Por Carroll Rios de Rodríguez | [email protected]

El 7 de julio del 2019 falleció el doctor Rigoberto Juárez-Paz, reconocido filósofo y autor guatemalteco, oriundo de Zacapa. Pudo haber hecho una carrera académica en prestigiosas universidades de Estados Unidos, como la Universidad de Indiana, Minnesota y Pennsylvania, donde cursó estudios superiores y dictó cátedra, pero en 1961 decidió retornar a Guatemala para aportar al desarrollo económico y cultural de su país natal. En sus memorias, él reflexiona que ser parte del equipo que fundó la Universidad Francisco Marroquín (UFM) constituyó su principal logro:«quizás mi legado más grande sea lo que ayudé a cimentar entre 1969 y 1971: la Universidad Francisco Marroquín».  Concretamente, el equipo fundador, conformado principalmente por empresarios y liderado por el ingeniero y empresario Manuel Ayau Cordón, se nutrió de los conocimientos filosóficos y la experiencia dentro del mundo académico que poseía Rigoberto.

Entre las estrofas del himno de la Universidad Francisco Marroquín, redactado por el Dr. Juárez-Paz, se pueden apreciar los ideales que valoraba. Resalta su pasión por la búsqueda de la verdad, así como el «ansia de libertad», una libertad responsable y esforzada. En su autobiografía, Rigoberto Juárez-Paz de Jicaro City (2010), que incluye algunas de sus columnas publicadas por elPeriodico, entendemos que Rigoberto compartía una preferencia por la visión «restringida» del hombre siguiendo la argumentación de Thomas Sowell. Dicha visión restringida ve a la persona como un ser imperfecto y racional, capaz de actuar en pos de metas o intenciones privadas, que sólo él conoce. Son las consecuencias o los resultados manifiestos de nuestros actos, afirmaba Rigoberto, los que otras personas pueden calificar moralmente. La visión no restringida del ser humano, en contraste, es soñadora e idealista, y centra su atención en el buen-intencionismo más que en los resultados de los actos.

Al Dr. Juárez-Paz le tocó luchar por la libertad responsable en un contexto histórico convulsivo: mientras Estados Unidos parecía dividirse por cuestiones generacionales, raciales, políticas y de clase, aquí en Guatemala surgió un movimiento guerrillero en 1960 con el propósito de instaurar un régimen marxista-leninsta.  No era sencillo ser liberal bajo esas condiciones. En 1979, Rigoberto Juárez-Paz escribió un ensayo publicado por el Centro de Estudios Económico-Sociales (CEES, No.452) titulado Los enemigos de la libertad. Repitió las ideas contenidas en este artículo a lo largo de su vida, en el aula y fuera de ella. Los tres principales enemigos de la libertad son: el analfabetismo económico, el intencionalismo moral y una mala comprensión de la justicia.

Por analfabetismo económico, Rigoberto entendía los prejuicios y malos entendidos respecto de cómo funciona realmente un mercado libre. Mientras se crea que basta con redistribuir la riqueza, o que la propiedad privada es prescindible, o que los gobiernos son capaces de generar riqueza, jamás progresaremos ni viviremos en paz. «El analfabetismo económico es un poderoso enemigo de la libertad. Quienes abogan por la interferencia estatal en la economía, abogan en contra de la libertad y de la prosperidad: la primera, porque el control económico es la fuente de todos los demás controles; la segunda, porque la prosperidad es fruto de la libertad», escribió Juárez-Paz.

Rigoberto critica el «intencionalismo moral» porque está consciente que valorar la intención no basta. Es decir, el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones. Es común que un acto bien intencionado surta resultados perjudiciales para los demás, como es el caso de los sistemas comunistas. Es importante que cada uno de nosotros pongamos todo lo que está a nuestro alcance para cumplir con nuestros deberes a cabalidad. Como señaló Adam Smith, puede ser que nuestros esfuerzos no necesariamente nazcan del deseo de hacer el bien a los demás y, no obstante nuestra intención, en la práctica sí tenga un efecto positivo en la sociedad. Tal es el caso de toda acción productiva y creadora de riqueza.

Finalmente, Rigoberto aclara que la igualdad no es sinónimo de la justicia: «…la única forma de borrar las diferencias es destruir la igualdad ante la ley o la justicia. De manera que la igualdad social sólo se puede lograr destruyendo la igualdad ante la ley. Para expresarlo de otra manera, la justicia social requiere que desaparezcan el derecho y la justicia», afirma el doctor en una especie de trabalenguas, no obstante aclarador.

No tuve ocasión de conversar con Rigoberto sobre el Instituto Fe y Libertad (IFYL), y no sé si él estaría de acuerdo con nuestra convicción: es posible conciliar el ideario clásico-liberal con el cristianismo. Sin embargo, su denodado esfuerzo por aclarar al público guatemalteco lo que significa realmente vivir la libertad económica y política es un punto de partida para avanzar nuestra misión. Reconocemos y agradecemos su legado. Descanse en paz, Rigoberto Juárez-Paz.


Foto: New Media, Universidad Francisco Marroquín

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