por Samuel Gregg

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Traducción al español por Carroll Rios de Rodríguez para el Instituto Fe y Libertad con el permiso de Public Discourse autorizado el 11-jun-2019 por Ryan T. Anderson.

Patrick Deneen plantea buenas preguntas, pero deja otras sin contestar. Este es un segundo artículo en el simposio de Public Discourse sobre ¿Por qué ha fracasado el liberalismo?

Desde hace un tiempo, he considerado la palabra «liberalismo» como una expresión que está ya cargada con tantos significados contradictorios que ha perdido su utilidad para describir un juego de principios consistentes con implicaciones particulares para el orden político. Los filósofos del siglo XX, John Rawls y Robert Nozick, eran típicamente descritos como «liberales». Sin embargo, sus posiciones respecto de la pregunta de la economía política, por ejemplo, estaban a años luz de distancia. En su libro ¿Por qué ha fracasado el liberalismo?, Patrick Deneen subraya una comprensión muy específica de liberalismo y porqué piensa que es un problema. El liberalismo, escribe él, es una ideología que, como cualquier ideología, se preocupa con rehacer la sociedad de formas que van en contra de la verdad del hombre. Según Deneen, muchos de los problemas presentes de Estados Unidos, que van desde el colapso de la educación superior hasta el auge de las fantasías transhumanistas, hacen espejo del triunfo y de las contradicciones del liberalismo-como-ideología.

Conforme leía el libro de Deneen, me encontré dándole la razón en muchos puntos. Él correctamente subraya, por ejemplo, el profundo sisma entre la forma en que entienden libertad ciertos griegos y romanos, y los profetas hebreos, y el cristianismo ortodoxo (con «o» minúscula), y la concepción de libertad-como-autonomía articulada por liberales que van desde John Stuart Mill hasta Richard Rorty. Especifica Deneen que la distinción reside en «premisas antropológicas fundamentalmente distintas»—la mayoría de las cuales, argumentaría yo, reflejan distintas opiniones de la naturaleza de la voluntad y la razón humanas, y del contenido de la felicidad y cómo ha de realizarse.

Deneen también ilustra que, independientemente de lo que se quiera decir con la frase «orden liberal», en el momento vive, parasíticamente, de un capital cultural y moral preliberal, el cual el liberalismo ha sido incapaz de rellenar. Entre más se distancia el orden liberal de sus fuentes—el cristianismo, la tradición del razonamiento que llamamos derecho natural, etc.—más incoherente se torna. Sea testigo de la forma en que el lenguaje de los derechos, un sello distintivo del orden liberal, se está utilizando para abrir la puerta a desarrollos antihumanos como el aborto en cualquier momento y la eutanasia.  En medio de estas posiciones, sin embargo, Deneen avanza algunos argumentos que encuentro menos convincentes. Estoy de acuerdo, por ejemplo, con algunas de las críticas hechas por Robert Reilly de la interpretación de Deenen acerca de la fundación de América. Pero en este ensayo ofrezco otras tres grandes críticas.

No tan moderno

La primera involucra la genealogía de las ideas de Deneen. Deneen sostiene que los elementos básicos del orden liberal, tales como el Estado de Derecho y el constitucionalismo, toman inspiración de las ideas clave fomentadas por la antigüedad antes de ser clarificadas y desarrolladas más plenamente por el cristianismo. Un logro del liberalismo, afirma, fue que resaltó las brechas entre estas ideas y varias realidades premodernas tales como la servidumbre.

Al mismo tiempo, Deneen argumenta que el liberalismo facilitó una ruptura radical en el desarrollo de Occidente. Pensadores tales como Tomás Hobbes, René Descartes y Francis Bacon facilitaron una «nueva concepción revolucionaria de la política, la sociedad, la ciencia, y la naturaleza [que] extendió los fundamentos del liberalismo moderno». Deneen define estas premisas como «la redefinición de la libertad como la liberación de los humanos de la autoridad establecida, la emancipación de una tradición y una cultura arbitrarias, y la expansión del poder humano y la dominación sobre la naturaleza a través del progresivo descubrimiento científico y la prosperidad económica». 

Trazarse estas metas, afirma Deneen, requiere desmantelar «la comprensión clásica y cristiana de la libertad», y las «normas, tradiciones y prácticas generalizadas». También involucra «la re conceptualización de la primacía del individuo», acompañado «del estado como el protector principal de los derechos individuales y de la libertad».  El motor conductor de estos cambios fue el surgimiento del voluntarismo, entendido como «la escogencia autónoma y sin restricciones de los individuos», que se convirtió en el compromiso normativo dominante. No podemos, según Deneen, apreciar las formas en las cuales funcionan las sociedades políticas liberales contemporáneas al menos que apreciemos estos desplazamientos intelectuales.

