Laudato Si: Producción circular para contrarrestar la cultura del descarte (IV)

Por Carroll Ríos de Rodríguez | [email protected]

El punto 22 de la encíclica del Papa Francisco, Laudato Si, contiene un concepto llamativo:

“Nos cuesta reconocer que el funcionamiento de los ecosistemas naturales es ejemplar: las plantas sintetizan nutrientes que alimentan a los herbívoros; estos a su vez alimentan a los seres carnívoros, que proporcionan importantes cantidades de residuos orgánicos, los cuales dan lugar a una nueva generación de vegetales. En cambio, el sistema industrial, al final del ciclo de producción y de consumo, no ha desarrollado la capacidad de absorber y reutilizar residuos y desechos. Todavía no se ha logrado adoptar un modelo circular de producción que asegure recursos para todos y para las generaciones futuras, y maximizar la eficiencia del aprovechamiento, reutilizar y reciclar. Abordar esta cuestión sería un modo de contrarrestar la cultura del descarte que termina afectando al planeta entero, pero observamos que los avances en este sentido son todavía muy escasos.”

La Creación de Dios es asombrosa: bella, dinámica, sistémica, compleja, ordenada y eficiente. Nos admiran el ciclo de la vida de cualquier especie animal, el ciclo del agua y los demás ciclos naturales, aún y cuando nos estremece ver cómo una barracuda se devora a un pececito colorido.

En cambio, la palabra “industria” evoca en nuestras mentes grandes y feas plantas de concreto gris con chimeneas largas que expelen humos tóxicos. Las vemos tomando hermosos recursos naturales y aguas cristalinas de idílicos ríos, devolviendo al entorno suciedad, químicos y desechos no biodegradables. Los indiferentes productores dejan un rastro obscuro al evadir el costo de limpiar lo contaminado. Por influjo de Carlos Marx, también asociamos industria con la explotación del obrero, cuyo bienestar es sacrificado al dios de la ganancia, la avaricia o el consumo. El abogado y autor estadounidense, Brink Lindsey, opina que luego de que se popularizaron las ideas marxistas, “muchas de las mentes más brillantes confundieron el motor que eventualmente liberaría a las masas—el sistema de mercado competitivo—con un mecanismo que facilitaba la dominación y la opresión.”1

La palabra industria no debería repelernos; se refiere a la actividad, la diligencia, el celo y el esfuerzo. Tiene que ver con construir, edificar, hacer, transformar y fabricar sistemáticamente.2 Trabajar para cosechar frutos abundantes mediante un esfuerzo constante y la oración es, después, de todo, una virtud cristiana: la laboriosidad. Y la laboriosidad no es la única virtud requerida para relacionarse con los demás en la sociedad libre.

De hecho, las industrias son parte de un gran ecosistema económico que refleja la naturaleza descrita por el Papa Francisco. Puede ser más ilustrativo comparar la cooperación social con una red o tela de araña que con un círculo o una recta linear. Así la comprendió el economista alemán, católico, Wilhelm Röpke. Con entusiasmo desbordante, describe lo que nombró “anarquía ordenada”3:

“A pesar del poder de la imaginación humana, ésta sólo puede dibujar pobremente la vida económica de nuestra época, en toda su variedad y complejidad.  Si en este momento tuviéramos el don de la omnipresencia, contemplaríamos un inimaginable número de actividades, mutuamente interactuando y determinándose unas a otras.  Veríamos la manufactura de miles de diferentes productos en millones de fábricas; personas sembrando en una parte, otras cosechando en otro lugar; miles de barcos y trenes llevando cargamentos de fantástica variedad a las cuatro esquinas del mundo…”

Röpke aclara que el proceso de mercado no emana de un diseño maestro. A diferencia de nuestro Dios Creador, ninguna persona, ni siquiera un entendido filósofo rey o una élite poderosa, poseen los conocimientos necesarios de circunstancia y lugar para tomar decisiones acertadas en cada momento. Además, el mercado genera información cambiante, pues es dinámico. Está vivo. El ecosistema económico coexiste con, y se nutre de, las organizaciones planificadas en su seno.   Son órdenes planificados, guiados por objetivos explícitos, la familia, el negocio o la empresa, el ejército y la Iglesia.

