El siglo XX vio transitar por un periodo relativamente corto a un hombre que vivió de una forma ciertamente comprometida con el mundo, así como él lo concebía, y cuyo legado todavía hoy no deja de intrigar a lectores y audiencias de todas las edades. Estamos hablando de George Orwell, seudónimo de Eric Arthur Blair, británico, escritor e intelectual consumado sin carrera académica, militar británico y militante socialista. El impacto de su obra es de tal envergadura que hoy hemos inventado un adjetivo, «orwelliano», para calificar situaciones que cumplen al dedo aquello que él pasó su vida denunciando.
Orwell tiene justamente un rasgo que resulta profundamente valioso en medio de nuestro mundo polarizado: unas aparentes contradicciones que solo pueden dilucidarse cuando nos alejamos de los discursos encendidos, por doquiera que tales discursos provengan. Nació en India, y creció en medio del colonialismo británico. Como hombre sensible que era —y que fue, probablemente, toda su vida—, reconoció muy joven las injusticias sociales que le rodeaban. Crítico, entonces, de lo que suponía ser resultado de las políticas coloniales británicas, comenzó a militar entre las filas del socialismo, y ahí militó hasta el fin de su vida; y fue precisamente ahí también, en el socialismo, donde encontró el verdadero foco de toda su futura obra crítica.
¿Cómo es posible que Orwell hubiera permanecido socialista toda su vida cuando escribió magistralmente en contra de este? Viene a mi mente aquella idea bastante provocadora que leí alguna vez hace años, en un documento con preguntas de reflexión histórica: «si no eres de izquierdas cuando tienes 20 años, es que no tienes corazón; y si no eres de derechas cuando tienes 40, es que no tienes cerebro». Con sus variantes (socialista/capitalista, etc.), la frase aparece bastante disputada en internet respecto a su autoría. Sea cual sea el caso, es verdad que ese poso de romanticismo que dejó el siglo XIX hace que las consignas del socialismo resuenen hondamente en un alma sensible. Es curioso, a este respecto, lo que un usuario de internet comenta sobre la validez de la frase anterior: «¿Cómo puede una cabeza bien puesta pensar que la plata es mejor ideal que la gente…?».
George Orwell, sin lugar a dudas, creía de verdad que su causa era benigna, que el socialismo —al menos en sus premisas— era apostar por el bienestar de la gente. Conviene aquí citar un pasaje de una de sus obras primeras:
A veces miro a un socialista —un socialista del tipo intelectual, escritor, con su pullover, su cabello enredado, y su cita marxista a flor de los labios— y me pregunto qué es lo que realmente le motiva. A menudo es difícil creer que sea amor por cualquier persona, y mucho menos por la clase obrera, con quienes no tiene contacto alguno…
Durante sus aventuras periodísticas, o de escritura inmersiva, viajó varias veces a barrios marginales, a experimentar de cerca las duras condiciones de algunos obreros, y en sus escritos conclusivos puede verse no solo su convicción de que el socialismo era el sistema que podía ver aquellas carencias, sino también de que era el mismo socialismo el que truncaba toda posibilidad de éxito, precisamente desde su intelectualismo desarraigado de la realidad, su pretendido gobierno desde las nubes de las grandes salas y los honores y la burocracia, y la corrupción, y lejos de las verdaderas vidas humanas. El libro que escribió tras su experiencia junto a los republicanos en la guerra civil española, Homenaje a Cataluña, acabó siendo rechazado por su propio editor porque Orwell ponía en manifiesto los conflictos internos del bando socialista. Orwell, de hecho, se expresó ahí, y desde entonces, abiertamente contrario al comunismo, especialmente a las operaciones de la Unión Soviética.
Bien, tal era la línea de Orwell; tal es la línea sobre la que desarrolló posteriormente lo que serían sus obras maestras. Como el hábil escritor que era, logró con su ficción contar muchísimas verdades, y es precisamente eso lo que hace con la fábula Rebelión en la granja, y luego, su última y más célebre obra, 1984. Uno de sus temas centrales, foco de su preocupación, fue el abuso de poder, más quizás por su cercanía al socialismo, con todo el tropel de intelectuales, filósofos, artistas y literatos que suelen llenar aquellas filas, Orwell se enfocó en denunciar un modo particularmente insidioso de conducir a las personas hacia el estado de las masas aborregadas sometidas por el totalitarismo: el uso de la propaganda y la hipervigilancia del lenguaje, y la desinformación. Dicho de otro modo, Orwell fue capaz de identificar un peligro que superaba su tiempo: el totalitarismo disfrazado que puede gestarse en cualquier época, en cualquier sistema político —sea derecha o izquierda, dictadura o democracia, etc.— cuando aquellos en el mando descubren el poder de las palabras, y el de las palabras libres, y lo convierten en un arma.
