Por María Renée Estrada | [email protected]

Estamos a menos de un mes de participar nuevamente en el proceso democrático de elegir a nuevos servidores públicos. El clima alrededor de tal evento es poco alentador y bastante caótico. Sin embargo, desde una óptica optimista y esperanzadora, siempre es bueno ver de qué manera podemos aportar positivamente a un proceso electoral como el que se avecina.

El Consejo Europeo define el buen gobierno como la conducta responsable de los asuntos públicos y la gestión de los recursos públicos, y le encapsula en 12 principios fundamentales. Tales principios abarcan temas como la conducta ética, el Estado de Derecho, la eficiencia y la eficacia, la transparencia y la solidez, la gestión financiera y rendición de cuentas. Pero, ¿qué persona puede llevar a cabo tales acciones? ¿A quién podemos confiarle plenamente la potestad de gobernarnos de esta manera?

C.S Lewis, en su texto Hombres sin Corazón, describe los planteamientos de San Agustín, Aristóteles y Platón en relación a la virtud, la belleza, la recta intención (buen corazón), e incluso el Tao de los chinos. Y expone que estas ideas se deben inculcar en la mente y el corazón humano desde muy temprana edad. Lewis aborda las ideas desde la perspectiva de la educación y formación afectiva de la persona. Finaliza su escrito con una afirmación bastante fuerte: «Formamos hombres sin corazón, y esperamos de ellos virtud y arrojo. Nos burlamos del honor, y después nos sorprende descubrir traidores entre nosotros. Castramos, y esperamos fertilidad». ¿Es posible encontrar hombres con corazón en las postulaciones a cargos públicos?

Por otro lado, en su ensayo «Dos ideas de libertad», George Weigel contrasta dos conceptos distintos que llaman a una profunda reflexión. Por un lado, la libertad de no interferencia en los asuntos personales que implica la circunscripción del poder del Estado dentro de un fuerte marco legal. Y por otro, la libertad para realizar un bien mayor en la historia. Posteriormente, afirma que «la virtud y las virtudes son elementos cruciales de la libertad correctamente entendida y el camino de una vida vivida en libertad es un camino de crecimiento en la virtud; crecimiento en la capacidad de elegir sabiamente y bien las cosas que realmente contribuyen a nuestra felicidad y al bien común». ¿Tenemos conocimiento suficiente de los candidatos como para poderles evaluar respecto a la aplicación de las virtudes en su vida cotidiana?

Weigel enfatiza que «la libertad para la excelencia es la libertad que dará satisfacción a las más profundas aspiraciones del corazón humano de ser libre». Y sostiene que es más que eso. «La idea de libertad para la excelencia y las disciplinas de autogobierno que implica, son esenciales para la democracia y para la defensa de la libertad». Y a esto podemos, y debemos, agregar, que son la base para poder consolidar y ejecutar los principios del buen gobierno. No podemos esperar una buena gobernanza por parte de individuos que no aspiran a la excelencia humana a través del uso correcto de la libertad. Una libertad concebida como un medio para elegir lo mejor, a través de nuestras habilidades y capacidades personales. Una libertad individual que, si bien es un derecho, lleva consigo una responsabilidad colectiva.   

Entonces, y a modo de reflexión, ¿a quiénes vamos a entregar el poder de tomar decisiones y ejecutar políticas que tengan como finalidad el bienestar colectivo, sin transgredir las libertades individuales? ¿En quién depositaremos nuestra confianza a través del voto? Y, ¿bajo qué criterios o parámetros tomaremos esta decisión? Quizá tres preguntas, entre muchas otras que debemos hacernos, que nos den luces para tomar decisiones respecto a las próximas elecciones generales.


Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva del autor.  El Instituto Fe y Libertad abre este espacio para dialogar e impulsar el florecimiento humano promoviendo la libertad individual y los principios judeocristianos.

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