A mí no me queda claro, sin embargo, que estas ideas sean distintivamente liberales (por lo menos siguiendo la definición de Deneen) o particularmente modernas.

Encontramos fuertes acentos de voluntarismo, por ejemplo, en las escrituras de figuras premodernas tales como Duns Scotus. Si, como Scotus, uno considera que Dios es principalmente un tipo de voluntad, y considera que el hombre fue hecho a imagen de Dios, entonces nuestro entendimiento de los humanos probablemente dará prioridad a la voluntad y a la elección en lugar de la razón.  

Lo que es más, el tipo de voluntarismo que identifica Deneen va de la mano con la idea nominalista según la cual solo los individuos existen. Pero el nominalismo es esencialmente una creación medieval, y fue extensamente desarrollada por teólogos tales como Guillermo de Ockham.

Importan estos asuntos sobre la genealogía intelectual, porque evocan preguntas sobre si Deneen ha correctamente identificado la principal fuente intelectual del desasosiego de la actualidad. ¿Será posible que las disfunciones que Deneen asocia con el liberalismo tienen más que ver con errores filosóficos que vienen de tiempos inmemoriales—sin mencionar los problemas perennes tales como el orgullo, la avaricia, etc.—en vez de con una teoría política en particular?

Lo dicho arriba no niega el hecho que las teorías tienen consecuencias, a veces bastante malas. Sin embargo, mi pregunta es esta: ¿se encuentran las causas profundas de nuestras insatisfacciones actuales en los errores (tales como el nihilismo, el escepticismo, el voluntarismo y el hedonismo) que han levantado su cabeza en toda época histórica, y no sólo bajo las condiciones del orden liberal?

Comunidades y mercados

Mi segunda preocupación general con la tesis de Deneen tiene menos que ver con el pasado que con el futuro. Al proponer «lo que debemos hacer», Deneen enfatiza que no se puede retroceder el tiempo. Una «era idílica pre liberal», afirma, «nunca existió». Esto constituye un cambio refrescante respecto del romanticismo atemporal que suele caracterizar a los críticos—especialmente a unos críticos católicos—del orden liberal.

El esquema de Deneen para seguir adelante se centra en construir lo que él llama una «anticultura contraria». Esto, él sostiene, proveería unas vías para vivir que sustituirían a los entendimientos voluntaristas del mundo, al encarnar «prácticas fomentadas en ambientes locales, enfocados en la creación de culturas nuevas y viables, la economía cimentada en  las virtudes dentro del hogar, y la creación de una vida de polis cívica».

Esta cultura, según la visualiza Deneen, se basa en las comunidades que los regímenes liberales permitirán, debido al énfasis que pone el liberalismo en la apertura.  Deneen tiene claro, sin embargo, que estas comunidades necesitarán minimizar su participación en la actual vida política y económica si es que han de desarrollar la capacidad para resistir a las tecnocracias estatales centralizadas y lo que Deneen considera como el cortoplacismo perenne alimentado por las economías de mercado modernas. Su esperanza es que «una teoría posliberal viable» surja de estas comunidades para llenar el vacío que sigue a la inevitable «muerte del orden liberal».

La conexión que Deneen dibuja entre las culturas vividas y el desarrollo de las ideas es ciertamente válido. Es más fácil promover ideas epicúreas en sociedades inmersas en prácticas hedonistas, que ser un aristotélico comprometido.

Dicho esto, yo tengo una pregunta práctica sobre las propuestas de Deneen para el cambio. Muchas comunidades pequeñas, tales como los monasterios, actualmente luchan por vivir existencias relativamente autosuficientes. Con pocas excepciones, sin embargo, dependen del apoyo financiero de aquellos que viven y trabajan en la sociedad comercial. Incluso las primeras comunidades cristianas en Jerusalén requerían del apoyo financiero de la vasta mayoría de cristianos que habitaban el Imperio Romano, que no acogían la forma protomonástica de vida y a quienes no se les requería que así lo hicieran. Eso eleva preguntas sobre la habilidad de tales comunidades de sostenerse a sí mismas. 

En general, soy escéptico respecto de la capacidad de estas comunidades para resolver algunos de los problemas económicos perennes, tales como la escasez, el conocimiento limitado, y la coordinación duradera y justa de la oferta y la demanda. También cuestiono su capacidad para desarrollar el capital, la competencia, las economías de escala y la división del trabajo requeridas para crear el crecimiento económico sostenido que se requiere para sacar a sus miembros de la pobreza en el largo plazo.

