la turbulenta década de la posguerra, el mundo francófono (Bélgica y Francia) de Gutiérrez exudaba aún entonces la esperanza de fraternidad y reconciliación del socialismo propuesto, cien años atrás, por K. Marx (1848) a los obreros belgas en su escrito a pedido El manifiesto comunista. Esto claro, en debate y contra propuesta al socialismo de H. de Saint-Simon (1760-1825) y Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865). El peruano tampoco fue ajeno a la nueva generación de existencialistas, marxistas, franceses del siglo XX.
La obra de Gutiérrez, para los «menos estudiados», da claras muestras de ese humanismo social y fraterno. Solo para los «entendidos» da señas más claras de marxismo. En el primer caso, se trata del cambio de interés de la filosofía a la sociología, de privilegiar la praxis histórica a la luz de la fe, del compromiso con los pobres, de la urgencia de una ruptura epistemológica, de la actitud anticapitalista en el mejor sentido del segundo Marx.
En cuanto al recurso más intelectual o teórico, hay que decir que el uso del marxismo es selectivo, como ya otros han observado. Se trata de los neomarxistas franceses, como L. Althuser, que distinguen entre el joven Marx, soñador y humanista, y el viejo Marx de Das Kapital, interesado en el dogma partidista. Con crudeza, propone la renuncia a la propiedad privada por la fuerza; Gutiérrez dirá que hay que forzar al propietario despojándolo, con base en el valor evangélico del amor. Sí, así se cuelan atropellos a la teología.
No faltará quien defienda en Gutiérrez la elección del joven Marx, porque «es el Marx verdadero». En el caso del Marx «verdadero», como en todo filósofo o teólogo que tuvo una primera y segunda etapa, no puede anacrónicamente preferirse lo primero, que es parcial, cuando existe lo segundo que es más completo. Y menos, tirar al olvido lo segundo, contra la voluntad del propio Marx, a menos que este hubiese escrito retracciones y correcciones, como lo hizo san Agustín. Interesadamente, quien más insistió en este abandono del segundo Marx fue Althuser mismo.
Gutiérrez dice algo con gran sentido: la pobreza solo puede ser abatida por la actividad humana, cosa con la que coinciden quienes se encuentran en las antípodas de Marx. Es «la acción humana» de los liberales de la escuela austriaca de Economía. Sin embargo, resulta indefendible Gutiérrez, al decir que la pobreza no es natural cuando, de hecho, lo es. En verdad, solo la actividad humana puede artificialmente transformar la pobreza creando riqueza. La pobreza es el estado natural del hombre.
Finalmente, queda expuesta de manera brutal que la confrontación de clases es inevitable. Que la lucha por abatir el hambre, la escasez y la miseria, que ha triunfado en los últimos doscientos años en Occidente, Gutiérrez la llama, sencillamente, «la sociedad capitalista» que debe ser sustituida por «otra clase de sociedad»; sociedad que, por supuesto, ya existe. No hay que inventarla, es la sociedad propuesta por la propiedad pública de los medios de producción, de la segunda mitad del siglo XIX, impulsada a lo largo del XX.
El gran marco de fondo de la obra de Gutiérrez es la teoría de la dependencia, a la cual dedica amplia crítica. Es la protesta de mediados de siglo que él vivió como joven y que dolía hondo en su natal Perú, como aprendió de José Carlos Mariátegui (1894-1930), marxista y héroe de los socialistas peruanos a mediados del siglo XX.
Para Gutiérrez, la amistad con Dios solo es posible en una sociedad justa, y eso requiere la ejecución de todo este proyecto social y filosófico. ¿Y la liberación?, ¿coincide con cristianos y no cristianos? Claro; en el Éxodo Dios no solo liberó a los hebreos que creían, liberó a creyentes e incrédulos por igual. Así, el proyecto de liberación, desde la teología y la Iglesia, coincide con los proyectos revolucionarios de todos los pueblos, creyentes o no. Eso es justicia y amistad con Dios para la teología de la liberación.
En suma, Gustavo Gutiérrez combatió sinceramente la pobreza, y logró ciertamente abatir la suya. Su obra se tradujo a docenas de idiomas y vendió varios millones de copias. Vivió engullido por el socialismo francófono, sin entender de economía. Nunca oyó él, ni sus seguidores, de los órdenes espontáneos en sociología. No supo de la elección al margen ni de la preferencia temporal en la formación del capital para crear y repartir la riqueza. Se quedó asumiendo, con su padrino intelectual, la antañona teoría del valor objetivo del trabajo que sigue empobreciendo a los países que la adoptan como su filosofía de gobierno.
La respuesta a la pregunta del título de estas líneas es arriesgada. Sabemos que la teología es para todos. Pero en la jerga revolucionaria de la obra de Gutiérrez, la teología es para los oprimidos, comprometidos «con hacer teología en una situación revolucionaria». Esto se traduce a una teología para que los pobres aprendan del Dios que se opone a los ricos y puedan con libertad presentar resistencia a quienes les oprimen. Ese es el mensaje con el que nos sigue desafiando esa fase de la teología.
🇬🇹Guillermo W. Méndez
Guillermo W. Méndez tiene más de 30 años de experiencia de campo en el ramo de las comunicaciones, de la negociación y del análisis político, económico y administrativo. Su proyección incluye entidades tales como la Asociación Nacional del Café, la Oficina de Modernización del Estado, la Secretaría de Bienestar Social de la Presidencia, el Instituto Nacional de Bosques, el Ministerio de Agricultura, el Ministerio de Educación y el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social, entre otras.