Por Carroll Rios de Rodíguez | [email protected] 

El XII Censo Poblacional, dado a conocer por el Instituto Nacional de Estadísticas (INE), revela que el total de guatemaltecos asciende a 14,901,286, un número bastante por debajo de estimaciones. Estas proyecciones decían que ya habíamos alcanzado hasta los 20 millones. Es posible que seamos más de 14.9 millones, pero quizás no tanto como 20 millones…veremos qué pasa cuando terminen de pulir los datos del censo. 

Será preciso recalcular muchos indicadores económicos que toman como base las predicciones de población total: desde índices de violencia y escolaridad hasta los niveles de pobreza cambian, afectando las políticas públicas y los discursos políticos.

Recuerdo un episodio de la serie sobre la política estadounidense, West Wing (2014), en el cual unos tecnócratas implantaron una nueva fórmula para calcular la pobreza. La Casa Blanca entró en pánico. El cambio de fórmula hacía ver que la pobreza había aumentado, con consecuencias buenas y malas para el presidente de turno. Si 4 millones más personas ahora serían etiquetados como «pobres», ellos podrían optar a subsidios estatales, y su dependencia del estado beneficiará al partido gobernante en las próximas elecciones. Por el otro lado, algunos podrán decir que el presidente de turno había empobrecido a 4 millones. Algo similar ocurre con el censo guatemalteco. 

Dentro de todo el alboroto, es posible destilar cuatro conclusiones preliminares importantes. 

Primero, ya estamos viendo los efectos de una tasa de fertilidad que va en picada. Hoy, las mujeres guatemaltecas en edad reproductiva tienen en promedio 2.97 o 2.83 hijos, según la ONU y la CIA Factbook, respectivamente. Es una tasa que se aproxima al promedio mundial de 2.52, y que podría explicar porqué la población no ha crecido tanto como se anticipaba.  Ha circulado una gráfica que muestra cómo la tasa de crecimiento entre un censo y el otro decreció de 3.5% (2002) a 1.8% (2019).

Segundo, existe una consonancia entre la baja en la tasa de fertilidad y el número de habitantes por casa censada. En el 2002, se reportó un promedio de 5.1 personas por casa, mientras que en 2019 el promedio de personas por casa bajó a 4.5 personas.

Tercero, a pesar de los cambios en el tamaño de las familias, podrías concluir que seguimos siendo un país en el cual el matrimonio tradicional sigue siendo una institución fuerte. Siendo un país con un elevado porcentaje de población joven, no sorprende que 43% de la población esté soltera. Sin embargo, del resto, un 50% está casada o unida, y únicamente un 7% reporta estar separada, divorciada o viuda. A veces, al leer las noticias, nos llevamos la impresión de que las familias guatemaltecas son mayoritariamente disfuncionales, inestables y desintegradas, pero lo opuesto es cierto.

Cuarto, valdría la pena investigar más a fondo el hecho que de los 3.3 millones de hogares censados, el 75.7% tienen a un hombre como jefe del hogar. Se ha difundido mucho la idea de que los hombres guatemaltecos son padres irresponsables y ausentes. Albergamos la creencia que los hogares monoparentales encabezados por la madre son muchos. También creemos que la mayoría de migrantes son hombres que dejan atrás a sus familias, con lo cual también esos hogares se han “feminizado”. Es posible que, en algunos casos, el abuelo llene los zapatos de los padres ausentes. O es posible que las familias guatemaltecas observen tendencias más sanas de lo que usualmente imaginamos.

En teoría el censo es una fotografía instantánea del estado de los hogares guatemaltecos en el 2018. Es una oportunidad para estudiar las cifras y sacar conclusiones que nos permitan fortalecer la institución matrimonial y la salud de las familias. Desde ya podemos ver que los recursos más valiosos en Guatemala no son vegetales ni minerales, ni industriales, sino los seres humanos. Es motivo de esperanza que sigamos teniendo una población mayoritariamente joven y que sigamos viviendo acorde a los valores judeocristianos.  

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