Por Moris Polanco | [email protected] 

            Hoy está de moda ser tolerante. Diríamos que esta actitud (virtud) se cotiza muy alto. Todos presumimos de ser tolerantes. Y ser intolerantes es uno de los más graves defectos que alguien puede tener. Diríamos que hoy, a los intolerantes se les niega el derecho a participar en los bienes de la vida en sociedad. Está claro que somos bastante intolerantes con los intolerantes.

            La tolerancia puede definirse como el simple «respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias» (DLE), o como virtud. Es decir, como hábito de respetar a las personas que no piensan como nosotros. (A este propósito, recuerdo que el Dr. Rafael Termes, de grata memoria, nos decía que las ideas no merecen respeto, sino las personas. Las ideas se combaten, se critican, o se alaban, pero no se respetan). Ahora bien, respetar no es lo mismo que aceptar. Yo puedo respetar a la persona que no piensa como yo (es más, debo respetarla) pero eso no significa que acepte sus ideas, o que considere que sus ideas son tan buenas como las mías. Si tengo un amigo marxista, por ejemplo (que los tengo), no dejaré de decirle que está equivocado en muchas cosas, pero eso no me lleva a faltarle el respeto que se merece.

            Pareciera que hoy se considera que, para ser tolerante, una persona debe ser relativista. Que alguien que tenga una «concepción fuerte» del bien no puede ser tolerante. Pero eso no es cierto. Existe la dictadura del relativismo (los relativistas también pueden ser intolerantes) y quienes creemos en la verdad no por ello andamos insultando o maltratando a quienes no piensan como nosotros. Tratar de convencer a otro de que está en el error, o de que está actuando mal, no es ser intolerante. Es vivir la caridad (dar consejo al que no sabe, ayudar al necesitado). Por otra parte, hay ocasiones en las que debemos ser intolerantes (no con las personas, insisto, sino con el error o un curso de acción concreto). Así, el oficial del ejército que enfrenta un amotinamiento debe aplicar castigos; no puede «dejar pasar» las falta, so pena de perder toda autoridad. Otro ejemplo: los padres con sus hijos. Se dan muchas ocasiones en las que es necesario no tolerar situaciones que consideramos un peligro para su vida o su salud. 

            En suma: ser tolerantes no es lo mismo que ser «pasotas» (pasar de todo). Yo debo ser intolerante con los secuestradores, con los corruptos, ladrones y mentirosos. No estoy obligado, por tolerante, a admitir como correctas sus conductas, aunque debo distinguir entre la persona (todos tenemos derechos y dignidad) y sus actuaciones.

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