Por Christa Walters | [email protected] 

¿Podemos relacionar las políticas del inicio de la república francesa con las que tenemos en Guatemala ahora? O, ¿qué tiene que ver la pelea entre conservadores y liberales en la época de la Independencia con lo que vivimos ahora? En distintas ocasiones me he dado cuenta de lo mucho y lo fácil que podemos hacer referencia a hechos históricos para entender lo que pasa en el presente. A veces pareciera que las comparaciones con sucesos que pasaron hace siglos son anticuadas y que no tienen nada que ver con la actualidad. No obstante, el volverse hacia el pasado es valioso y necesario. Muchos autores y filósofos como Nicolás Maquiavelo, Madame de Staël, Edmund Burke o José Ortega y Gasset veían la importancia de la historia. El pasado importa no solo para saber que ocurrió hace miles de años, sino para aprender de esos sucesos, comprender que el hombre no es in vacuo y que buscar empezar de cero para corregir los errores del pasado puede ser catastrófico. 

A mi alrededor veo jóvenes que, en su búsqueda por cambios políticos y sociales, deciden voluntariamente darle la espalda a la historia o en ocasiones, crean una versión de la historia conveniente con sus objetivos. Esto supone un grave error. Ya sea que se conciba la historia de manera cíclica, como una espiral o como un péndulo, esta tiende a repetirse. Por lo tanto, al analizarla y hacer comparaciones y conexiones podemos prever ciertos sucesos o desenlaces. A pesar de que usar el pasado para comprender el presente y el futuro puede sonar como una contradicción, en realidad es extremadamente útil. Eso significa que el pasado es una prescripción para el presente y el presente es una prescripción para el futuro. 

Esto me lleva a explicar porque desechar la historia significa creer que se puede hacer una tabula rasa con las personas o las sociedades. Si queremos que nuestros proyectos políticos como iniciativas de leyes, reformas, programas sociales u organizaciones civiles funcionen debemos recordar que los países y las sociedades tienen tradiciones y costumbres que son casi imposibles de borrar. Por lo tanto, no podemos usar solamente la razón o pensamientos abstractos para formar nuevas leyes y, a través de ellas, nuevos ciudadanos. Esto nos llevaría a pensar que los humanos son in vacuos o vacíos, y que por ende, a través de la legislación o la política vamos a lograr cambios radicales. Es por eso que, si queremos verdaderos cambios para bien en el país, necesariamente hay que volver hacia la historia, en lugar de darle la espalda o buscar soluciones mágicas del momento. El conocimiento pasado de los errores y aciertos importa para que podamos aprender de ellos. 

Ahora bien, ver para atrás no pone freno a la innovación política, por ejemplo; todo lo contrario, le da un punto de partida con cimientos y legitimidad. Uno de los grandes filósofos que escribió sobre este tema, Edmund Burke, consideraba que se puede y se debe reconciliar la innovación con la tradición. Lo cual significa que respetar el pasado y lo tradicional no necesariamente impide que existan cambios en la sociedad. 

No debemos dar por sentado todo lo que ha acontecido antes de nosotros. En realidad, deberíamos estar agradecidos por la sabiduría de la historia pues nos ayuda a ver hacia el mañana. Esa sabiduría acumulada es como un depósito que nuestra generación y las futuras podrán usar. Seríamos ingenuos si no lo vemos como algo útil. Sin embargo, es algo más que útil; la historia es valiosa en sí por la riqueza moral y las buenas tradiciones que se convirtieron en pautas de conducta aceptadas que permiten que vivamos mejor ahora.

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