Por Josué Estrada | [email protected]

La época de Semana Santa es un período de intensa actividad litúrgica, acompañada de ejercicios de piedad específicos, que recuerda y celebra la obra de Cristo en los últimos días de su vida. Aunque las formas de llevar a cabo dichas actividades y ejercicios varían de tradición a tradición, no cabe duda que la piedra angular de este período y de todo lo que gira alrededor de él es la persona de Jesús de Nazaret. En otras palabras, la Semana Santa, y en especial el Triduo Pascual (pasión, muerte y resurrección), es el recuerdo vivo y solemne del punto álgido del despliegue del misterio de la encarnación, de los días que transformaron radicalmente la forma de ver la vida, la muerte y la esperanza.

La misma predicación de san Pablo, y la de otros apóstoles según el libro de los Hechos, concentra el mensaje del evangelio en Cristo crucificado y resucitado (cf. 1 Co 15:1-8). Sin embargo, haciendo un paréntesis sumamente necesario, es importante recordar que esta síntesis no debe entenderse exclusivamente, sino de manera inclusiva, como bien lo notó Karl Barth. Me explico: pensar de manera exclusiva sería pasar por alto la vida de Jesús, dar un salto de la encarnación a la Pasión, como si esta no perteneciera a lo sustancial de nuestra redención; pero interpretar el mensaje inclusivamente es comprender que el Triduo Pascual es una reducción y cumplimiento de la vida entera de Jesús. Juan Stam, discípulo famoso de Barth, lo resume así: «La cruz y la resurrección serían imposibles sin la encarnación [y vida de Jesús]; la vida humana de Jesús sin la cruz y la resurrección no nos podría salvar… Esa carne que Jesús asumió al nacer, un día la entregó por nosotros sobre una cruz».

De igual forma, la pasión, crucifixión, muerte y sepultura del Señor, no deben separarse de Pascua de Resurrección. Dicho de otra manera, la theologia crucis no se puede contraponer a la theologia gloriae, ni se debe acentuar una más que la otra. Estas se deben entender y celebrar conjuntamente, como dos caras de la misma moneda: sin muerte no hay resurrección, pero sin resurrección no hay espera y por lo tanto no hay esperanza. Esta forma de recordar la Semana Santa hará que nuestra celebración y concepciones del abandono de Dios, la muerte y la vida después de esta sean transformadas.

En Jesús, Dios mismo ha tomado el lugar del hombre; ha habido, como lo llaman algunos teólogos antiguos, un abajamiento (exinanitio). Es decir, Dios quiso compartir el sufrimiento y la muerte con nosotros. Pero no solo se trata de un mero compartir, es una apropiación total y comprometida. No es ayuda desde afuera o parcial, sino que es la entrega total de Dios por nosotros a favor de nuestra libertad. Si esto es así, el grito del Crucificado en la cruz —«Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (cf. Mc 15:34)— no se trata de una pregunta angustiosa aislada. Más bien es la exclamación en nombre de la humanidad amada por Dios. Es decir, nadie fuera del Hijo tiene que sufrir el abandono y la ira de Dios jamás. A la luz de este grito que recordamos en Viernes Santo no podemos sentir tristeza o miedo, sino paz y tranquilidad. El abandono de Dios es una sombra o un horrible recuerdo que cargó Jesús en nuestro lugar y borró en su exaltación (exaltatio).

De igual forma, la resurrección también transformó radicalmente el sentido de la muerte. ¿Qué es la muerte? ¿Es una mera contingencia? ¿Es la clausura definitiva y el último golpe que recibe el hombre? ¿Es la derrota final?, según pensaba Sartre. O según Camus, ¿es una tragedia sin esperanza? ¿Es la única fuerza con poder suficiente para quebrar la vida de cualquier persona? A la luz del Resucitado, la muerte ya no es un sinsentido final o la fuerza invencible del hombre, sino un principio nuevo y, como afirmaba Karl Rahner, un problema que solo Dios puede resolver. En palabras de J. Moltmann, la resurrección de Cristo es el logos de nuestra esperanza donde podemos esperar la renovación de todas las cosas (cf. Ap 21:5).

Karl Rahner decía que el cristiano conoce la muerte de un hombre como el suceso más fundamental de la historia. Y esto es cierto. Lo que da sentido y aclara toda la vida de Jesús es su muerte (cf. Mc 15:37-39) y resurrección. En su fenecimiento se encuentra la muerte de la muerte, es la revelación de que el hombre en ninguna situación queda fuera del señorío de Dios. Nuestra muerte es nuestro límite, pero nuestro Dios es también el límite de nuestra muerte, reflexionaba Barth. En resumidas cuentas, la Semana Santa nos recuerda que Jesús es el Dios que compartió nuestro sufrimiento y muerte para que nosotros, al morir con él, compartamos su vida eterna.


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