Por Moris Polanco | [email protected] 

La tarde del 12 de julio de 2019 asistí al diálogo entre Gloria Álvarez y Carroll Rios de Rodríguez, en el contexto de la Feria Nacional del Libro, en la ciudad de Guatemala. Debo decir que más que un diálogo me pareció que se trataba de promocionar el libro de Álvarez ¿Cómo hablar con un conservador?, que es un best seller en varios países iberoamericanos (mercatus dixit). Yo, que no sigo ni escucho ni veo a la señorita Álvarez, fui por amistad con Carroll, la verdad sea dicha. Además, pensaba que nada mejor que un diálogo entre la autora del libro y una intelectual liberal y conservadora para aprender cómo se dialoga con una conservadora.

Tratando de aplicar el principio que manda buscar la mejor interpretación posible de un argumento, pienso que la tesis de Álvarez consiste en lo siguiente: dado que, hoy por hoy, la batalla cultural la están ganando los intelectuales de izquierda, que se roban el corazón de los jóvenes con sus ideales de libertad (sexual y reproductiva, de género, indigenista y ambientalista), ofrezcámosles lo mismo, pero no brindado por el Estado, sino por el mercado. Es decir, aclarémosle a esta juventud que los liberales estamos a favor de la legalización de las drogas, del aborto, del matrimonio homosexual, de los derechos de las minorías, del medio ambiente, etc., pero mostrémosle que la mejor manera de llevar a cabo esos ideales es el libre mercado, y así los ganamos para nuestra causa. ¿Y cuál es nuestra causa? (Es decir, la de todo liberal). Según Álvarez, se reduce a tres principios: defensa a ultranza de la vida y la dignidad de las personas, de su propiedad y de su libertad. Toda vez que una persona no dañe la integridad física de sus semejantes, puede hacer con su vida lo que quiera. Y aquí es donde la señorita Álvarez piensa que los conservadores le prestan un flaco servicio al liberalismo: porque estos no están dispuestos a dejar que otros tengan una moral distinta a la suya. Nunca —afirma ella— un conservador aprobará el aborto, la legalización de las drogas o el matrimonio gay. Ellos, en suma, no respetan la libertad de sus congéneres. Ergo, no son liberales.

La argumentación de Álvarez parte del supuesto de que no compartir la misma moral implica no respetar a quien no comparte mis valores. Pero —como he dicho en otras ocasiones— yo puedo creer que yo tengo una visión correcta del universo (así sea en astrofísica) y mi compañero no, pero no por ello le voy a dar una trompada. Es decir, estar convencido de la verdad de mis creencias y de la verdad del principio de no contradicción, según el cual si yo estoy en lo cierto sobre algo quien dice lo contrario no puede estar en lo cierto, no tiene por qué implicar intolerancia. Que históricamente algunos liberales conservadores se han valido del poder político para imponer sus ideas es un hecho incontrovertible, pero también podemos afirmar que el abuso del poder es incorrecto.

También supone Álvarez que los libertarios no imponen sus ideas. Pero en su discurso, ella dijo que «quisiera llegar al poder no por el poder mismo, sino para poder tener el poder (sic) de impulsar (sic) sus ideas». Es decir, si ella llega a ser presidente tendría que tolerar a los que no son libertarios, y tolerar incluso a los que no son tolerantes con los libertarios… siempre y cuando —claro está— respeten la integridad física de las demás personas. 

A lo que todo esto se reduce es a lo siguiente: Gloria Álvarez está suponiendo que todos los conservadores son intolerantes, y que todos los libertarios son tolerantes. Y como la esencia del liberalismo, para ella, es el respeto a la libertad de las personas, resulta que los conservadores no son ni pueden ser buenos liberales. 

Pero más allá del análisis lógico, me queda una impresión desagradable: la falta de norte. Lo que en otros lugares he denunciado como lo que considero que es la peor enfermedad del liberalismo actual: la desconexión de la libertad con la verdad. O bien, el poner la libertad, y no el bien y la verdad, como el fin supremo. ¿No se estará pagando un precio demasiado alto por defender una libertad vacía y sin norte? 

Es decir: yo quiero ser libre porque quiero ser bueno. No quiero ser libre para hacer «lo que me dé la gana». Yo quiero que me dé la gana hacer el bien (en eso consiste, ni más ni menos, la virtud). Y no me molesta que mis conservadores padres me digan en qué consiste el bien que debo hacer. Cuando yo advierto a un semejante que se dirige a un precipicio —que quizá le oculta la niebla— no le estoy restando libertad: le estoy ayudando a ser libre, porque le estoy informando de lo que él seguramente quería evitar. Y si no le advirtiera, estaría cometiendo una falta; podría incluso ser encontrado culpable (al menos en el plano moral) por omisión. Pero Gloria está dispuesta a ofrecer a los jóvenes cosas que ella no desearía para sí misma (afirmó, por ejemplo, que ella nunca abortaría) con tal de salvar las libertades; con tal de ganarle la batalla a los de izquierda les ofrece lo mismo: la legalización de la prostitución, de las drogas, del matrimonio gay… Entonces, queremos ser libres sí, pero ¿a qué precio? 

El gran pensador liberal John Stuart Mill confesó que «no me entusiasma el ideal de vida que nos presentan aquellos que creen que el estado normal del hombre es luchar sin fin para salir de apuros, que esa refriega en la que todos pisan, se dan codazos y se aplastan, típica de la sociedad actual, sea el destino más deseable de la humanidad». Y también es famoso por haber escrito —¿lo recuerda?— que «más vale ser un Sócrates insatisfecho que un cerdo satisfecho».

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