¿Los ricos nos hacen pobres?

Por Mario Alberto Molina, O.A.R. Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán 

La parábola de «El hombre rico y Lázaro pobre» destaca, desde su título, ya tres rasgos principales. En primer lugar, que los protagonistas son realmente esos dos personajes; se trata de su vida presente y su final en la otra vida. Abraham tiene una intervención importante, pues es quien interpreta los hechos y determina qué es posible y qué no según la voluntad de Dios. Abraham representa en cierto modo la voz y el lugar de Dios. Pero esta parábola no versa sobre Dios o su reino, como muchas otras de los evangelios, sino sobre la responsabilidad del hombre rico. En segundo lugar, el título ya destaca que solo el pobre tiene nombre. Lázaro será un personaje que carece de todo, menos de un nombre, de una identidad. En cambio, el rico sin nombre tiene de todo, pero su avaricia, su egoísmo, su obsesión con el dinero le ha robado su identidad. El personaje se disuelve en su riqueza. En tercer lugar, el punto de contraste entre los dos protagonistas es la riqueza de uno y la pobreza del otro. Esto hay que destacarlo, pues antiguamente la parábola llevaba el nombre de «El rico epulón y el pobre Lázaro». La rarísima palabra «epulón» significa «glotón, comelón». El antiguo título destacaba que el rico desplegaba su riqueza en los abundantes y frecuentes banquetes, y por eso mismo humillaba al pobre Lázaro, al que no le daban ni las migajas que caían de la mesa. Pero la frase central del discurso de Abraham destaca más bien la riqueza de uno y la pobreza del otro: Hijo, recuerda que en tu vida recibiste bienes y Lázaro, en cambio, males. Los males de Lázaro fueron su pobreza, sus llagas y enfermedades, su indigencia total; los bienes del rico, su abundancia de comida, bienestar y alegría. 

El drama real de la historia tiene lugar después de la muerte de ambos. Y la dificultad para entender la historia se ubica en este punto de la historia. Al morir ambos se revierten sus condiciones de vida: Murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Murió también el rico y lo enterraron. Estaba este en el lugar de castigo, en medio de tormentos. Pareciera que la justicia de Dios consiste en revertir en el más allá las condiciones de vida del más acá. Pero en el resto del Nuevo Testamento las cosas no son así, sino que el logro o fracaso de la vida se debe a la fe en Cristo y a la calidad moral de la conducta de cada persona. No podemos tomar este texto, contra todo el resto del Nuevo Testamento, para afirmar que la otra vida consiste en la reversión de condiciones con relación a la presente vida, de modo que los que son ricos aquí serán desgraciados allá y los pobres aquí serán bienaventurados allá. Cuando el rico, entabla el diálogo, a la distancia, con Abraham, hacia el final de la conversación piensa en sus hermanos que siguen vivos en la tierra y en la posibilidad de evitar que acaben en el mismo lugar de castigo que él. Sugiere que Lázaro vaya a advertirlos para que no acaben en el mismo lugar que él. Pero ¿en qué consistiría la advertencia que Lázaro les daría? Abraham señala que lo que Lázaro les diría ya está escrito en la Ley y los profetas. Moisés y los profetas enseñan cómo hay que vivir para agradar a Dios. Es decir, en el fondo se trata de conducta. Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen. El problema del rico no fue directamente su riqueza, sino su modo egoísta e insensible de administrarla. De haber tenido misericordia con Lázaro y otros como él, de haber administrado su riqueza para favorecer a los que carecen de ella, el rico no habría acabado en el lugar del castigo. 

¿Y Lázaro? ¿Acabó él en el seno de Abraham solo por ser pobre? ¿Qué hizo de bueno Lázaro para hacerse idóneo para estar con Abraham? Lázaro representa la reivindicación de la justicia divina. Aunque llevó en la tierra una existencia marginal y precaria, sufrida e indigente, tuvo un nombre, y si bien no pudo entrar en la casa del rico aquí en la tierra, pudo entrar siempre en la casa de Dios. Lázaro muestra que la dignidad ante Dios no se valora según los criterios de este mundo. 

A diferencia de las parábolas de Jesús que nos hablan por lo general de cómo es Dios, con este cuento Jesús quiere amonestar acerca de un pecado humano concreto: la indiferencia ante el sufrimiento ajeno, especialmente cuando nos va bien y tenemos resueltas nuestras propias necesidades. Por lo menos en esta línea se mueve la lectura del profeta Amós que ha sido elegida para acompañar este evangelio: ¡Ay de ustedes! Se atiborran de vino, se ponen los perfumes más costosos, pero no se preocupan por las desgracias de sus hermanos. La pretensión de vivir desconectados del mundo, satisfechos del propio bienestar y despreocupados de las carencias, necesidades y aflicciones del prójimo es la raíz del egoísmo y la falta de solidaridad. La respuesta que demos a las necesidades ajenas será muy distinta según nuestra propia situación personal, la capacidad de incidencia que tengamos, los recursos de que dispongamos. Lo que Jesús censura es la indiferencia frente al necesitado. 

Podemos hacerlo a nivel de las relaciones personales; podemos también hacerlo en el ámbito de las políticas económicas. Pero la preocupación política por mitigar o disminuir la pobreza debe hacerse con responsabilidad y sentido crítico. Las soluciones ingenuas o ideologizadas han causado más pobreza que la que pretendían aliviar. Propuestas bien intencionadas, pero mal planteadas, causan más daño que bien. Por ejemplo, suele repetirse que la causa de que haya pobres es que hay ricos, por lo que para que deje de haber pobres hay que acabar con los ricos. Eso es falso y actuar según ese pensamiento causa más daño que beneficio. Reivindicaciones y resentimientos son móviles perversos para implementar políticas sociales que pretendan sacar a los pobres de la pobreza. No se puede pretender alcanzar una sociedad justa suprimiendo la libertad, atropellando la dignidad y confiscando los bienes de las personas. Pero también la corrupción, la gestión delictiva del poder polí- tico y la impunidad igualmente conducen a la creación de sociedades sin oportunidades, excluyentes y generadoras de pobres. La peor indiferencia es la que tiene en la boca la causa de los pobres, pero realiza y promueve acciones que acaban generando más pobreza y exclusión. Hay que actuar con responsabilidad. Dios nos pedirá cuentas, dice Jesús.