Misericordiae Vultus: una lectura económica de la Bula del Jubileo

Por León M. Gómez Rivas | [email protected]

Profesor de Ética y Pensamiento Económico. Universidad Europea de Madrid

Introducción

Estas líneas surgieron como una pequeña reflexión tras la lectura de la Bula del Jubileo Misericordiae Vultus (publicada en la convocatoria del año de la Misericordia por el papa Francisco, el 11 de abril de 2015): sin entrar en las cuestiones más específicas del texto pontificio -alrededor de esta llamada a acogernos al amor misericordioso del Padre-, me resultaron interesantes varias afirmaciones que considero podrían evocar una interpretación económica. Con una destacable sorpresa: porque en muchos entornos de pensamiento liberal, la enseñanza del Papa Francisco ha resultado bastante -llamémosle así- enfrentada a un mundo capitalista supuestamente instalado en nuestra sociedad Occidental. Sin embargo, después de reflexionar sobre la Bula, considero que ese aparente distanciamiento puede resultar mucho menos real de lo que piensan esos economistas y de lo que diríase pretende el Santo Padre (si se me permite conjeturar sobre su pensamiento más profundo…).

Veamos entonces qué puedo aportar en este sentido de un acercamiento entre las posturas más conocidas de una economía liberal y algunos textos de Misericordiae Vultus.

1.- La plenitud del Padre, rico en misericordia

Nada más arrancar la Bula nos encontramos con la descripción de un Dios «…pródigo en amor y fidelidad» (MV 1). Expresión que nos gusta a los economistas: porque el objetivo de esta Ciencia (recordemos la preocupación de Adam Smith por la riqueza de las naciones) es conseguir un mundo cada vez más pleno en posibilidades de conseguir esa riqueza: bienestar, alimentos, comodidades… (otra cosa, que no viene ahora al caso, es considerar si esa búsqueda del confort es demasiado obsesiva; o no tiene más aspiraciones que las puramente materiales; etc.). Creo que perseguir un mejor desarrollo económico, procurar la eliminación de la pobreza, es un objetivo común sobre el que no deberíamos discutir los cristianos y los economistas…

Sin embargo, a veces parece que se recibe el siguiente mensaje: lo verdaderamente cristiano es la necesidad, la pobreza, la falta de recursos… Pienso que se ha debido a una mala comprensión del paradigma: la opción radical de San Francisco por el desprendimiento de los bienes materiales ha podido llevar -¡durante siglos!- a tener una mala conciencia respecto al uso y posesión de tales bienes… De entrada, recordaremos, que se llaman bienes, porque son buenos (“… y vio que todo era muy bueno” Gen 1, 31): luego no deberíamos tener escrúpulos en el uso de los bienes creados… La solución, a este inquietante dilema es por otra parte bastante simple: no se trata tanto de un problema sobre la posesión de cosas materiales, sino sobre poner o no nuestra confianza en ellas… (bueno, reconoceré que no es tan simple resolver este dilema…).

En fin, volviendo a este análisis de Misericordiae vultus, el punto que quería destacar es mi lectura de un reconocimiento de esa plenitud económica como algo compatible con la propuesta cristiana: así que estuve localizando expresiones similares que pudieran confirmar la ya referida prodigalidad de Dios. Y sin haber hecho un rastreo exhaustivo, me alegró encontrar las siguientes referencias, por ejemplo: “Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona” (MV 3). En este caso, por cierto, lo limitado, lo escaso, lo insignificante es el pecado, como poco antes dice: “sin tener en cuenta el límite de nuestro pecado” (MV 2).

