El Papa Francisco modela un comportamiento abierto y misericordioso, y lo acompaña con un discurso decididamente «pro-pueblo». Tomemos por ejemplo su visita sorpresa a los pobres de Roma, en julio del 2018. Llegó sin anunciarse a una cena que ofrecía el recién nombrado cardenal, Konrad Krajewski, a unos 280 pobres y sin hogar. Cuando se sentó a la mesa, el papa le aclaró al cardenal Krajewski que había llegado para ver a los pobres, no a él. El pontífice ha realizado viajes a países pobres y conflictivos, como Myanmar, Cuba y Bangladesh; justo el mes entrante hará un periplo por Mozambique, Madagascar y Mauritius. En una misa celebrada en Santa Marta, el pasado 18 de marzo, nos recomendó que no fuéramos «bolsillos cerrados». Además de ser generosos con los pobres, debemos dar «consejos, sonrisas a la gente, sonreir. Siempre dar, dar».

Algunos observadores señalan la influencia de la «teología del pueblo» en el papa Francisco. La teología del pueblo nació en Argentina después del Concilio Vaticano II y de la reunión en Medellín, Colombia que organizó la Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM), en 1968. El presbítero Lucio Gera, monseñor Enrique Angelelli, Rafael Tello, Fernando Boasso, Justino O’Farrell y Juan Carlos Scannone son algunos de los teólogos que desarrollan esta corriente. Si bien el actual papa no forma parte de este grupo, incorporó sus mensajes en su labor pastoral. Por ejemplo, el sitio web católico Aleteia contó las veces que aparece la palabra pueblo en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium: ¡164 veces! Es el sustantivo más usado en dicho documento.

¿En qué consiste la teología del pueblo? Se entiende «pueblo» como unidad nacional, no tanto como clase o sector social, explica el padre Juan Carlos Scannone en su ensayo titulado El papa Francisco y la teología del pueblo. El énfasis se pone en los pobres porque la teología asume que ellos son quienes «mantienen, como elemento estructural de la propia vida y convivencia, la cultura propia del pueblo al que pertenecen». Habiendo sido oprimidos por una injusticia social, y por la violencia institucional, son los pobres quienes comparten una historia común. Lo que es más, se reconoce el carácter sapiensal, y hasta místico, de la «piedad popular», o la religiosidad propia del pueblo. Carlos Marx concibió la religión como el opio del pueblo, pero esta corriente argentina ve esta religiosidad como un medio de liberación.

Si pueblo es nación, entonces el antipueblo incluye a todos los miembros de la sociedad que simpatizan con, o auxilian, al imperio. El imperio es una estructura que oprime injustamente. 

El pueblo de Dios es otra dimensión de pueblo, y es una imagen que gusta al papa Francisco. Dado que son miles las culturas que rinden culto a Dios y forman parte de la comunidad católica, tal pueblo es diverso. «Cuando habla del pueblo, usa la imagen del poliedro para subrayar la unidad plural de la irreductible diferencia en su interior», explica Scannone respecto del pontífice.

Naturalmente, todos los cristianos de buena voluntad queremos combatir la pobreza. Todos queremos caber en la categoría de pueblo y no la de anti-pueblo, por sus obvias connotaciones negativas. Es relativamente fácil imaginarnos parte del pueblo de Dios y sentirnos miembros de su iglesia, unidos a otros fieles por la fe, la liturgia, la tradición y la historia. Todos comprendemos las bondades de ver al otro como una persona con igual dignidad, y merecedora de respeto y afecto, indistintamente de las gradaciones económicas que nos separen. Por supuesto que nadie debe ser descartado; todos valemos. 

La traba está en asumir las implicaciones sociológicas y económicas de la teología del pueblo tal y como la describe Scannone. Pese a los esfuerzos de estos autores por proclamarse «no marxistas», su lenguaje revela una hipótesis subyacente según la cuál los pobres son pobres por culpa de los ricos, o del imperio, o de las estructuras reinantes. Da a entender un paradigma de suma cero, según el cual las ventajas de unos fueron cosechadas a expensas de los demás. Suena sorprendentemente como la teoría de la dependencia que subyace a la teología de la liberación, de la cual la teología del pueblo toma distancia. El mercado, la propiedad privada, el capitalismo, la globalización, el dinero u otros atributos del sistema económico de occidente son culpables de la injusticia e inequidad, y, en consecuencia, deben ser reemplazados por otras instituciones económicas u otro sistema no descrito en detalle. La teología del pueblo hace bastante más que pedirnos que seamos generosos y misericordiosos. Comporta una agenda económica radical, aunque intente ser un camino intermedio entre el marxismo y el liberalismo. ¿Qué sí es ese programa económico congruente con la teología del pueblo? ¿En dónde queda la libertad personal y el mercado libre en ese escenario? 


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