Una razón por la cual emergen las economías de mercado en la Edad Media, como lo detallan académicos tales como Robert S. López, Harold Berman y Joseph Schumpeter, fue porque ellos probaron ser excepcionalmente competentes para resolver estas preguntas de una manera que simultáneamente promovió la libertad y el orden. Además, canalizaron el funcionamiento del interés propio (que, por cierto, corremos peligro cuando pretendemos erradicarlo de la vida humana) en tal forma que benefició progresivamente a un mayor número de personas, y no sólo materialmente. No es coincidencia que las florecientes ciudades industriales en los primeros tiempos del capitalismo, como por ejemplo Florencia, también se convirtieran en centros para la alta pintura, la arquitectura y el conocimiento. 

También es revelador que los procesos de mercado emergieron en el mundo medieval cristiano. Esto, sugeriría yo, indica que muchas instituciones del orden liberal no se basan en la ideología liberal, como muchos de los críticos y defensores del liberalismo suponen.

¿Dónde queda el Derecho Natural?

Esto me trae a mi tercera preocupación. Deneen correctamente afirma que «los arreglos estrictamente legales y políticos del constitucionalismo moderno no constituyen, por sí mismos, un régimen liberal». Sin embargo, él no parece considerar que el constitucionalismo, la idea del derecho, el Estado de Derecho y las economías de mercado en su forma moderna podría ser sustentados sobre fundamentos no-voluntaristas y no-utilitaristas.

Me causa especial perplejidad que Deneen no se plantee si estas prácticas e instituciones podrían enraizarse en una concepción robusta de la razón humana y del florecimiento humano conocido como la ley natural.

Deneen sí capta la relevancia de la ley natural para la discusión. A lo largo del tiempo, él observa, muchas instituciones liberales se «desasociaron de las normas del derecho natural». Estas fueron gradualmente reemplazadas por lo que Deneen llama «legalismos liberales»: es decir, en nombre de la neutralidad y la tolerancia, la legalidad privilegió los reclamos voluntaristas sobre la naturaleza humana.

Deneen claramente acepta la verdad de la ley natural. Pero quizás es escéptico respecto de la habilidad de los defensores de la ley natural para convencer a quienes habitan en sociedades liberales actualmente de que el escepticismo filosófico se refuta a sí mismo, que el utilitarismo es profundamente incoherente, y que nuestras elecciones pueden y deben ser dirigidas por más que sentimientos fuertes, o que la mente humana es capaz de discernir el propósito que va más allá de saciar nuestros sentidos. 

Obviamente, los argumentos de ley natural no convencen a todos. Si lo hicieran, estaríamos viviendo un mundo distinto. Aún así, inclusive en nuestros tiempos convencen a unas personas, a pesar de la presión cultural inmensa para creer lo contrario. Lo que es más, el hecho de que algunos no hayan sido aún persuadidos por los argumentos de la ley natural no significa que no sean verdaderos, o que no tengan el potencial de rescatar a instituciones como el constitucionalismo moderno de ser corrompido por el voluntarismo liberal.

Imagine, por ejemplo, un orden constitucional estadounidense guiado por la jurisprudencia, influida por la ley natural, de, digamos, los jueces Neil Gorsuch y Clarence Thomas, y compárela con aquella cimentada en el crudo utilitarismo del juez Richard Posner. La diferencia, afirmaría yo, sería significativa. 

La reticencia aparente de Deneen por dirigirse a esta posibilidad, de cimentar el orden liberal sobre la ley natural, puede reflejar su convicción de que debemos «resistir el impulso de divisar una nueva y mejor teoría política siguiendo los pasos del simultáneo triunfo y fracaso del liberalismo».  A su parecer, fueron las teorías completas que dieron auge al liberalismo para empezar.

Si, por una «teoría completa», Deneen se refiere a simplemente otra ideología, yo sólo puedo asentir con un «amén». No obstante, en algún punto, las sociedades que buscan un fundamento para la visión racional del florecimiento humano requieren dos cosas. La primera es una teoría completa sobre la verdad y cómo la logramos conocer. Y la segunda es contar con personas como Aristóteles y Tomás de Aquino que nos pueden explicar porqué las teorías de individuos como Epicuro y David Hume están seriamente equivocadas. 

Las vidas y las comunidades bien vividas son importantes. Pero también es el pensamiento recto y ordenado. ¿Puede la ley natural revestir a las instituciones liberales con un fundamento filosófico coherente que no puede proveer el liberalismo? Esa es la pregunta que yo espero que Deneen y otros críticos del orden liberal puedan, en algún momento, abordar sistemáticamente. Porque, sea cual sea su respuesta, es una pregunta que de verdad importa. 


Foto: Public Discourse

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