Porque “es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia” (MV 6): esa misericordia, de la que va a seguir hablando la Bula, es una consecuencia de la inmensidad de Dios, de su poder y plenitud. Luego, concluía en mi lectura personal, los cristianos debemos aspirar a lo más, a lo mejor, ya en esta tierra (porque sin duda el Cielo nos colmará sobreabundantemente). Si se me permite una expresión un poco provocadora: tenemos que vivir bien o, mejor, saber vivir bien cuando ello sea posible y justo… Nuestros hogares, nuestros templos, nuestras instalaciones, nuestra ropa, nuestra imagen personal: deben ser atractivas, estar limpias, adecuadas a las circunstancias de cada lugar y cada momento. En clave económica, por tanto, considero que no hay ningún problema en tratar de conseguir más bienes, mejores tecnologías o mayores ingresos.

2.- El trabajo, la profesión, el desempeño económico son también una llamada de Dios para el cristiano

Una segunda consideración que me surgió en esta lectura fue el recuerdo de esa interpelación radical del Vaticano II, en el Cincuenta Aniversario de su clausura en 1965 (efeméride que recoge el Jubileo de la Misericordia, al abrirse la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro precisamente la fecha exacta: el 8 de diciembre). El papa Francisco escribe que entonces la Iglesia “iniciaba un nuevo periodo de su historia”, “derrumbando las murallas que por mucho tiempo habían recluido a la Iglesia en una ciudadela” (MV 4).

A mi juicio, una de las murallas más resistentes ha sido ese velado, imperceptible (a veces no tanto) desprecio del trabajo y de la actividad económica como sospechosos de condenación… No creo que sea ningún desdoro reconocer el gran error histórico de alguna parte de la civilización cristiana (sobre todo, en la tradición católica) al negar la dignidad del trabajo y su posibilidad como camino de perfección (además, y junto a lo que proponen las Bienaventuranzas): no todo se ha hecho bien en estos veinte siglos, y nada hay más meritorio que reconocerlo. Éste, a mi juicio, ha sido uno de los grandes aportes del Vaticano II: también el desempeño empresarial o financiero es una vía de santidad para el creyente.

Porque el problema no estriba en “los adelantos tan enormes de la ciencia y de la técnica”, algo ya previsto en el plan de Dios al comienzo de la creación (Gen 1, 28) por los que “el hombre se ha hecho dueño y ha dominado la tierra mucho más que en el pasado”; sino en que tal dominio “se ha entendido tal vez unilateral y superficialmente” (MV 11). La cuestión es salir de ese camino equivocado, como más recientemente ha vuelto a denunciar el Papa Francisco en Laudato si (24 de mayo de 2015): el dominio sobre la tierra puede acabar dañando esa muy buena Creación de Dios. Pienso que no se trata de renunciar al dominio, al progreso o al desarrollo económico. Mi lectura es que debemos rectificar los motivos, los procedimientos, los fines… pero sin relegar esa esperanza de conseguir, aquí también, “una tierra nueva” (Ap 21, 1).

Entonces, para corregir esos desenfoques criticados por el Papa, se nos propone un cambio radical en nuestras motivaciones: hay que buscar la justicia (que viene de la mano de la misericordia, MV 20) y sobre todo, no caer en “la terrible trampa de pensar que la vida depende del dinero y que ante él todo el resto se vuelve carente de valor y dignidad” (MV 19). Para reforzar esta idea, en este mismo número Francisco escribe una atrevida petición a los “grupos criminales” y a “las personas promotoras o cómplices de corrupción”: abandonar ese mal camino, rectificar su vida (recordando, por cierto, que “no llevamos el dinero con nosotros al más allá”), incluso colaborar con las autoridades mediante “el coraje de la denuncia”. Supongo que está pensando en grupos mafiosos, cárteles de la droga, políticos o gobiernos corruptos y criminales u ocultas organizaciones que solo buscan el enriquecimiento…

Porque, me parece conveniente recordarlo, a ellos sí se les debe aplicar la sentencia de “esta economía mata”. Y no a las grandes corporaciones o pequeños empresarios que trabajan legítimamente por una mejora de su bienestar y disponibilidades materiales, al tiempo que contribuyen con su esfuerzo a un progreso de toda la sociedad: creando empleo, ofreciendo bienes y servicios útiles, etc. Esa economía no es la que mata; todo lo contrario: es la que sí puede colaborar en “rescatar de la pobreza” a tantos hombres que necesitan de unas obras de misericordia reclamadas en esta Bula del Jubileo. Porque esa buena economía puede, y en muchísimas ocasiones lo hace sin apenas alardes, “dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo…” (MV 15).

