250 años después, una frase sigue hablando de libertad

por | Oct 5, 2026 | Blog Fe y Libertad, Filosofía, Política

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¿Cuál es la mejor frase jamás escrita? Walter Isaacson [1] se atreve con una respuesta: la oración central de la Declaración de Independencia de Estados Unidos. Leída hoy, 250 años después de que fuera escrita, puede parecer una fórmula solemne de otro tiempo. Pero basta detenerse en cada una de sus palabras para descubrir algo mucho más ambicioso: en una sola oración se condensa una teoría completa sobre la verdad, el individuo, los derechos, el poder y la libertad.

We hold these truths to be self-evident, that all men are created equal, that they are endowed by their Creator with certain unalienable Rights, that among these are Life, Liberty and the pursuit of Happiness.

Esa es precisamente la virtud del libro de Isaacson: desmontar la oración palabra por palabra para mostrar que detrás de cada concepto existe una tradición intelectual. Jefferson no escribió aquellas palabras en el vacío. Detrás de ellas están Locke, Hume, Rousseau, el deísmo y buena parte del pensamiento político de la Ilustración. La grandeza de la frase está, en parte, en haber conseguido convertir siglos de reflexión filosófica en una afirmación política comprensible.

«We hold». No se trata solamente de una verdad filosófica, sino de una comunidad política que decide asumir determinados principios como fundamento de su nuevo orden. «These truths» tampoco es una fórmula retórica. La Declaración no presenta aquellas afirmaciones como preferencias o deseos, sino como verdades. Y «self-evident» añade una pretensión todavía mayor: que pueden ser reconocidas mediante la razón y no necesitan ser concedidas por una autoridad.

A partir de ahí, la oración construye una determinada concepción del individuo. «All men are created equal». La referencia a Locke resulta inevitable: individuos libres e iguales en el estado de naturaleza que, precisamente por serlo, pueden constituir un contrato social. La igualdad de la que habla Jefferson no significa igualdad de capacidades, de talentos o de resultados; significa que,  nadie nace con un derecho natural a gobernar a otro.

La siguiente afirmación lleva esa idea hasta sus últimas consecuencias: esos individuos están «endowed by their Creator with certain unalienable Rights». El lenguaje del Creador, vinculado al deísmo de algunos de los fundadores como Benjamin Franklin, sitúa el origen de los derechos fuera del Estado. El Gobierno puede reconocerlos y protegerlos, pero no es su propietario. De ahí la palabra decisiva: «unalienable». Existen derechos que no pueden ser legítimamente entregados al poder político.

Y entonces llega quizá la parte más conocida: «Life, Liberty and the pursuit of Happiness». Jefferson sustituye aquí la «property» de Locke por una expresión mucho más amplia. La felicidad no aparece como un resultado que el Gobierno deba proporcionar. Lo que se protege es su persecución. Cada individuo tiene derecho a buscar su propia idea de realización, significado y bienestar.

La diferencia es enorme. La libertad no consiste en que alguien nos garantice una vida feliz, sino en disponer del espacio necesario para intentar construirla según nuestro propio criterio.

Pero Isaacson no termina ahí. Una sociedad libre no puede sostenerse únicamente sobre individuos aislados. Necesita un terreno común. Franklin entendía que la libertad y la prosperidad debían contribuir a construir una sociedad estable en la que los individuos pudieran vivir juntos y florecer. De ahí la importancia del common ground: derechos comunes, principios comunes y determinadas verdades compartidas que permitan a personas diferentes convivir sin tener que pensar igual.

También por eso resulta interesante su reflexión sobre la economía. Su finalidad no es únicamente aumentar la riqueza o producir crecimiento. La prosperidad importa porque permite construir una sociedad en la que los individuos puedan desarrollar sus capacidades y beneficiarse de su trabajo, de su talento, de sus decisiones y de los riesgos que asumen. El objetivo último no es que todos obtengan lo mismo, sino que exista un orden en el que puedan perseguir sus propios proyectos.

Ese mismo principio reaparece décadas después en la definición del American Dream de James Truslow Adams. El sueño americano, escribe en 1931, no consiste simplemente en coches y salarios elevados, sino en un orden social en el que cada persona pueda alcanzar la máxima dimensión de sus capacidades, con independencia de las circunstancias accidentales de su nacimiento. No se trata de garantizar el éxito. Se trata de preservar la posibilidad de perseguirlo.

Y quizá ahí encontremos una de las razones por las que aquella oración sigue teniendo tanto que decirnos doscientos cincuenta años después.

Su importancia no reside únicamente en que ayudara a fundar una nación. Tampoco en que sus palabras hayan quedado grabadas en la memoria colectiva estadounidense. Su fuerza está en que plantea preguntas que siguen abiertas: ¿de dónde proceden nuestros derechos?, ¿qué puede legítimamente hacer el Estado?, ¿existen límites que el poder no puede traspasar?, ¿qué significa ser iguales?, ¿quién debe decidir qué constituye una vida buena?

En 1776 aquellas preguntas ayudaron a justificar la ruptura con un poder político que se consideraba ilegítimo. En 2026 siguen siendo preguntas esenciales para cualquiera que defienda la libertad.

Quizá por eso Isaacson no exagera tanto al llamarla «The Greatest Sentence Ever Written». No porque sea una frase perfecta ni porque pertenezca exclusivamente a la historia estadounidense, sino porque consiguió condensar en unas pocas palabras una idea extraordinariamente poderosa: que el individuo es anterior al poder y que la libertad no es una concesión del Estado.

Doscientos cincuenta años después, seguimos discutiendo esas palabras porque seguimos discutiendo sus consecuencias. Y quizá una sociedad libre pueda medirse, precisamente, por su disposición a hacerse una pregunta tan sencilla como incómoda: ¿qué queda de nosotros si dejamos de creer que existen límites al poder?



🇬🇹 Otto R. Solórzano Aguilar

Politólogo especializado en asuntos públicos e internacionalización de empresas por la Universidad Francisco Marroquín y la Universidad de Navarra. Actualmente trabaja como consultor en Public Affairs, donde desarrolla análisis político y regulatorio para sectores altamente regulados. Su trayectoria combina consultoría estratégica y diplomacia económica y comercial, ámbitos desde los que ha desarrollado un particular interés por las instituciones, los incentivos y las ideas que sustentan las sociedades libres. 

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