En todas las parroquias e iglesias, pero sobre todo en los santuarios marianos, no deberíamos dejar pasar la oportunidad que nos da la misma liturgia para celebrar la presencia maternal de María Santísima en estos tiempos de mayor reflexión sobre el misterio de la Cruz de nuestro Señor Jesucristo.
Una de estas loables «tradiciones» que tampoco ha sido suprimida por la renovación conciliar, sino que la encontramos en el Misal Romano, es la celebración, durante el viernes de la quinta semana de Cuaresma, del llamado «Viernes de Dolores», en donde se celebra a María Santísima como la «Beatae Mariae Virginis Perdolentis» (Santa María Virgen Dolorosa).
La rúbrica que aparece en el Misal Romano actual es la siguiente: «Por decreto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, del 18 de marzo de 1995 (Prot. 452/95/L), en las parroquias e iglesias en las que hoy, antiguo “Viernes de Dolores”, siga habiendo gran afluencia de fieles para honrar a la Virgen María en su advocación de Nuestro Señora de los Dolores, se puede celebrar una única Misa votiva de esta advocación».
Los textos que se pueden utilizar para esta celebración mariana el viernes de la V Semana de Cuaresma, serán los de la memoria del 15 de septiembre. Es en esta fecha que quedó fija esta bella oración como secuencia a utilizarse en la festividad llamada, desde 1727, de los «Siete dolores de la Virgen María»; la cual, como parte de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, quedó como fiesta de «Nuestra Señora de los Dolores».
La inteligencia humana ha querido expresar este momento, especialmente viendo el dolor de una Madre, que ve a su Hijo morir por otros hijos; y ha sido la música, como no podía ser de otra manera, donde muchos hombres y mujeres han querido expresar este inmenso momento: «Stabat Mater», es el nombre del bello himno compuesto en el siglo XIII, atribuido al fraile franciscano Jacopone da Todi por algunos estudiosos, o al papa Inocencio III por otros.
Es una de las creaciones literarias a las que más se le ha puesto música: más de seiscientos compositores; desde las versiones más famosas, hermosas y conocidas como las antiguas de Josquin des Prés, Giovanni Pierluigi da Palestrina, Giovanni Battista Pergolesi (una de mis favoritas), hasta las extraordinarias y conmovedoras de Franz Josef Haydn, Gioacchino Rossini, Marc-Antoine Charpentier y la de Antonin Dvorak, que es una de las más largas (entre 82 a 90 minutos de música).
También hay que anotar que, como parte de la reforma litúrgica posconciliar, esta es una de las cuatro «secuencias» (canto que sigue a la aclamación del aleluya antes del evangelio) que quedaron en el actual año litúrgico de la Iglesia católica.
Deleitémonos, pues, con la lectura de los primeros versos de esta secuencia, con la traducción al español atribuida a Lope de Vega.
Stabat Mater dolorosa iuxta crucem
lacrimosa dum pendebat Filius,
Cuius animan gementem contristatam
et dolentem pertransivit gladius.
O quam tristis et afficta fuit illa
benedicta Mater Unigeniti.
Quae moerebat et dolebat et tremebat
cum videbat nati poenas íncliti.
—-
La Madre piadosa estaba junto a la
cruz y lloraba mientras el Hijo pendía,
cuya alma, triste y llorosa, traspasada
y dolorosa, fiero cuchillo tenía.
¡Oh cuán triste y cuán aflicta se vio la
Madre bendita, de tantos tormentosllena!
Cuando triste contemplaba y dolorosa
miraba del Hijo amado la pena.