La amenaza más grande del coronavirus: nuestro tejido social

Por John Couretas

(Publicado el 17 de marzo, 2020 en Acton Powerblog y traducido por Carroll Rios de Rodríguez). 

Durante este fin de semana, la procuradora general de Michigan, Dana Nessel, anunció que su oficina recibió 75 quejas de consumidores llenos de pánico, respecto del cobro de precios elevados en la venta de artículos de necesidad básica:

Las tiendas en Farmingon Hills, Dearborn, Ann arbor y Allendale han sido acusadas de subir el precio a alcohol en gel, mascarillas y arroz y lentejas por hasta 900%. En un caso, la tienda de Allendale supuestamente estaba vendiendo una mascarilla que normalmente costaría $3.00 por unidad, por entre $6.00 y $10.00 cada una. Otra tienda había incrementado el precio de una pequeña botella de alcohol en gel de $1.00 a $10.00, y otra vendía una botella un poco más grande por $20.00, $40.00 o $60.00 la botella. Un mercado supuestamente subió el precio de arroz y lentejas en un 60%.

El periódico Detroit Free Press reportó que la gobernadora de Michigan, Gretchen Whitmer, «firmó una orden ejecutiva el domingo que criminaliza, con una pena máxima de $500, el acto mediante el cual un vendedor aumenta los precios de los bienes esenciales por un monto superior al 20% de su precio al 9 de marzo del 2020, en el mismo establecimiento». La orden entró en efecto el lunes a las 9:00 am y permanecerá vigente hasta el 13 de abril. 

Ahora, tan cierto como que el pánico viene después de la crisis, escucharemos argumentos de economistas explicando por qué los aumentos de precios son una eficiente forma de asignar bienes y servicios necesarios, y cómo el sistema de precios logra restablecer el balance entre la oferta y la demanda. 

Aquí está la explicación aportada por David Henderson en un Econlog del 2017:

Nosotros los economistas señalamos, como hago aquí, que los precios altos durante las emergencias atraen los recursos, como el agua, las trozas de madera y más, de otras partes del país. Piensa en las personas que están surtiendo estos insumos. El punto obvio es que ellos probablemente no lo harían si no les fuera permitido cobrar precios por encima de los precios normales. El punto más sutil es que ellos no tienen que preocuparse por la pérdida de la buena voluntad de sus clientes futuros, porque muchos de ellos solamente se involucran en transacciones inmediatas. La persona que piensa en comprar un montón de galones de agua por adelantado para venderlos a otros puede ni siquiera estar en el negocio de vender agua. Simplemente está tratando de obtener una ganancia haciendo algo que los compradores, con sus acciones, demuestran que les resulta valioso.

Henderson continúa diciendo que «al permitir la libertad de precios, conseguimos, de cierta forma, el mejor de los dos mundos. Conseguimos que vendedores tradicionales como Wal-Mart, que se preocupan por su reputación, se almacenen con anticipación de ciertos insumos y no suba sus precios. También conseguimos oferentes en el momento, en el margen, trayendo más bienes al lugar en respuesta a los altos precios que pueden cobrar».

Según la forma de pensar del economista, este ejercicio racional es correcto. Pero deja de lado la reacción visceral nauseabunda, de repugnancia, que sentimos cuando alguien intenta aprovecharse de nosotros en un tiempo de crisis verdadera. Si quieres convencer a las personas que la economía de mercado es el lugar donde las personas intercambian bienes voluntariamente y para beneficio mutuo, éste no es el momento de hacer argumentos crudos con base en la eficiencia económica. Aquí hay varios ejemplos de lo que ocurrió luego del Huracán Harvey, en el 2017:

Una estación vendió gasolina por la gigantesca suma de $20.00 por galón. Un hotel supuestamente cobró a sus huéspedes el doble de la tasa normal. Un negocio vendió botellas de agua por un apabullante precio de $99.00 por caja, más de diez veces el precio anunciado en sitios electrónicos.

Sin embargo, tenemos problemas más grandes que precios altos, entre ellos, el acaparamiento que ha estado en proceso durante las semanas pasadas. El presidente Donald Trump tiene razón en esto: «No tienes que comprar tanto. Tómalo tranquilo. Relájate». Vivimos en un país con tanta superabundancia de alimentos que hasta recientemente parecía que nuestro mayor problema era cómo reducir los estupendos desperdicios y excesos de lo que no podíamos consumir. Es cierto tanto para supermercados y restaurantes. Al mismo tiempo, hay una industria completa diseñada para rescatar parte de esta comida y redirigirla hacia comedores solidarios y organizaciones caritativas. 

Según el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA), se desperdicia aproximadamente entre el 30 y el 40 por ciento de la oferta de alimentos.  El departamento reportó que «basado en estimaciones del servicio de investigación económica de USDA, este estimado de un 31 por ciento de pérdidas de alimentos al nivel de venta al detalle y de consumo, correspondió a aproximadamente 133 mil millones de libras y un valor de $161 mil millones de alimentos en 2010.» 

Entonces, no padecíamos de la escasez inducida por el pánico, hasta que demasiadas personas empezaron a comprar más de lo que necesitaban. Es una movida para retomar el control sobre una situación que parece completamente fuera de control.

Dimitrios Tsivrikos, un conferencista sobre la psicología del consumo y de los negocios en la Universidad de College London, dice que el papel toilette se convirtió en el ícono del pánico masivo: 

«En tiempos de incertidumbre, las personas entran en una zona de pánico que los vuelve completamente neuróticos e irracionales,» me explicó en una llamada telefónica, «en otras condiciones desastrosas, como una inundación, nos podemos preparar, porque sabemos cuántos víveres necesitaremos, pero aquí estamos enfrentando un virus sobre el cuál no sabemos nada.»

«Cuando entras al supermercado, vas a buscar ahorros y grandes cantidades,» agregó, notando que las personas son atraídas a los paquetes grandes en los que se vende el papel toilette, porque están buscando recuperar un sentido de control.

A todas luces, estaremos enfrentando la pandemia del coronavirus con altos riesgos, y con incertidumbres aún más elevadas, en las próximas semanas y meses. La cosa más poderosa que todos podemos hacer es evitar conductas irracionales, como es pelearnos en las tiendas y acaparar agua, y armas y municiones, antes de que nuestros vecinos puedan hacerlo. Esto ciertamente deshilvanará el tejido social de la cooperación y la solidaridad, las cuales no pueden ser legisladas por ningún procurador general o funcionario encargado de proteger al consumidor.

Gregorio de Nyssa, el teólogo del siglo IV, entendió a la persona humana no como un individuo aislado sino como un todo teológico, una humanidad en comunión. Esto no quiere decir que subsumimos nuestra personalidad a una vaga alma superior; él simplemente señala nuestra naturaleza social, que es compartida. «Decir que existen muchos seres humanos es un abuso común del lenguaje», escribió. «Concedo que hay una pluralidad de aquellos que comparten una misma naturaleza humana…pero en todos ellos, la humanidad es una».

No perdamos vista de eso.