Por Josué Estrada | [email protected]

El viernes 21 de septiembre de 2018 se publicó en este mismo blog, Tierra Fértil, un artículo titulado: Abandonar el barco, por Carmen Camey. Las reflexiones que se exponen en ese escrito se hacían en medio de una profunda crisis que vivía la Iglesia católica, la cual despertó las más severas críticas y dudas sobre la credibilidad de dicha institución milenaria. A pesar de este fúnebre cuadro, ya que en ocasiones se leía el vaticinio del fin de la Iglesia, Carmen puede mirar más allá de la tormenta y, con una envidiable agudeza teológica, concluir: «Conociendo los horrores que ha habido dentro de ella [la Iglesia católica]… y que todavía siga existiendo, no puedo más que concluir que Dios debe estar de su lado», lo cual comparto plenamente siendo evangélico.

Es cierto que el estudio de la historia de la Iglesia, en su sentido más amplio, puede provocar la más profunda admiración o desprecio por esta. De hecho, han existido dos tendencias totalmente contrarias al abordar dicha historia: aquellos críticos y antagónicos que han querido evidenciar la «historia criminal» de la Iglesia (cf. Karlheinz Deschner) y otros que se han esmerado por escribir el testimonio en un tono meramente triunfalista. A mi forma de ver las cosas, los anales de la Iglesia presentan un lienzo con luces muy brillantes y con sombras bastante oscuras. Así es la historia no solo de dicha institución, sino de la humanidad en general. Sin embargo, si solo nos centramos en los errores y los crímenes que existen en todas partes, ¿no es posible también escribir la historia criminal de Estados Unidos, Francia, Alemania o Inglaterra, por no mencionar los monstruosos crímenes de los ateos modernos en nombre de la razón o la nación, la raza o el partido?– pregunta Hans Küng. Y aun esa fijación en lo negativo, continúa diciendo este teólogo, no le haría justicia a la historia de Alemania, Francia… o de la Iglesia.

A pesar de las debilidades, la Iglesia cuenta, como bien recuerda Carmen, con hospitales, orfanatos, clínicas, escuelas, etc., donde se hace un bien infinito a través de laicos o sacerdotes y pastores que se entregan a sus semejantes. De igual manera, el cristianismo tiene una plétora de santos que nos ayudan a mirar hacia el lado correcto en medio de estas situaciones difíciles y penosas. Por eso la tradición de la Iglesia no se trata de un pasado muerto, sino de una historia latente que sigue dando testimonio de la fe viva y verdadera a pesar de la adversidad. Y es que en última instancia, Dios es Dios de vivos y no de muertos (Mt 22:32). El calendario litúrgico nos recordó este 23 de febrero a uno de estos grandes santos, Policarpo de Esmirna, y, por consiguiente, el testimonio de aquellos que presenciaron la última prueba de su vida (cf. el acta del martirio de san Policarpo).

Policarpo, obispo de Esmirna y discípulo de san Juan evangelista, fue arrestado debido a que la multitud que observaba el martirio de otro cristiano, Germánico, pidió que se le buscase para que fuese llevado al estadio. En ese lugar se le insistió al anciano Policarpo que insultara a Cristo y reconociera al césar como Señor. A pesar de las amenazas y la presión de la multitud, el discípulo de Juan respondió: «Durante 86 años he sido su siervo [de Cristo], y no me ha hecho mal alguno. ¿Cómo puedo ahora blasfemar de mi Rey que me ha salvado?». No satisfaciendo esta respuesta a los oponentes, el procónsul insistió: «Jura por el genio del César». Más Policarpo reiteró: «Si supones, en vano, que voy a jurar por el genio del César… te diré claramente quién soy: soy cristiano», lo cual era un delito para la época. Al ver su gran firmeza, la decisión fue quemar vivo al dirigente de la iglesia de Esmirna. Pero su vida finalizó no con gritos de dolor, sino con un firme «amén». El acta del martirio de este santo termina diciendo: «este gran hombre se regocija en la compañía de los apóstoles… y bendice a nuestro Señor Jesucristo, el salvador de nuestras almas y piloto de nuestros cuerpos y pastor de la Iglesia universal que se halla por todo el mundo».

Esta es la gran verdad: Jesús es el pastor de la Iglesia, quien es el motivo y fundamento de la tradición, liturgia, dogma y teología. Es obvio que nuestras iglesias han errado, pues los dirigentes son humanos. Sin embargo, aunque estas «se hundan», no por ello se hunde Jesucristo (cf. Mt 14:30ss); si Jesús no se pierde, tampoco lo hará la Iglesia. El Espíritu de nuestro Señor es el que seguirá dotando al cristianismo de nueva credibilidad y el que hará que la luz divina siga resplandeciendo en las tinieblas (cf. Jn 1:5), luz que ningún poder (nazismo, estalinismo, maoísmo, etc.) ha logrado ni logrará destruir (cf. Mt 16:18).


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