Por Mateo Echeverría | [email protected]

El autor envió para su publicación este artículo también a la sección de Opinión de Plaza Pública.

«El liberalismo ha fracasado porque ha tenido éxito».

Haber leído el libro de Patrick Deneen fue como haber dado con el interruptor de luz dentro de una habitación oscura. ¿Por qué ha fracasado el liberalismo? –título del libro– es una pregunta harto discutida a la que Deenen responde «el liberalismo ha fracasado porque ha tenido éxito». Según el autor, los males contemporáneos son señales inequívocas de que los postulados liberales, puestos en marcha desde la fundación de los Estados Unidos, han triunfado. Estos también han traído consigo prosperidad y bienestar de manera prolongada y sostenida, pero de sus grietas, generadas por sus contradicciones internas, florecen los retos actuales.

Deneen se propone navegar los mares profundos de la modernidad de donde bebe el liberalismo. Dicho de manera sencilla, el liberalismo, cuyo loable fin es la libertad humana, parte de una antropología individualista que considera al hombre al margen de su contexto y, por lo tanto, traduce la libertad en capacidad de elección dentro de un amplio espacio para ejercer la voluntad individual. Se trata de una transformación radical del concepto pues el animal social de la época antigua era libre cuando, a través de la virtud y los límites racionales, alcanzaba el autogobierno. En otras palabras, mientras que los antiguos cultivaban la libertad como un medio para la vida buena, los modernos la procuramos como un fin en sí mismo, vacío de contenido.  

La segunda transformación radical respecto del mundo antiguo que hereda el liberalismo es la que se da en la relación entre naturaleza y persona. En el mundo antiguo el humano es parte del cosmos, es una extensión de la naturaleza. En el mundo moderno, el humano se separa de la naturaleza, la ve por debajo: busca dominarla, explotarla y superarla. Encontramos su máxima expresión en filosofía con el transhumanismo y en política con el progresismo. 

La visión individualista del ser humano –el individuo aislado y autónomo– pasó de ser un postulado teórico moderno a ser una realidad. El liberalismo ha degollado al animal político en su proyecto de liberar al individuo de todo aquello que no provenga de su voluntad; incluyendo su contexto natural y social. Se inicia un proceso de desvinculación con la comunidad, cultura y tradición. Hasta de la biología, pues se percibe como imposición. Y para lograrlo, el liberalismo se ha servido de la ciencia, tecnología, anticultura y, especialmente, del Estado.

Deneen sostiene que no existe conflicto entre individuo y Estado sino una estrecha colaboración. La lógica detrás es sinuosa: el individuo debe ser libre para decidir cómo vivir su vida, por lo que el Estado debe proveer un proyecto neutral que asegure la libertad de esa decisión. Las instancias intermedias, como las comunidades religiosas, amenazan que la elección sea libre, por lo que deben quedar al margen, y aumentar el espacio privado individual. El tejido común se diluye. El individuo queda así despojado de frenos, pero también más aislado. El propósito común se desgasta. Para soltarse aún más las manos, se prescinde de la tradición, de la virtud, y pasan a ser otra elección más. Sin brújula moral ni un propósito común la desorientación y el desasosiego aumentan. Para liberarse, el individuo utiliza al Estado, lo limita como un ente administrativo, y lo aleja. Que no se entrometa. Sin embargo, construyó un monstruo que ha crecido, que interviene sin frenos. Ante la escasa virtud y buenas costumbres sociales, legisla. Continúa liberándonos de lo que la naturaleza nos ha dado, para hacernos homogéneos. 

La lógica liberal permea todas las esferas de la vida humana. En política, existe una mayor sensación de individuos separados de sus gobiernos, libres pero incapaces de actuar políticamente. Libres pero impotentes. En economía, la desigualdad es cada vez mayor, aunque los ganadores han logrado justificarla ante los perdedores. Está relacionado con la desaparición de los ciudadanos y la aparición de los consumidores. La técnica ha pasado a dominar la educación, relegando la sabiduría «menos práctica o productiva» esencial para ser libres en sociedad. Y las grandes promesas del cambio tecnológico pasaron de transformar el mundo a modificarnos a nosotros a niveles todavía insospechados. 

La propuesta de Deneen es práctica y no teórica: regresar a una organización comunitaria, revitalizar los vínculos sociales y las prácticas que respetan la convivencia y el entorno. Una resistencia desde el huerto, la iglesia, la comunidad. Aunque lo mejor sería que, tras este pequeño prólogo, se animasen a leerlo.  

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