Por Carroll Ríos de Rodríguez
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El tema de la biodiversidad es abordado en el apartado III de Laudato Si. Por biodiversidad entendemos la gran variedad de la vida en el planeta: los genes, las especies y los ecosistemas. Los alimentos, las medicinas y otros productos derivan de organismos vivos. Advierte el Papa Francisco que, por nuestra culpa, “cada año desaparecen miles de especies vegetales y animales que ya no podremos conocer, que nuestros hijos ya no podrán ver, perdidas para siempre.” (33)

En el punto 34, el papa agrega que la actividad humana se hace “omnipresente”; provocamos “constantes desastres” en nuestra interacción con la naturaleza. Causamos daños no intencionados incluso cuando intentamos enmendar un problema. Acertadamente, la encíclica recomienda dimensionar las consecuencias intencionadas y no intencionadas de nuestros actos presentes y en el largo plazo, y valorar la naturaleza en todas sus manifestaciones.

La encíclica no aporta cifras, quizás porque los científicos no saben a ciencia cierta cuántas especies pueblan la Tierra. En el 2010 se completó una lista1 que contiene más de un millón de plantas, de las cuales solamente un tercio, aproximadamente, portan nombres latinos aceptados. Otro estimado estadístico generado por el Censo de Vida Marina y publicado en PLoS Biology (2011), calcula que existen 7.77 millones de animales, 298 mil especies de plantas, 61 mil hongos, 36,400 protozoos y 27,500 especies de chromistas o cromistas (como la Dinoflagellata que provoca mareas rojas).2 Faltan por descubrir y documentar millones de especies: aproximadamente 10 mil especies animales son descubiertas anualmente.3

La Unión Internacional para la Conservación Natural (IUCN)4, una ONG que presume haber iniciado el análisis de la biodiversidad hace 50 años, elabora una lista roja de los animales y las plantas en riesgo.5 En el 2012, actualizó su lista con ocasión de la Cumbre de la Tierra Rio+20: agregaron 2,000 especies a la lista roja, 4 especies fueron declaradas extintas, y 2 fueron redescubiertas. Emplean nueve distintas categorías: especies no catalogadas, datos deficientes, baja preocupación, casi amenazada, vulnerable, en peligro, en peligro crítico, extinta en entornos salvajes, y extinta.

Un caso emblemático es el pez celacanto, el cual había sido declarado extinto desde la época de los dinosaurios, hace 65 millones de años, hasta que Marjorie Courtenay-Latimer, la curadora de un museo sudafricano, lo redescubrió entre los pescados capturados por un pescador local, en 1938. Este “fósil viviente”6 es singular por lo que nos enseña sobre los peces prehistóricos, pero también porque evidencia que nos podemos equivocar. Podemos declarar extinta una especie que realmente no lo está.

La viruela presenta otro caso importante. En 1980, la vacunación deliberadamente exterminó a la viruela en su estado salvaje, aunque los gobiernos de Estados Unidos y Rusia conservaron algunas muestras.7 Dado que la enfermedad mató a cientos de millones de personas durante el siglo XX, ésta particular extinción debe verse como una conquista y no una manifestación de la propensión destructiva del hombre.

Si no sabemos exactamente cuántas especies hay, ¿cómo dimensionamos con realismo el impacto de la actividad humana en los demás organismos vivos que habitan el planeta? Aunque los ambientalistas admiten que es la pregunta del millón, se animan a lanzar cifras alarmantes que van desde cientos de especies por hora, a 10,000 especies por año, o más. Fred Pearce, un reportero británico de New Scientist, subraya que “los estudios recientes que citan tasas de extinción son extremadamente nebulosos y varían salvajemente.”8 La variabilidad se debe a que las aproximaciones son generadas por modelos computarizados y no evidencia dura. Los estimados de la IUCN podrían errar del lado conservador por sus exigentes parámetros para declarar la extinción de una especie. Por el otro lado, los ecólogos convencidos de que atravesamos la sexta gran extinción, están dispuestos a inflar los números.

