El juicio de Lindsay Clancy llegó a su fin en Massachusetts. Durante casi un mes, médicos, psiquiatras, familiares y expertos han intentado reconstruir qué ocurrió en la mente de esta mujer el 24 de enero de 2023, cuando mató a sus tres hijos: Cora, de cinco años; Dawson, de tres; y Callan, de ocho meses, y después intentó suicidarse saltando desde una ventana de su casa. Sobrevivió, pero quedó paralizada.
Hay algo que prácticamente nadie discute en el juicio: Lindsay mató a sus hijos. La discusión es si, en el momento de hacerlo, tenía capacidad para comprender lo que hacía y controlar sus acciones. Su defensa sostiene que sufría una psicosis posparto que anulaba su responsabilidad criminal. La fiscalía sostiene que padecía una enfermedad mental, pero que conservaba la capacidad suficiente para saber que aquello estaba mal. Los expertos tampoco están de acuerdo. Algunos han declarado que estaba claramente psicótica; otros, que estaba deprimida y gravemente enferma, pero no había perdido contacto con la realidad.
El caso sería suficientemente terrible si terminara allí. Pero hay algo más que lo hace especialmente difícil de procesar: casi todo lo que sabemos de Lindsay antes de aquella noche se resiste a la imagen que normalmente construimos de alguien capaz de matar a tres niños.
Era enfermera de maternidad y, según el testimonio de familiares y personas cercanas, una madre dedicada. En los meses anteriores a las muertes comenzó a sufrir insomnio grave, ansiedad, pensamientos intrusivos y depresión. Buscó ayuda repetidamente. Pasó por distintos profesionales y llegó a ingresar voluntariamente en un hospital psiquiátrico. En los cuatro meses anteriores a la muerte de sus hijos recibió más de treinta prescripciones correspondientes a trece medicamentos psiquiátricos diferentes, aunque eso no significa que los tomara todos simultáneamente. Sus tratamientos fueron cambiando mientras los médicos intentaban determinar qué le ocurría.
Hay testimonios de que pedía ayuda, de que tenía miedo de lo que estaba ocurriendo en su cabeza y de que quería volver a sentirse bien. También hay evidencia que la fiscalía considera incompatible con una pérdida completa de contacto con la realidad: acciones aparentemente planificadas, búsquedas en su teléfono, la salida de su marido de la casa y conductas que, según sus expertos, muestran que sabía que lo que iba a hacer estaba mal.
Un caso para TikTok
En TikTok se ha formado una comunidad enorme alrededor del juicio. Hay personas que analizan horas de declaraciones, historiales médicos, mensajes de texto, fotografías familiares y vídeos. Como ocurre ya con muchos procesos judiciales mediáticos, miles de desconocidos siguen el caso casi como si se tratara de una serie cuyos capítulos se publican diariamente.
Pero junto con ese interés ha aparecido otro fenómeno. Una parte de internet ha comenzado a buscar otro culpable: Patrick Clancy, el padre de los niños y exmarido de Lindsay.
Las teorías van desde considerarlo un marido indiferente que no entendió la gravedad de la enfermedad de su mujer hasta acusaciones mucho más extremas que sugieren que él mismo pudo haber participado en las muertes. No existe evidencia que sustente estas últimas teorías y Patrick no está acusado de ningún delito. Sin embargo, los vídeos que intentan reconstruir sus motivaciones y analizar su comportamiento han encontrado una audiencia considerable.Es fácil atribuirlo simplemente a la tendencia de las redes sociales a producir teorías conspirativas. Pero creo que hay algo más interesante detrás. Patrick es narrativamente útil.
Si conseguimos convertirlo en el villano, muchas de las contradicciones del caso desaparecen. Lindsay puede ocupar entonces un papel que comprendemos mucho mejor: el de víctima. Una mujer enferma, desatendida por un sistema de salud fragmentado, sobrecargada por la maternidad y abandonada por un marido incapaz de comprender lo que le estaba ocurriendo.
No hace falta negar que algunas de esas cosas puedan contener una parte de verdad. Hay preguntas legítimas sobre la atención médica que recibió Lindsay y existen demandas civiles contra algunos de los profesionales que la atendieron. También es legítimo preguntarse hasta qué punto nuestra manera de organizar la maternidad, el cuidado y la salud mental deja a muchas mujeres en situaciones de enorme vulnerabilidad. Pero una cosa es hacerse esas preguntas y otra muy distinta necesitar que Patrick sea culpable para que la historia tenga sentido.
Tenemos que aceptar la posibilidad de que una mujer haya amado profundamente a sus hijos y los haya matado. Que haya buscado ayuda y, al mismo tiempo, haya cometido una acción horrible. Que pueda haber sido víctima de una enfermedad y quizá también de fallos en el sistema sanitario, sin que eso responda automáticamente la pregunta sobre su propia responsabilidad. Incluso tenemos que considerar algo todavía más incómodo: que puede haber distintos grados de responsabilidad distribuidos entre muchas personas e instituciones sin que exista un único culpable capaz de explicar toda la tragedia.