¿Qué significa «orwelliano» entonces? Son aquellos regímenes (estatales pero podrían ser industriales) que aplican medidas de control prácticamente draconiano para asegurar la obediencia y cooperación de aquellos a quienes simulan proteger. Con técnicas que buscan producir disonancias cognitivas, estos sistemas orwellianos carecen de escrúpulos y están listos para usar todas las formas posibles de manipulación, ejercidas a gran escala a través de los medios de comunicación, para distorsionar la verdad y hacer a los individuos dudar de sí mismos; individuos que, además, viven en la tensión y el miedo de la amenazante vigilancia perpetua, bajo la sombra en ciernes de castigos prometidos a los disidentes.
De aquí mismo viene el famoso Gran Hermano: aquel rostro que se cuela por todas las pantallas y que desde afiches por las calles te recuerda (te amenaza) que siempre te está mirando. De 1984 surge la policía del pensamiento, una realidad que solo los más distraídos pueden pensar, ya que es un concepto perteneciente nada más a la ficción. «Quien controla el pasado, controla el futuro. Quien controla el presente, controla el pasado», es una de las citas más notables de 1984, y ¡vaya que es una ley que se asume con tesón en la guerra de narrativas que ocurre hoy ante nuestros ojos, si estamos prestando atención! El burro Benjamín sentencia en Rebelión en la granja: «Con molino o sin molino, la vida iría como siempre había ido: mal», y de ese modo queda manifiesto que la rebelión no es precisamente la panacea: no es tanto el cambio de poder, ni el acceso al poder de alguna ideología, de alguna visión.
Orwell fue férreo defensor de una vida íntegra. En otro sitio escribió también estas ácidas líneas sobre sus «camaradas»:
A veces da la impresión que la mera mención de las palabras «socialismo» y «comunismo» atrae con fuerza magnética a todos los tomadores de jugos, nudistas, maniáticos sexuales, cuáqueros, homeópatas, pacifistas y feministas de Inglaterra.
Y ante estos desfiles de vanidades, los totalitarismos orwellianos que pintó para ilustrarnos reflejan lo que él consideraba ser uno de los males últimos: el hacer inaccesible la verdad objetiva. Orwell escribió 1984 en 1949, apenas un año antes de morir, a los 46 años. Escribió esa novela con su crítica mirada puesta en la Unión Soviética y la Alemania nazi. No obstante, el lector de 1984, y de cualquiera de sus obras, si es un lector agudo, descubre que aquello no era la denuncia de unos partidos: era una crítica a la sombra que repta donde se concentra el poder, y que nuestros días ofrecen muchos, muchos escenarios orwellianos.
La obra de Orwell no es solo una advertencia sobre el pasado, sino una brújula indispensable para nuestro presente. Ante este panorama, surge la oportunidad de pasar de una reflexión individual al diálogo colectivo. ¿Quién decide lo que es «verdadero» en la actualidad? En un contexto donde la verdad puede ser distorsionada, manipulada o sustituida por narrativas de poder, es fundamental recuperar la capacidad de pensar críticamente y distinguir entre lo real y lo impuesto.
Por ello, te invitamos a participar en el Seminario Civilización y Perspectivas 2026: Totalitarismo y declive de la verdad, donde analizaremos la obra cumbre de George Orwell y nos haremos preguntas fundamentales: ¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo si dejamos de cuestionar lo que se nos presenta como «normal»?
Información sobre el seminario
Fechas: 6, 13, 20 y 27 de agosto
Hora: 6:30 p. m. – 8:00 p. m.
Ubicación: Instituto Fe y Libertad
Modalidad: Híbrida
Inversión
Opción flexible: Q175 por sesión
Opcion completa: Q600 (incluye kit de bienvenida con merch exclusivo)
María José Prado Marroquín
🇬🇹 Guatemala
Es licenciada en Periodismo, y tiene un máster Erasmus Mundus en Humanidades por las universidades de Santiago de Compostela (España), Perpignan (Francia) y St. Andrews (Escocia). Tiene también dos diplomados en Historia del Arte por la Universidad Francisco Marroquín. Tiene experiencia en periodismo cultural, docencia a nivel secundaria y colaboraciones con universidades. Se ha especializado en estudios de la cultura, la educación, el arte y la religión desde una perspectiva filosófica. Actualmente es coordinadora académica del Instituto Fe y Libertad.