Por Miguel Foronda | [email protected] 

Hay un club en Inglaterra que existe gracias a G.K. Chesterton. Para pertenecer a este club, es indispensable haber creado un nuevo negocio, absolutamente nuevo. No tiene que ser tan solo una variación de los ya existentes. El negocio, además, ha de proporcionar los suficientes ingresos al dueño para mantenerse. El señor Northover pertenece a este ingenioso club, la empresa que dirige lleva por nombre: Agencia de Aventuras Ltd. La misión, cito a Northover, consiste en: «atender a un gran anhelo moderno. Por todas partes, en la conversación y en la literatura, se manifiesta el deseo de un más amplio teatro de acontecimientos, de algo que nos sorprenda y nos conduzca por insospechados y sublimes derroteros. Ahora bien, el hombre que siente el deseo de una vida variada, satisface una suma anual o trimestral a la Agencia de Aventuras, y ésta por su parte se encarga de rodearle de acontecimientos fantásticos y sorprendentes».

Cuando le preguntaron a Northover ¿de dónde le surgió la inspiración? respondió: «Constantemente nos ha obsesionado la idea de que no hay en la vida moderna nada más lamentable que el hecho de que el hombre moderno tiene que satisfacer todas las exigencias artísticas de una manera sedentaria. Si desea volar al país de las hadas lee un libro, y lo mismo hace si quiere sumirse en el fragor de las batallas, o elevarse a los cielos, o salvar toda clase de obstáculos. Nosotros le proporcionamos todas esas visiones, pero al mismo tiempo le obligamos a vivirlas, colocándole en la necesidad de saltar tapias, de pelearse con individuos extraños, de huir por largas calles de turbios perseguidores…, todos ellos, ejercicios divertidos y saludables. Así le hacemos saborear un destello del mundo grandioso de Robin Hood y los caballeros andantes, en el que tenían lugar sublimes hazañas bajo un espléndido cielo. Así también le hacemos volver a los días de su infancia, esa divina edad en que podemos vivir con la imaginación, ser nuestros propios héroes, y al mismo tiempo bailar y soñar».

El lector, me parece, ya se habrá dado cuenta que la empresa no existe y forma parte de un libro de Chesterton que se llama El club de los negocios raros. Traigo esta narración a la memoria porque parece que describe un síntoma del tiempo que nos ha tocado vivir.

Nuestros tiempos, ansiosos de vivir emociones, más que a la novela narrada en letras, acuden a la narración con imágenes: el cine, o, creaciones virtuales: videojuegos. Ya sea a través de lo escrito o lo visual, parece ser que se oculta en el hombre actual un deseo de sentir experiencias nuevas.

Hay que tener en cuenta que para satisfacer ese deseo no hace falta ejecutar acciones reales, pues la virtualidad permite que se experimenten los sentimientos de manera sedentaria, sin necesidad de ejecutar acciones concretas, sin acudir a la realidad, como pasa en los sueños. Basta con leer una buena narración romántica para sentirse enamorados; ver una película dramática para suscitar lágrimas, o ver una comedia para doblarse de la risa.

Hay un peligro que quisiera señalar que podría acercarse cuando se cede  frecuentemente a la necesidad de experiencias ficticias: cuando se le da mucha importancia al mundo ficticio y a los sentimientos que este suscita, se pierde poco a poco la reverencia hacia la realidad. En aras de la virtualidad y del cine podríamos estar sacrificando la riqueza de la realidad que nos circunda, especialmente a la realidad personal. Puede pasar que tarde o temprano comience a ver a las personas como instrumentos para suscitar sentimientos.

Para atender a una persona real hay que desarrollar muchas actitudes: saber escuchar, tratar de entender, ser paciente, etc. Las personas no son personajes del elenco de la historia que he urdido con la imaginación, pues en el mundo virtual no necesito esperar ni entender: adelanto, atraso, vuelvo a ver para volver a suscitar. Lo manejo como se me da la gana. Cada persona es tan nueva y su historia es tan rica, que no se puede suponer, ni usarla para que vuelva a suscitar lo que yo quiero sentir.

Me gustan el cine y la novela. No quisiera que se entendiera que habría que quitarlos de la vida sino, quizás, percatarse que la realidad es mucho más grande y más rica de lo que puede ser el fruto de la imaginación humana.

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