La ética cristiana en el Sermón del Monte

Por Gonzalo A. Chamorro | [email protected] 

«Bienaventurados los pobres en espíritu, 

porque de ellos es el reino de los cielos».

(Mateo 5:1-3)

El Sermón del Monte es considerado por la gran mayoría de teólogos y exégetas la sección por antonomasia que da a conocer las altas expectativas de la ética del Reino de Dios. De hecho, este sermón presenta con claridad inconfundible la naturaleza ética del reino en contraste con el concepto popular y erróneo de un reino meramente político.

Según John Stott, el sermón «es probablemente la parte más conocida de la enseñanza de Jesús, aunque podríamos suponer que es la parte que menos se comprende y seguramente la que menos se obedece». Para este mismo autor, «no hay otras dos palabras que resuman mejor su intención, o que indiquen con más claridad su desafío al mundo moderno, que las contenidas en la expresión contracultura cristiana»

En ese contexto, Jesús anunció la llegada del «reino de los cielos» e hizo un llamado al arrepentimiento (Mt. 4,17). Con esto en mente, el evangelista Mateo se encargó de presentar el primero de cinco discursos (o sermones) importantes que detallan el estilo de vida que debe caracterizar a un auténtico discípulo del Señor. 

Bienaventurados los pobres en espíritu.

El método que Jesús utilizó para llevar a cabo su estrategia fue el equipamiento de los discípulos por medio de la enseñanza. De hecho, el Señor comenzó su sermón con una forma literaria común del Antiguo Testamento, especialmente en los Salmos y en la Literatura sapiencial, llamada bienaventuranzas (término que también se puede traducir como «bendito, alegre o dichoso»). 

En el versículo tres del capítulo cinco, los «pobres en espíritu» se constituyen en los primeros bienaventurados del mensaje de Cristo. Craig Kenner en su Comentario al Contexto Cultural de la Biblia dice que: «En el judaísmo, la pobreza y la piedad a menudo estaban asociadas; el término pobres podría abarcar tanto la pobreza física (Luc. 6:20) como la fiel dependencia de Dios que ésta a menudo producía (“en espíritu”, como en este caso)». 

Por el contexto, podemos determinar que ser «pobre en espíritu» no es carecer de valor, sino más bien, reconocer una bancarrota espiritual y moral. Es decir, confesar ser incapaces de agradar a Dios por méritos propios (cf. Ro. 3:9–12). Esta actitud está en contraste directo con el orgullo farisaico basado en sus supuestas riquezas espirituales. Para James Bartley:

En griego hay tres términos que se traducen «pobre», pero el que se emplea aquí es el que describe la condición más desesperante, la absoluta destitución. Se refiere al mendigo que depende de la bondad de otros para su existencia, uno que no tiene recursos propios. Jesús está describiendo al discípulo que reconoce en su corazón que no tiene recursos espirituales o méritos propios. Aparte de Cristo no hay nada, no se tiene nada y no se puede hacer nada (Juan 15:5). Los pobres en espíritu son los humildes de corazón, que no confían en sí mismos como autosuficientes, sino que se aferran a Jesucristo como fuente de seguridad y felicidad. (Comentario Bíblico Mundo Hispano, 89)

Por lo anteriormente expresado es que los «pobres en espíritu» heredarán el reino de los cielos, el cual, vale la pena recordar, no se adquiere «sobre la base de una raza (cf. 3,9), méritos alcanzados, celo militar y proezas de celotes, ni por la riqueza de Zaqueo. Se da a menesterosos, publicanos despreciados, a prostitutas y a todos aquellos que son tan pobres que saben que no pueden ofrecer nada ni intentan hacerlo. Solo se oye su clamor por misericordia». (Donald Carson, Mateo, 148). 

En ese sentido, debemos tener cuidado con pensar que esta bienaventuranza considera una cosa buena la pobreza material. William Barclay dice que «Jesús no habría llamado nunca bendito a un estado en que las personas viven en condiciones deplorables… Esa clase de pobreza es un mal que el Evangelio trata de eliminar». (William Barclay, Comentario al Nuevo Testamento, 35). 

En síntesis, la pobreza que es bendita es la pobreza en espíritu, sobre todo cuando la persona se da cuenta de su absoluta falta de recursos para enfrentarse con la vida, y encuentra su ayuda y fuerza únicamente en Dios. La pobreza en espíritu es todo lo contrario a esa disposición altiva, engreída y autosuficiente que las sociedades contemporáneas tanto admiran y alaban; es esa actitud soberbia, individualista, narcisista y jactanciosa que se niega a reconocer al Dios de la Revelación y de la Creación. 

Por todo esto, sabio sería reconocer que la humildad debería ser la primera letra del «alfabeto cristiano», reconociendo que «Lo más importante no es lo que un ser humano hace sino lo que es…» Arthur W. Pink.


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