¿Qué soluciones propugna la encíclica? Si asignáramos un valor más alto a la belleza natural, sugiere el pontífice, emprenderíamos y consumiríamos menos. “[M]irando el mundo advertimos que este nivel de intervención humana, frecuentemente al servicio de las finanzas y del consumismo, hace que la tierra en que vivimos en realidad se vuelva menos rica y bella, cada vez más limitada y gris, mientras al mismo tiempo el desarrollo de la tecnología y de las ofertas de consumo sigue avanzando sin límite. De este modo, parece que pretendiéramos sustituir una belleza irreemplazable e irrecuperable, por otra creada por nosotros.” (34)

¿Cómo modificar los incentivos que imperan sobre las personas, para que valoren más la biodiversidad? ¿Y si ponemos a trabajar a los mercados para proteger la biodiversidad?  Es una solución cada vez más aceptada entre los grupos conservacionistas internacionales, escribe R. David Simpson, quien durante doce años fue investigador asociado con la organización Recursos para el Futuro, basada en Washington, D.C., y funge como profesor universitario en Londres. En su artículo académico “Conservando la biodiversidad a través de los mercados: un mejor enfoque”,9 Simpson concluye:

“Existe un consenso generalizado que las estrategias utilizadas hasta ahora para resolver el problema [de la pérdida de biodiversidad] han sido en el mejor de los casos inadecuadas y en el peor de los casos contraproducentes. Gran parte del financiamiento para los esfuerzos internacionales que buscan conservar la biodiversidad ha sido suministrado por agencias de desarrollo y canalizado a través de proyectos integrados de conservación y desarrollo. Estos esfuerzos proveen incentivos indirectos para la conservación cuya efectividad es demostrablemente menor, en comparación con incentivos directos en la forma de pagos por la conservación de ecosistemas.”10

Es como si hiciera falta un mercado para la conservación, explica Simpson, un verdadero mercado que ayude a conservar los hábitats naturales. La conservación es costosa, pero los esfuerzos indirectos ensayados hasta ahora también son caros, quizás hasta más caros. En otras palabras, los inversionistas podrían comprar la tierra para conservarla y no para desarrollar un proyecto de cualquier otra índole. Un ejemplo a emular en este sentido es Rosalie Edge, una conservacionista neoyorquina. En plena Gran Depresión, compró una extensión de 1,400 acres en Pensilvania para proteger a halcones y aves de rapiña. El Santuario Montaña de Halcones se constituyó gracias al ornitólogo Richard Pough, quien tomó fotografías documentando la matanza de dichas aves de rapiña por parte de los granjeros de la región. Los pájaros representaban una amenaza a sus animales domésticos. Además, los granjeros cazaban por diversión y para cobrar una recompensa de US$ 5 dólares por pieza que ofrecía el gobierno. En cuestión de un año, Edge logró parar la cacería; el parque privado aún existe.11

Como manifiesta el Papa Francisco, la Creación Divina es bella. No somos dioses. Por maravillosa y colorida que sea, la creación humana palidece en comparación con la obra divina. Tenemos que poner a trabajar nuestro ingenio y nuestras mejores instituciones para conservar la Tierra que Dios nos usufructuó.

 


Foto por Carlos Eduardo Miralbes publicada en Perhaps you need a little Guatemala.
Fuente: https://goo.gl/Vbuq9M

1  Lista en proceso de todas las especies de plantas: http://www.theplantlist.org

2  http://news.discovery.com/earth/plants/874-million-species-on-earth-110823.htm

3  http://www.factmonster.com/ipka/A0934288.html

4  http://www.iucn.org/about/

5  Endangered Species International: http://www.endangeredspeciesinternational.org/overview1.html

6  Ver el sitio de National Geographic para más información: http://nationalgeographic.es/animales/peces/celacanto

7  “La Mayoría de la gente cree viruela no una enfermedad extinta”, Medical News, 31 de marzo del 2008: http://www.news-medical.net/news/2008/03/31/10/Spanish.aspx

8  Fred Pearce, “Global extinction rates: why do estimates vary so wildly?”, Yale Environment 360, 17 de agosto del 2015: http://e360.yale.edu/feature/global_extinction_rates_why_do_estimates_vary_so_wildly/2904/

9  R. David Simpson, “Conserving biodiversity through markets: a better approach”, publicado por PERC en su Policy Series en julio del 2004. (Esta edición especial es dedicada a Julian Simon.) http://www.perc.org/sites/default/files/ps32.pdf

10   Simpson, Ibid., página 21

11  http://www.hawkmountain.org/who-we-are/history/page.aspx?id=387

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