¿Por qué la gente es tan religiosa en nuestros países?

Publicado originalmente en el blog Karen Cancinos GT. Puede encontrar al artículo original aquí.

Por Karen Cancinos | [email protected]

He escuchado a padres de familia decir que anhelan que sus hijos tengan lo que ellos no. Me parece muy bien, pero a veces pienso que deberían asegurarse de que sus hijos tengan lo que ellos sí tuvieron. Porque muchos de ellos sí tuvieron educación en la fe. Y se les enseñó a cultivar la generosidad y la disposición al sacrificio. Y se les inculcó amor por la familia, en el sentido de honrar a los que ya no están, cuidar a quienes sí están, y acoger a quienes estarán.

En una agradable tertulia con queridos parientes a quienes hacía mucho no veía, salió a colación el tema del culto dominical y de si unos asistimos a misa católica y otros a servicio evangélico. Y es que, como casi todas las reuniones familiares en nuestros países hispanoamericanos, aquella pequeña celebración era ecuménica. La gente por aquí tiende a ser religiosa, cada vez menos es verdad, pero aun así América y África siguen siendo los continentes de la esperanza.

Por trabajar en el ámbito universitario, conozco a muchos intelectuales que juzgan esta religiosidad como un signo de atraso, una piedra en el cuello de la gente que la mantiene en un sopor que le impide reclamar sus derechos, progresar, ser libre. Pero encuentro que todos estos colegas y estudiantes críticos de la fe religiosa comparten un común denominador: disfrutan de ventajas materiales.

Es comprensible entonces su postura. No necesita a Dios quien da por sentada la satisfacción de todas sus necesidades básicas, está sano y es bien parecido, tiene familia que lo quiere y apoya, está enamorado y cuenta con un fabuloso grupo de amigos, tiene plata o está en vías de hacerla, tiene educación superior hasta niveles incluso de postdoctorado. Cuando varias de estas situaciones, o todas, convergen en una persona, es muy fácil que caiga en la arrogancia de pensar que, como a él o ella la creencia en Dios le parece cosa de perdedores, a los demás debería parecerles lo mismo. Lo sé porque alguna vez fui una jovencita ensoberbecida por un par de éxitos profesionales y una modestísima cota de popularidad.

Hoy, tanto por experiencia personal como por investigación académica, afirmo que la fe religiosa está muy lejos de constituir un factor de conformismo y miseria intelectual. Por el contrario: es la fe religiosa lo único que de manera honda y permanente dota de propósito, esperanza y propiedad al afortunado que llega a tenerla y cultivarla.

Propósito porque quien conoce a Dios sabe que su vida, su persona, sus cualidades y sus circunstancias no son aleatorias. Respecto a estas últimas, cuando le son desfavorables o francamente adversas, no grita “¿por qué yo, por qué ahora, por qué nunca a mí?” porque sabe que hay un “para qué”. Hay un para qué sufrir corporal o moralmente. Saber eso le confiere propósito a la enfermedad, a la pérdida, a la soledad, a la penuria material, al luto, a la incomprensión, al anhelo incumplido, y así el creyente sobrelleva todo con paz y hasta con alegría serena.

Esperanza porque quien cree en Dios espera todo de Él. No es que espere mucho: espera todo. Sí, todo. Pero también “espera” el tiempo que haga falta. El creyente sabe que Dios es Padre y como tal es amoroso y providente. Pero también sabe que es Creador y que sus tiempos y sus caminos no son los nuestros, así que no comete la necedad de irrespetarlo equiparándolo con un cajero automático, una máquina expendedora de golosinas o un político en campaña que promete el oro y el moro a quien lo elija.

Propiedad porque quien espera todo de su Señor sabe que vale más que los lirios del campo y las aves del cielo a los que no faltan ropaje y sustento. Canta con el salmista que hasta los cachorros rugen reclamando a Dios su comida, y que todos los seres creados quedan saciados cuando el Creador abre Su Mano. Teniendo poco, sabe sin embargo que todo lo tiene. Y al creyente que en circunstancias extremas de persecución o penuria se ha visto sin nada, no ha habido qué o quién haya podido despojarle de su fe en Dios.

Si la gente es más religiosa en nuestros países de Iberoamérica y en África, me parece que eso se explica por la historia y los problemas de estos continentes. En un sentido estrictamente material, en estas regiones muchas más personas sufren más, esperan más y poseen menos. Y por eso acuden al Único que da propósito al sufrimiento, Aquél que es la razón y el motivo de toda esperanza y la más valiosa posesión de los que, fuera de Él, poco o nada tienen.

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1 Comment

  1. Hugo D. Cruz Rivas. el 25 febrero, 2020 a las 12:49 pm

    Creo que el estilo literario de Karen es bastante depurado. Sin embargo, voy a las ideas de fondo. Si en América y en África somos más creyentes porque somos más pobres (y, por ende, sufrimos más y poseemos menos), ¿esto significa que, en la medida en que vayamos mejorando el nivel económico de la población, iremos creyendo menos? Esto sería una dolorosa premonición. Y, peor aún, sería algo contradictorio porque, obviamente, todos queremos que el nivel económico mejore. Pero entonces los creyentes quizás tendríamos que plantearnos el dilema: ¿mejorar económicamente o creer?
    Sin embargo, este es un falso dilema porque está basado en un supuesto incorrecto: que la causa de la falta de fe es el aumento de bienes económicos o, a la inversa, que la causa de la fe sea la carencia de esos medios. Este supuesto es falso pues la evidencia lo refuta. Con ese supuesto no se podría explicar el caso de los multi millonarios que son creyentes (en Guatemala y en muchas otras latitudes) y no se podría explicar el caso de los pobres que son no creyentes. De hecho, creer que las condiciones materiales son causa de las condiciones espirituales es una idea materialista por antonomasia.
    Y es que la causa de la desacralización y pérdida de la fe en el mundo moderno no tiene una explicación material sino ideológica. Si exploramos la historia de las ideas contemporáneas, es la proliferación de filosofías ateas, acompañadas del cientificismos, lo que ha socavado las convicciones religiosas del mundo occidental y del mundo occidentalizado.
    Por tanto la pregunta no es si los pobres y los ricos son más o menos creyentes en función de su situación material. Más bien la pregunta es cómo logramos que ricos y pobres logren un nivel de inteligencia espiritual que les permita comprender su esencial apertura a la trascendencia. Pero está claro que para esto no hace falta ser rico ni pobre. Lo que hace falta es que los ricos y los pobres puedan ver ejemplos encarnados de sentido espiritual. La fe se capta por la vivencia cercana de alguien que la vive. Se deja de vivir esa fe en función de las ideologías que se respiran y se asumen.

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