Reseña de Samuel Gregg, Razón, fe y la lucha por la civilización occidental. (Regnery Gateway, 2019)  

Por Carroll Rios de Rodríguez | [email protected] 

Hemos desestimado la importancia de nuestras raíces y por ende nuestra civilización se podría derrumbar, advierte el Dr. Samuel Gregg en su nuevo libro Razón, fe y la lucha por la civilización occidental (Regnery Gateway, 2019). El filósofo y autor de múltiples libros, entre ellos The Commercial Society y Becoming Europe, confiesa que lleva años dándole vueltas al asunto. Desde que salió a la venta, su nuevo libro ocupa la primera casilla en Amazon, en la categoría de historia de la civilización (Kindle) y ciencia y religión (pasta dura). 

Razón, fe y la lucha por la civilización occidental es un libro y un reloj despertador. Gregg nos zarandea y despabila, para bien de nuestros hijos y nietos. Dedica el libro a su hija Madeleine, esperando heredarle una cultura curada de sus traumas y nutrida por la «ratio et fides», siempre unidas.

Occidente es el resultado de la peculiar conjunción de la cultura greco-romana y los valores judeocristianos. Es Atenas y Jerusalén. El legado más importante de nuestros antepasados no son los avances tecnológicos y materiales, sino el sustrato filosófico y moral que posibilitó dicho progreso. Una cultura se «occidentaliza», aclara Gregg, no cuando alcanza niveles mayores de bienestar material, ni cuando se moderniza, sino cuando asume los valores de la libertad y un «compromiso razonado con la búsqueda de la verdad». 

En entornos no occidentales se ha admitido, en parte, la relevancia de la libertad y la razón en la sociedad. En occidente, por contraste, se produjo un dominio de las pasiones por la razón tal que el historiador Edward Gibbon la llamó «libertad racional». El cristianismo ha sido un poderoso aliciente al progreso de occidente, pues sostiene que las personas individuales, libres y responsables, podían y debían cambiarse y cambiar al mundo para mejorarlo. 

Lamentablemente, las ideas que contradicen los valores fundantes de nuestra civilización también nacieron en occidente. Samuel Gregg elabora una lista de las «patologías de la fe y de la razón». Por ejemplo, la creencia que la naturaleza humana, y con ella, la sociedad, pueden ser moldeadas al antojo, cual Prometeo, abrió las puertas a la represión. Otra idea destructiva es idolatrar a la ciencia y atribuirle solamente a ella la verdad, hasta descartar a la filosofía como superflua. Por otra parte, la popularidad de algunas religiones falsas, como el marxismo o la religión de la humanidad de Augusto Comte, trajeron como consecuencia la pérdida de millones de vidas humanas y el respeto a la propiedad privada. Adicionalmente, hoy experimentamos la tiranía del relativismo y del sentimentalismo. El choque con oriente—y concretamente con el islam—reta nuestras concepciones teológicas, aunque no lo queramos aceptar y no lo podamos expresar en voz alta; nos revela el contraste entre un dios autoritario e irracional, y un Dios-Logos misericordioso.

¿Es posible sanar a nuestra civilización enferma? Gregg opina que sí, y su prescripción médica es reestablecer el Logos a su pedestal: «la fe en el Logos…es crucial para preservar los logros civilizadores de occidente de la regla de la irracionalidad y sus consecuencias».

El libro «es una brillante meditación», exclama Dwight Longenecker de The Imaginative Conservative. «Samuel Gregg ha escrito un análisis sobrio de las corrientes de pensamiento que han surgido en los últimos 400 años, y los ha colocado en el contexto del pensamiento cristiano», afirma el experto en artes sagradas, David Clayton. En su reseña del libro publicada en The Stream, John Smirak recomienda el libro por ser «un manual…para operar la civilización occidental». Smirak tiene razón: aunque el libro fue elaborado por un erudito y es el resultado de años de estudio, es accesible al lector corriente. No tenemos que ser teólogos ni filósofos para captar su importante mensaje. 

Los latinoamericanos podríamos encogernos de hombros y descartar este cúmulo de problemas como un fenómeno distante y extraño a nuestra región y temperamento. Sin embargo, América Latina es occidente. Solamente un necio afirmaría que la patología descrita por Samuel Gregg ha eludido nuestra región: el influjo de Comte, Marx, la teología de la liberación y hasta el islam han hecho estragos en nuestros países, al punto de retardar nuestro progreso material. Sería imprudente desoír esta sabia advertencia.


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