Por Carmen Camey | [email protected]

Hace algunos meses Tara Westover publicó su primer libro: «Educated: a memoir». Se trata de una emocionante historia de vida, que muestra la manera en que la educación puede transformar vidas. Tara pasó su niñez en una montaña de Idaho, Estados Unidos preparándose para el Fin del Mundo. Sus padres, mormones supervivencialistas, dedicaban sus días y los de sus hijos a guardar comida enlatada, gasolina y armas para estar listos para el apocalipsis. Tara no tuvo un certificado de nacimiento hasta muchos años después, no sabe la fecha exacta de su cumpleaños, no fue a la escuela ni pisó un médico hasta que fue adulta.

Nunca se le permitió ser una niña normal: sus días estaban divididos entre ayudar a su padre en la chatarrera familiar y ayudar a su madre a mezclar aceites y hierbas curativas. Llegada cierta edad, uno de sus hermanos le motivó a estudiar y a solicitar la admisión en la universidad. Sorpresivamente, y gracias a su gran fuerza de voluntad, logró entrar en la universidad, terminar la carrera y luego hacer un doctorado en Cambridge. Todo en contra de la voluntad de su padre.

Tara lleva años sin hablar con su padre y apenas habla con su madre. Sin leer el libro, cualquiera podría pensar que la causa de su distanciamiento fue la religión y su extrema devoción que les impidió ir al hospital cuando sufrieron un choque que dejó a su madre con una lesión cerebral. Sin embargo, y en palabras de Tara, no fue la religión lo que los separó, fue la violencia.

Al crecer, las creencias de su padre se extremaron y uno de sus hermanos se volvió violento: sus padres fallaron en defenderla y en enfrentar la situación y esto fue en último caso lo que terminó por separar definitivamente a la familia. Me llamó la atención el miedo de su padre a que Tara y sus hermanos recibieran una educación: les lavarían el cerebro y los alejarían de Dios. Pero Tara descubrió, y este es fundamentalmente el tema de su relato, que la educación era más que eso: era más que meter ideas de otros en su cabeza, era una búsqueda de su propio camino.

La educación que Tara recibió cambió su vida, pero no porque dejara de creer en la religión de sus padres, sino porque se encontró a sí misma. La formación, en sentido amplio, debe fomentar la apertura, no debe reforzar prejuicios sino plantear preguntas. Debe servir para abrirse a los demás, para hacer relaciones, para hacernos mejores. Me impresiona el tono de Westover en el libro: sencillo, sin rabia ni resentimiento. Quizás estos sean los valores más verdaderamente religiosos que Tara supo hacer propios: el perdón y la reconciliación. Valores que tal vez sus padres y algunos de sus hermanos no supieron abrazar. No fue el mormonismo, que no es violento ni abusivo, lo que dañó a Tara, sino, como casi siempre, fueron personas de carne y hueso.

En alguna reseña leí que la historia de Tara no es una historia de de-conversión, sino de conversión. No solamente dejó de creer en las historias del fin del mundo que contaba su padre, sino que también adquirió una nueva visión del mundo, moldeaba por sus nuevas experiencias y su educación. Esto es quizás una de las cosas que más nos cuesta comprender hoy en día: no podemos no creer en nada, siempre la fe es parte inherente de la vida. Como decía G. K. Chesterton, «Lo malo de que los hombres hayan dejado de creer en Dios no es que ya no crean en nada, sino que están dispuestos a creer en todo». La fe no se elimina, se sustituye, y por eso cada vez que dejamos de creer en algo quizás en lo que más atención hemos de poner es en aquello por lo que sustituímos nuestro credo. La educación nos ofrece precisamente esta valiosa oportunidad: decidir en qué creer.


Foto: The Australian


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