La calidad de las vidas de los consumidores mejora gracias a los productos que nos surten las industrias y los comercios, desde el detergente y las ollas, hasta las bicicletas y automóviles, e incluso los artículos religiosos que estimulan nuestra vida de piedad. Últimamente, sin embargo, quisiéramos que, por obra de magia, todo ello fuese posible sin generar una “huella ambiental”.

¿Podemos ser laboriosos, y crear industria, al tiempo que reducimos el desperdicio? ¿Qué tanto daño causamos los seres humanos productivos? Una búsqueda en Google de “estadísticas de desperdicio industrial” encontró 150 millones de entradas en inglés y 567,000 resultados en español. Eso señala la relevancia del tema al nivel global. El desperdicio industrial es mayor en países cuyas economías crecen más rápido. Economías como la rusa y la china, ambas socialistas y planificadas centralmente, son conocidas por contaminar más que las economías más abiertas del mundo desarrollado. Los desechos industriales constituyen la mitad de toda la basura que generamos al año. Casi el 40% de los desechos industriales van a dar a rellenos sanitarios.4

Los economistas consideran que si los miles de actores económicos son libres de tomar decisiones responsables, el ecosistema dinámico se encargará de dirigir sus esfuerzos hacia el aprovechamiento cada vez más óptimo de los recursos escasos a nuestra disposición. Ello incluye el manejo de los desechos industriales: en la medida en que posean un valor económico, habrá inversionistas que busquen reutilizarlos o transformarlos. Hoy día vemos chaquetas impermeables, paneles para edificios y hasta pisos hechos de plástico reciclado. Es sensato recordar que toda iniciativa de recuperación de desechos y reciclaje vale la pena cuando el costo marginal de emprender tal actividad sea inferior al beneficio marginal. Durante décadas, diversos gobiernos han ensayando políticas públicas de reciclaje e industrias “verdes”; con frecuencia los costos superan los beneficios y las buenas intenciones no procuran los resultados deseados.

Lawrence Reed, un economista estadounidense, explica porqué está en contra de las bien intencionadas exhortaciones a que utilicemos menos papel. Si las pequeñas unidades familiares reducen su consumo de papel, se sembrarán menos árboles y disminuirá el área boscosa. La razón es que la mayoría de árboles se siembran con fines económicos, y el negocio sufrirá si merma la demanda de productos madereros. Contrario a nuestros temores, el área boscosa de Estados Unidos es la misma que hace 75 años, 600 millones de acres. Inversionistas privados re-siembran casi 3 millones de acres de árboles al año.5

Reed es de la opinión que los innovadores empresarios podrían desempeñar un mejor trabajo que las autoridades gubernamentales (y lo hacen, cuando la regulación así lo permite) al manejar desechos sólidos, administrar rellenos sanitarios, o reducir la cantidad de plástico necesaria para envasar alimentos. En Guatemala, los “guajeros” que viven en el Basurero Municipal de la zona 3, recuperan desechos reciclables con una eficiencia envidiable, sin dirección jerárquica gubernamental y sin requerir una tajada millonaria de los impuestos que ingresan al fisco, tal y como es el caso en países como Alemania. El trabajo del “guajero” es duro, a veces peligroso, y poco valorado.  Agencias de caridad cristianas atienden a las familias de los guajeros, ayudando a cubrir sus necesidades de salud, alimentación, vivienda y educación. Pero su existencia demuestra que las personas están dispuestas a reciclar cuando detectan oportunidades reales.
El Papa Francisco llama a todos los hogares formados por personas de buena voluntad a aprovechar con prudencia y desprendimiento sobrenatural los bienes materiales a su disposición, ajustando sus patrones de consumo a sus billeteras y sus conciencias. Sin embargo, para optimizar los recursos escasos y evitar el desperdicio innecesario, también debemos clausurar los proyectos estatales fracasados. Debemos confiar en la maravillosa tela de araña de la cooperación social y estimular la innovación particular, pues de millares de interacciones voluntarias surgirán soluciones que ni siquiera imaginamos ahora.


Monterrico, Guatemala | Foto: Jorge Jacobs