Recuerdos remotos

Por Lucy Martínez-Mont | [email protected]

Pasan los años. Pasan las décadas. En cierto momento sobresalen recuerdos de cosas que ocurrieron hace mucho tiempo y que parecían olvidadas. La memoria, en situaciones difíciles de explicar, recobra vida y re-establece recuerdos de cosas lejanas que durante mucho tiempo no habíamos recordado.

La influencia de Jean Calvin (1509-1564) en mi infancia, mi adolescencia y mi entorno, renace como un recuerdo vívido, que había desaparecido de mi memoria por muchos años.

Gran parte de mi infancia y mi adolescencia transcurrieron en Ginebra, en el barrio de Champel. En mi ambiente, Jean Calvin, o Juan Calvino, era un personaje muy popular y muy admirado, promotor de la reforma protestante. Allá, durante mi infancia y mi adolescencia, la mayoría de la gente era protestante – calvinista o luterana – y una minoría era católica. A mis padres no les interesaba mucho la religión, pero desde mi infancia me volví  apasionada por las enseñanzas del catolicismo. Todos los domingos asistía a la misa de la iglesia San Francisco, en el barrio de Carouge, o a la capilla Santa Teresa, en el barrio de Champel. Me acompañaban mis amigas calvinistas, Gladys, Agnès, Christine, Denise, Catherine, y después, a media mañana, yo las acompañaba a su escuela dominical organizada por los pastores y las familias calvinistas.

El transporte de niños y jóvenes ocurría en bicicleta cuando hacía buen tiempo, a pie con botas y abrigos impermeables cuando había caída o amenaza de lluvia o nieve.

No tengo recuerdo alguno de interferencias de adultos en nuestra mezcolanza de prácticas religiosas. Si en alguna situación un sacerdote, o un pastor, o un padre, o una madre, hubiera interferido en nuestra doble elección, nuestras decisiones habrían cambiado pero, según mi memoria, nunca cambiaron.

Había, sin embargo, un personaje contemporáneo de Calvino que parecía desintegrar el razonamiento lógico: Michel Servet, un médico sobresaliente de origen español que ponía en duda la existencia de la Santa Trinidad. Cerca de nuestra casa en Ginebra, en el camino que nos llevaba a la escuela, está el monumento de Michel Servet quien fue quemado vivo por orden de Calvino. Ese monumento, construido a principios del siglo XX, es venerado desde entonces.

En el mundo occidental, las cosas han cambiado,  y puede ser que los cambios culturales más importantes hayan sido impulsados por dos revoluciones: El 4 de julio de 1776 dio vida a la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América con los derechos inalienables de “vida, libertad y búsqueda de la felicidad”. El 14 de julio de 1789 Francia desintegró la monarquía absoluta con esta Declaración: “Los hombres nacen y permanecen iguales en derechos. La ley es igual para todos. El pueblo elige a sus representantes que elaboran las leyes”.

No es fácil imaginar cómo circulaban las ideas en los años anteriores a las técnicas de comunicación que han cambiado la humanidad. Hoy, está a nuestra disposición una gran variedad de técnicas que nos permiten, sin mayor gasto, sin mayor esfuerzo, establecer cuánto tiempo ha pasado desde que ocurrió esto o aquello. Pero antaño, cuando no había teléfonos, ni radios, ni internet, ni inteligencia artificial ¿de dónde provenía la historia? ¿Cómo se pusieron de acuerdo George Washington, Thomas Jefferson, Benjamin Franklin y otros para proclamar, en 1776, la independencia de los Estados Unidos? Y en Francia ¿cómo ocurrió que en 1789 ingresara a París una multitud cantando la Marsellesa, previamente compuesta por Joseph Rouget de Lisle, un militar desertor?

Con el correr del tiempo, la humanidad registró experiencias extrañas que son difíciles de explicar. En la actualidad, conozco a un hispano que se autoproclama ateo y cuyo nombre común y corriente es “Jesús”. También conozco a un chileno agnóstico llamado “Gabriel”, nombre generalmente atribuido a un arcángel bíblico.

En el mundo moderno sobresalen los fundamentos que muchos llaman la herencia judeocristiana. Y en Guatemala, los herederos de la inspiración protestante ya no se autodenominan “evangélicos”, sino “cristianos”. La modernización del vocabulario sugiere que la integración de la sabiduría en el mundo descuartiza los inventos no duraderos.


Foto: Gèneve, Tour de Champel
Fuente: http://mapio.net