Por Moris Polanco | [email protected]

La libertad es uno de los mayores dones que Dios ha dado al hombre; sin ella no es posible amar a Dios ni ser auténticamente virtuosos. Los cristianos sabemos que al momento de morir, afrontaremos un juicio particular en el que se nos pedirá cuenta estrecha de nuestras acciones y omisiones. Y solo se piden cuentas a los seres libres. Con el afán de presentar la infinita misericordia divina, algunos sacerdotes y pastores evaden el tema del juicio y el del premio o el castigo eternos, y cuando alguien muere, se da por hecho que ha ido a gozar de la visión beatífica. Esto haría innecesarias nuestras súplicas a la divina misericordia por la salvación de su alma e implicaría que, en vida, no tendrían razón de ser nuestros esfuerzos por cumplir con los mandamientos.

Así como la inteligencia se nos ha dado para conocer la verdad, la libertad nos ha sido otorgada para hacer el bien. Y así como el error no es propiamente conocimiento, hacer el mal no es lo propio de la libertad, aunque es un signo de libertad (santo Tomás de Aquino). Sin referencia y vinculación con el bien para el hombre, la libertad queda vacía.

Nuestro Señor ha dicho: «conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Jn 8: 32). Tampoco podemos, pues, desvincular la libertad de la verdad. Y también ha dicho «que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado» (Jn. 8: 34). Quienes creen que el hombre es libre cuando peca y cuando no peca; que lo importante es que todo lo que haga proceda de su voluntad autónoma, no tienen un concepto cristiano de la libertad. Podrán ser liberales, pero no cristianos.

Creer que existen la verdad y el bien no implica atentar por ello mismo contra la libertad de las demás personas, ni supone que los cristianos, por creer en la verdad y el bien, impongan sus creencias a los demás miembros de la comunidad política. De hecho, podría probarse que es imposible ser totalmente neutrales con respecto a la verdad y el bien. Si alguien defiende la necesidad de un «Estado Laico», por ejemplo, está defendiendo la (verdad de la) tesis de que la separación de la Iglesia y el Estado constituye una buena forma de vivir en sociedad.

Algunos liberales piensan que quienes sostienen una concepción «fuerte» de la verdad y el bien no son tolerantes. Pero yo puedo tolerar que otra persona no piense como yo, y a la vez, seguir pensando como pienso. El simple hecho de creer que otra persona está equivocada no me debe llevar a odiarla o a maltratarla, sino a rezar por ella. Ser tolerantes no equivale, en suma, a ser relativistas o agnósticos.

Y así como creo en la verdad de que somos libres y responsables, creo que están equivocados quienes ponen la libertad como el principal valor y el fin supremo de la vida humana. No. La libertad es un medio. El hombre no se salva por hacer lo que le dé la gana, sino por amar a Dios sobre todas las cosas y el prójimo como a sí mismo.

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