Laudato Si: La contaminación (III)

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Por Carroll Ríos de Rodríguez | [email protected]

La encíclica del Papa Francisco manifiesta preocupación por la contaminación ambiental. Al respecto, el texto elabora sobre tres observaciones:

La contaminación afecta adversamente a las personas.
Las personas producimos basura en exceso.
Vivimos inmersos en una cultura del descarte o del desperdicio.

La denuncia en Laudato Si trae a la memoria las imágenes de un futuro planeta Tierra inhabitable porque está infestado de basura, popularizadas por la película Wall-E, de Disney, lanzada en el 2008.

También evoca visiones de casos reales, como por ejemplo el contaminado Lago Baikal, en Siberia, Rusia. El lago de agua dulce más profundo, grande y antiguo en el mundo, Baikal fue abusado por décadas durante la era de la Unión Soviética. Fábricas, molinos de pulpa y desagües vertieron en él millones de galones de desechos sin tratar.1 Al día de hoy, Baikalsk (BPPM), una fábrica de pulpa y papel en la cuenca sur, es señalada de generar 50,000 metros cúbicos de agua contaminada al año, y por ello se discute su cierre definitivo.2 Por si fuera poco, en el pasado la tala de árboles en las laderas del Baikal fue tal, que se levantaban tormentas de polvo. Desechos alcalinizados contaminaron también el aire.

Ante situaciones como las descritas, cabe preguntar: ¿cuánta basura debería producir una persona virtuosa y ecológicamente responsable? O, en términos colectivos, ¿cuál es el nivel óptimo de contaminación a la cual deben apuntar las sociedades modernas?

La meta de cero contaminación es tanto imposible como indeseable porque requiere la exterminación de la raza humana de la faz de la Tierra, y aún después de que nuestra partida, persistiría el “daño” ecológico producido por los animales y las plantas. Quienes proponen este extremo suelen no haber llevado el argumento a sus lógicas consecuencias. En tanto, unos pocos ambicionan el ideal pese a reconocer su catastrófico desenlace. Por ejemplo, los miembros del Movimiento para la Extinción Voluntaria de los Humanos (VHEMT) se comprometen a no reproducirse. Buscan la despoblación del mundo por considerar que el hombre es un parásito amoral y voraz que daña la “salud” ecológica del planeta.3 Tal radicalidad, sin embargo, choca con las enseñanzas de la Iglesia Católica y al mandato bíblico contenido en Génesis 9:7: “En cuanto a vosotros, sed fecundos y multiplicaos; poblad en abundancia la tierra y multiplicaos en ella.”

Expresado en términos económicos, el nivel deseable de contaminación es aquel que minimiza los costos.4 No vale la pena combatir la polución cuando los beneficios que se obtienen de invertir en actividades adicionales de limpieza son bajos. Lamentablemente, no sabemos exactamente cual es la cantidad óptima de contaminación, en parte porque cada persona asigna un valor distinto (subjetivo) al ambiente limpio (entendiendo el término subjetivo en un sentido estrictamente económico, y no filosófico o teológico), y en parte porque el parámetro teórico no es fácil de cuantificar en la práctica.

Ciertas actividades generan externalidades detectables que imponen costos a muchas personas, además de a quienes decidieron producir el bien en cuestión. El ejemplo clásico es el automóvil que emite humo negro: el dueño del vehículo estima unos costos de circular por las calles que no incluyen el costo que el humo negro impuesto a los peatones. Al no tomar en cuenta todos los daños provocados por su acción, el productor obra como un gorrón. Si tuviera que internalizar los costos completos de su actividad, ajustaría su elección de contaminar a la baja. Una fábrica que puede descargar aguas sucias en un río comunal, sin pagar, no calcula los costos totales de su actividad y produce aguas sucias en exceso de la cantidad óptima o “de mercado”. Al eximir al productor de desechos de los costos reales de disponer de su basura, por ejemplo con servicios subsidiados de extracción y manejo de los desechos sólidos, también incentivamos una especie de gorronería que invita a las personas a producir “demasiada” basura.

Tanto la subproducción de actividades “deseables”, como la sobreproducción de actos “indeseables”, en lo que concierne a la contaminación ambiental, están íntimamente vinculadas al régimen de derechos de propiedad. Tal fue el discernimiento, en distintas épocas históricas, de Aristóteles, el biólogo Garrett Hardin y el economista Ronald Coase, galardonado con el Premio Nobel en 1991, entre otros. Reciben un mejor cuidado en el largo plazo los recursos tenidos en propiedad que los recursos de acceso abierto. Lo que es de todos, es de nadie, dice el refrán. Muchos casos de contaminación grave se producen en lagos, ríos, bosques y campos que pertenecen a una comunidad o, en su nombre, al gobierno. Fue un régimen totalitario y socialista, que aborrecía la propiedad privada, el que primero abusó del lago Baikal. Y es que bajo ciertos conjuntos de reglas, nadie se responsabiliza por el manejo sostenible del bien; los costos de nuestros actos dañinos se reparten entre todos. Incluso las autoridades municipales enfrentan el incentivo de tirar las aguas negras en ríos, lagos y océanos comunales porque hacerlo les sale prácticamente gratis. No hay quien reclame, ni quien encause las múltiples acciones hacia un uso sostenible, aún y cuando el daño sea lamentado por los usuarios. Además, la tragedia de lo comunal provoca conflictos sociales o impide su solución, porque los actores no saben quién tiene derecho a qué y por ende son incapaces de llegar a un acuerdo mutuo.