Dos maneras de juzgar
Quizá el problema no sea que juzgamos demasiado, sino que hemos empezado a juzgar mal. Juzgar es inevitable y necesario para dar sentido a los hechos que vivimso. Lo hacemos constantemente porque necesitamos distinguir unas acciones de otras, decidir qué consideramos justo o injusto y determinar responsabilidades. Una sociedad que renunciara por completo al juicio moral no sería más compasiva; sería sencillamente incapaz de tomarse en serio la libertad y la responsabilidad humanas.
Pero existe una diferencia importante entre juzgar para comprender y juzgar para desahogarnos. El segundo tipo de juicio es probablemente el que mejor se adapta a las redes sociales. Ocurre algo terrible, buscamos al responsable, reunimos las pruebas que confirman nuestra primera impresión y emitimos una sentencia. Una vez localizado el culpable podemos indignarnos, denunciarlo y, finalmente, expulsarlo simbólicamente de la comunidad. El mecanismo produce una cierta satisfacción moral porque transforma una realidad desordenada en una historia que encaja en sus categorías.
El problema es que comprender a una persona exige exactamente el movimiento contrario. Obliga a retrasar por un momento la satisfacción de la sentencia para intentar reconstruir las circunstancias concretas en las que alguien actuó. No para eliminar su responsabilidad, sino precisamente para poder juzgarla mejor.
La incomodidad de sentir compasión
Una de las dificultades más grandes del caso Clancy es que parece exigirnos escoger dónde colocar nuestra compasión. Los primeros destinatarios son evidentes. Cora, Dawson y Callan fueron tres niños asesinados por su madre. No hay explicación psiquiátrica ni fallo institucional que pueda cambiar ese hecho.
Pero ¿qué ocurre si sentimos también compasión por Lindsay? Nuestra conversación pública parece funcionar muchas veces como si la compasión fuera un recurso limitado. Si reconocemos el sufrimiento de quien hizo daño, tememos estar disminuyendo el de sus víctimas. Si hablamos de su enfermedad, parece que estamos justificando sus acciones. Si mencionamos los posibles fallos de quienes la atendieron, parece que estamos intentando trasladar la culpa.
Sin embargo, la naturaleza humana exige contradicciones mucho más difíciles. Es perfectamente posible que Lindsay amara a sus hijos. Pero eso no modifica lo que hizo.Tenemos una enorme dificultad para aceptar esa simultaneidad. Pensamos que, si realmente amaba a sus hijos, entonces no pudo haberlos matado o que, si fue capaz de matarlos, aquel amor debía ser una ficción. Necesitamos que una de las dos afirmaciones elimine a la otra porque estamos mucho más cómodos con personajes coherentes que con seres humanos contradictorios.
Quizá una de las consecuencias menos evidentes de la cultura de la cancelación sea precisamente esta reducción de la persona a su peor acción. Una vez que alguien ha cruzado determinada frontera moral, todo lo demás se reorganiza retrospectivamente para que encaje. Sus acciones anteriores adquieren un nuevo significado. Sus defectos se convierten en señales que no supimos interpretar. Sus virtudes empiezan a parecernos impostadas. Necesitamos construir una biografía que termine inevitablemente en el acto por el que ahora lo juzgamos. Así aparecen los monstruos.Y los monstruos nos dan paz porque son distintos de nosotros, porque es mucho más difícil aceptar que una persona, común y corriente, sea capaz de cometer atrocidades.
Personas y no personajes
No sé qué debería decidir el jurado en el caso de Lindsay Clancy. Pero sí creo que el caso plantea otra pregunta que nos corresponde a todos. ¿Somos todavía capaces de juzgar a una persona sin convertirla antes en un personaje?
La cultura digital nos ha acostumbrado a historias con una estructura moral extraordinariamente sencilla. Hay héroes y villanos, víctimas y agresores, personas que debemos defender y personas que debemos cancelar. Incluso cuando la realidad no nos ofrece esas categorías con suficiente claridad, terminamos fabricándolas. El problema es que las personas reales no funcionan así.
Una persona puede ser víctima en una parte de su historia y responsable en otra. Puede amar a alguien y hacerle un daño terrible. Puede necesitar compasión y tener que responder por sus actos. Puede haber sido abandonada por algunas instituciones y ayudada sinceramente por otras. Un médico puede equivocarse sin ser negligente. Un marido puede no haber comprendido la gravedad de una situación sin ser culpable de ella. Y una madre puede amar a sus hijos y, en circunstancias que todavía estamos intentando comprender, convertirse en la persona que los mata. Aceptar todo esto no significa renunciar al juicio moral. Significa hacerlo más complejo y por lo tanto más real.
Tal vez esa sea precisamente la diferencia entre juzgar para comprender y juzgar para desahogarnos. Lo segundo necesita llegar cuanto antes a una conclusión porque su finalidad es colocar nuestra indignación en algún sitio. Lo primero puede terminar también en una condena, incluso en una condena muy severa, pero antes exige permanecer durante un tiempo dentro de la incomodidad de los hechos. Por eso el caso de Lindsay Clancy resulta tan perturbador. No solamente por el horror de lo que ocurrió, sino porque no nos permite ordenar fácilmente a sus protagonistas y nos recuerda que es mucho más difícil aceptar que quizá no exista una explicación que cierre completamente la historia.