Uno de los domingos más «llamativos» en el tiempo de Cuaresma, es el domingo IV, llamado en latín «laetare», que significa literalmente «¡alégrate!». Su nombre proviene de la antífona latina que está al inicio de la celebración eucarística y que está tomada de Isaías 66, 10-11:
Laetáre, Ierúsalem, et convéntum
fácite, omnes qui dilígitis eam;
gaudéte cum laetítia, qui in tristítia
fuístis, ut exsultétis, et satiémini ab
ubéribus consolatiónis vestrae.
—
Alégrate, Jerusalén, y que se reúnan
cuantos la aman.
Compartan su alegría los que estaban
tristes, vengan a saciarse con su
felicidad.
A diferencia de los demás domingos de Cuaresma, en este domingo se permite el uso de flores cerca del altar, el uso del órgano y otros instrumentos musicales tanto en la misa como en las vísperas; además, los ornamentos del sacerdote pueden ser de color rosado en vez de violeta o morado.
Todos estos cambios para enfatizar una «alegría» en medio de los problemas y las vicisitudes de la vida del cristiano, porque ya se acercan los tiempos de la celebración del misterio pascual (pasión, muerte y resurrección de Jesucristo) en el grande y solemne «Triduo Pascual» (Pasión del Señor, Vigilia Pascual y Domingo de Resurrección, todo iniciado con la misa del jueves santo en la celebración de la Cena del Señor).
Otras de las grandes características de este domingo, es que el papa, desde el siglo X, hace una procesión de la basílica de san Juan de Letrán (sede del papa) hasta la basílica de la Santa Cruz de Jerusalén, donde se guardan las reliquias de la cruz del Señor, y ahí bendice una «rosa de oro». Esta costumbre fue creada por el papa León IX en el año 1049, y es un regalo que el papa concede a iglesias y santuarios, y a personalidades católicas de todo el mundo.
Por esto este domingo también se conoce como el «domingo de la rosa». Como su nombre indica, consiste en un rosal de oro con flores, botones y hojas, colocado en un vaso de plata renacentista en un estuche con el escudo papal.
El significado de esta distinción, fue explicado por el papa Inocencio III: «Como el Laetare, el día escogido para la función, representa el amor después del odio, la alegría después de la tristeza, la saciedad después del hambre, lo mismo hace la rosa, designada por su color, olor y sabor, el amor, la alegría y la saciedad, respectivamente». Y comparada la rosa a la flor referida en Isaías 11, 1: «Saldrá una vara del tronco de Jesé, y una flor se levantará de su raíz».
Otra peculiaridad, es que este domingo también ha sido llamado en latín «in vicésima» (el día veinte) pero también era conocido como «mediana» (media cuaresma) porque se encontraba justo en la mitad del tiempo de cuaresma. El papa Benedicto XVI nos explica muy claramente cómo todos los signos anteriormente explicados, se unen profundamente en este domingo IV de Cuaresma:
¿Cuál es el motivo por el que debemos alegrarnos? Desde luego, un motivo es la cercanía de la Pascua, cuya previsión nos hace gustar anticipadamente la alegría del encuentro con Cristo resucitado. Pero la razón más profunda está en el mensaje de las lecturas bíblicas que la liturgia nos propone hoy y que acabamos de escuchar. Nos recuerdan que, a pesar de nuestra indignidad, somos los destinatarios de la misericordia infinita de Dios. Dios nos ama de un modo que podríamos llamar «obstinado», y nos envuelve con su inagotable ternura (papa Benedicto XVI, homilía del IV domingo de cuaresma, 26 de marzo de 2006).
Como conclusión de nuestra breve reflexión, podemos decir que, aun cuando haya muchos signos culturales fuertes, preciosos, bellos, admirables durante el tiempo de Cuaresma, este tiempo litúrgico tiene sentido solamente como verdadera preparación al fundamento de cualquier celebración cristiana: el Misterio Pascual de Nuestro Señor Jesucristo (su Pasión, Muerte y Resurrección). Así, nuestras vidas tienen una mirada real en medio de los sufrimientos, problemas, dificultades de cada día y en todas las vocaciones; pero adquiere también una mirada esperanzadora y alegre por la Pascua como expresión del amor de un Dios que es, ante todo, Padre.
Aquí, pues, las palabras inspiradas del papa Francisco en el número 6 de la exhortación apostólica «Evangelium Gaudium»: «Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua. Pero reconozco que la alegría no se vive del mismo modo en todas las etapas y circunstancias de la vida, a veces muy duras. Se adapta y se transforma, y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo. Comprendo a las personas que tienden a la tristeza por las graves dificultades que tienen que sufrir, pero poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias: «Me encuentro lejos de la paz, he olvidado la dicha […] Pero algo traigo a la memoria, algo que me hace esperar. Que el amor del Señor no se ha acabado, no se ha agotado su ternura. Mañana tras mañana se renuevan. ¡Grande es su fidelidad! […] Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor» (Lm 3,17.21-23.26)».