Por las razones aducidas, acusar a una persona de contaminar en exceso o generar demasiada basura será, en casi todos los casos, un juicio temerario e inexacto. Eso no quiere decir, sin embargo, que los cristianos debamos ignorar las directrices de nuestra consciencia y abusar de nuestro entorno. El Papa Benedicto XVI, al igual que el Papa Francisco, hablan del planeta como nuestra Casa Común. Dios entregó la Tierra a toda la humanidad para todos los tiempos; los cristianos somos y nos sentimos guardianes. De cara a Dios, jamás somos déspotas autoritarios, ni destructores voraces, en nuestra relación con la naturaleza, dado que rendimos cuentas de nuestros actos al Creador. Para cumplir con el rol de guardián a cabalidad, y para minimizar las externalidades negativas, conviene enarbolar y hacer valer el derecho a la propiedad privada. Se ha demostrado históricamente que el aprovechamiento prudente de los bienes materiales es facilitado por la tenencia privada de los mismos. “Muchos ambientalistas deploran el derecho a la propiedad privada. En contraste, la propiedad es defendida en la tradición católica, no sólo como un derecho fundamental en virtud del trabajo del hombre, sino como un medio a través del cual Dios quiere que desarrollemos la tierra para beneficio de todas las personas.”5

El Papa Francisco invita a las personas de buena voluntad a evitar el desperdicio para vivir conforme a la virtud de la pobreza. Los bienes materiales a nuestra disposición no son inherentemente malos, porque la creación entera es buena y querida por Dios. Las cosechas, las vajillas y las licuadoras son herramientas que mejoran la calidad de nuestras vidas e incluso nos acercan a Dios, siempre y cuando prioricemos la vida interior y nos ejercitemos en la moderación y el desprendimiento.

Cuando dos personas contraen matrimonio sacramental en la Iglesia Católica, el sacerdote pide a Dios que bendiga la unión con “la abundancia de Tus bienes”. Las arras que intercambian los novios son signo de los bienes que compartirán, y públicamente la mujer y el hombre se prometen aprovechar de la mejor forma estos bienes. No se nos indica concretamente cómo lograrlo. En su deseo de no desperdiciar ni una sobra alimenticia, por ejemplo, una mujer podría llegar a emplear tantos envoltorios de papel de aluminio que su ahorro sería un falso ahorro. Nuestras circunstancias particulares determinan las maneras más convenientes de evitar el desperdicio. Algunos elegirán reducir su consumo de agua, otros cuidarán con esmero los muebles de su hogar, otros heredarán prendas de vestir a hermanos menores, y otros reusarán envases y papeles. No existe, ni puede existir, ni el Papa Francisco pretende dictar, una receta única.

Eso sí, la cultura del descarte es objetivamente pecaminosa cuando desvaloriza la vida. Nunca es lícito desechar un feto por considerar que el bebé es “inoportuno” o colaborar en la muerte prematura de un anciano que “estorba”.

En conclusión, los avances en la economía institucional, Public Choice y otras ramas de la ciencia económica pueden ser útiles a los lectores de Laudato Si para identificar tanto las causas de la contaminación y la producción de basura, como para elaborar soluciones eficaces en el cuidado de los recursos ambientales en el largo plazo. En gran parte, sin embargo, las exhortaciones del Papa Francisco se dirigen a las familias y a sus integrantes en lo individual, porque sobre su cabeza y su conciencia descansan la responsabilidad y las consecuencias de sus actos libres.


Bibliografía y referencias

1 Ver el artículo publicado en el 1992, “Why Socialism causes Pollution” en la revista del Foundation for Economic Education (FEE), http://fee.org/articles/why-socialism-causes-pollution/

2 Ver: http://www.agua.org.mx/h2o/index.php?option=com_content&view=article&id=240:-hechos-y-cifras-sobre-el-lago-baikal&catid=1307:lagos&Itemid=300060

3 Ver el sitio http://www.vhemt.org

4 Ver por ejemplo los capítulos alusivos en el texto de economía por Paul Heyne, The Economic Way of Thinking, ahora a cargo de Peter Boettke, ya en su treceava edición.

5 Padre J. Michael Beers y demás autores, “La Iglesia Católica y la Guardianía de la Creación”, Environmental Stewardship in the Judeo-Christian Tradition, Acton Institute, 2008, página 59 (Traducción propia)

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