Las bondades del utilitarismo

Por Moris Polanco | [email protected] 

El utilitarismo es la doctrina ética que sostiene que el criterio de actuación moral debe ser buscar en todo el mayor beneficio para el mayor número (de personas); por beneficio –aclaremos– entienden los utilitaristas el bienestar material. Desde ese punto de vista tiene sentido la pregunta retórica de los economistas: «¿quién ha hecho un mayor bien a la humanidad: Bill Gates o la madre Teresa de Calcuta?». Aparte de que nadie conoce en su totalidad las consecuencias de sus acciones, un cristiano debe -creo yo- tener una concepción más amplia del bien.

En efecto, si el bien fuera equivalente al bienestar material, 1) habría que deshacerse de los ancianos que dan lata todo el día; 2) no debería traerse hijos al mundo; si acaso, uno o dos; pero parece cierto que las sociedades más prósperas limitan la descendencia; 3) sería necesario fomentar la educación técnica y científica, pues estas tienen como finalidad la mejora de las condiciones materiales de la existencia; 4) la religión se admitiría como una forma primitiva de buscar consuelo y de interacción social, salvo que las iglesias y sus pastores se dediquen a atender a los pobres y desvalidos, u otros incisos por el estilo.

Pero un cristiano se resiste a equipar bien humano, auténtico, con comodidad; con techo, comida y vestido…No niega que algunos bienes materiales sean indispensables para la vida; y si bien es cierto que el dinero no compra la felicidad auténtica, si contribuye en algún grado a ella. Entonces, ¿por qué nos ofende la comparación entre Gates y la santa de Calcuta? Posiblemente porque la caridad auténtica está más en la intención que en los resultados. ¿No fue eso lo que nuestro Señor Jesucristo quiso señalar con la parábola de la viuda pobre?

Decía la madre Teresa que «hay que amar hasta que duela». Justo lo contrario, pensaba yo, de lo que hacen los ricos: dan para quitarse los remordimientos de conciencia. Por eso es que la simple eficacia no convence. Es necesario tener rectitud de intención, un deseo de hacer las cosas por amor a Dios y al prójimo. Desde luego, también importa hacer las cosas bien, procurar que rindan (cuando Jesús multiplicó los panes y los peces, mandó recoger las sobras).

Un amigo muy estimado, gran empresario y emprendedor, decía: «hemos ganado la batalla económica, pero no hemos ganado la batalla moral», refiriéndose a las ventajas evidentes de la economía de libre mercado. Nunca el utilitarismo podrá ser para un cristiano el criterio de bondad y de caridad. Dar la vida por los demás; dar de lo que necesito, no de lo que me sobra, solo así se vive la vida de Cristo.

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