Insisto recalcando que la injusticia, la corrupción son una lacra moral, por supuesto; pero también son una mala decisión económica. El marco en el que Adam Smith proponía su Riqueza de las naciones (1776) es un marco de valores morales y exigencia ética, unida a la compasión por el prójimo necesitado que leemos en su anterior Teoría de los sentimientos morales (1759). La otra economía, la que mata, es el resultado y consecuencia de nuestra fragilidad, de nuestra naturaleza herida por el Pecado (y nadie podemos sentirnos inmunes a esa tentación, como señala el papa con la cita de San Gregorio: “corruptio optimi pessima”, MV 19).

3.- Una propuesta ambiciosa, la economía del don

Termino señalando una posible vía de investigación para la teoría y la práctica económica, que podríamos considerar avalada por algunos párrafos de la Bula: por ejemplo, en la parábola del siervo despiadado, al que se le ha perdonado una gran suma de dinero, y sin embargo no fue capaz de “tener compasión” de otro compañero que le adeudaba una pequeña cantidad (MV 9). O, más interesante, a mi juicio, la multiplicación de los panes y de los peces: me fascina, como economista, esa generosidad del Señor para “calmar el hambre de grandes muchedumbres” (MV 8), de manera sobreabundante, casi exagerada (aunque no despilfarradora, porque luego se recogieron con sumo cuidado los pescados y panes sobrantes). Aquí vuelvo a la idea de la no-contradicción entre cristianismo y disponibilidad cada vez mayor de los recursos y las riquezas de la tierra…

Esta economía del don es una propuesta que podemos encontrar tanto en intelectuales cercanos a la Iglesia, como en movimientos civiles; aunque debo añadir dos cosas al respecto: que no he estudiado apenas sus fundamentos doctrinales, por una parte. Y recordando además que, en estas ciencias humanas, como lo es la Economía, no hay soluciones únicas, indispensables o infalibles… Pueden funcionar bien, o no. Sabemos que algunos principios son más eficientes que otros (por ejemplo, la gestión comunitaria suele ser menos eficaz que un libre ejercicio de la iniciativa y creatividad de cada individuo; llevado al extremo, también podemos concluir que los experimentos comunistas son moralmente rechazables y económicamente desastrosos… La historia lo ha demostrado con absoluta claridad). Pero en este ámbito de lo humano y lo opinable, creo que cada uno debe buscar la solución que le parezca honestamente más correcta en lo moral y más razonable en lo intelectual.


Referencias

  1. Quizás, una de las expresiones del Papa que más escandaliza a mis colegas es la de “esta economía mata” (hay un libro reciente de Andrea Tornielli y Giacomo Galeazzi con ese título), que proviene de la Encíclica Evangelii gaudium: “hoy tenemos que decir “no a una economía de la exclusión y la inequidad”. Esa economía mata...” (53). Sin embargo, no pretendo entrar a fondo en esa cuestión en este breve ensayo.
  2. “Hacer de la necesidad, virtud” es una frase que me ha llamado siempre la atención… Y que también merecería un ensayo aparte.
  3. Aquí es preciso recordar todo el conocido argumento de Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo.
  4. “Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre” (LG 11).
  5. Los más conocidos podrían ser Stefano Zamagni, Octavio Groppa, Carlos Hoevel, etc. (Por una economía del bien común, 2012).
  6. Sobre todo, en el ámbito anglosajón encontramos iniciativas como The Economy of gifts.

Foto: Aciprensa