Por María Renée Estrada | [email protected]

La juventud es una etapa transitoria pero, al mismo tiempo, definitiva. Durante la misma, somos capaces de poseer los más altos ideales y anhelos y de trabajar con mucha fuerza e ímpetu. Caminamos con la certeza de poder transformar el mundo, de hacer las cosas de una manera distinta, de no dejarnos vencer por la comodidad y lo que hace el montón. Y para muchos, la juventud se vuelve una constante en la vida, más allá de la edad o del aspecto físico que les acompañe.

Todos formamos parte de la sociedad, y de las diferentes comunidades que conformamos dentro de la misma. Por eso, poseemos una responsabilidad compartida que nos impulsa a trabajar por el bien común y las necesidades de nuestros vecinos. Reconocer esta responsabilidad y llevarla a la acción es una virtud individual, pero que se practica en grupo. Dicho esto, establecer consensos y puentes en común entre individuos y comunidades, que poseen valores y culturas distintas es todo un reto para coexistir en una sociedad civilizada. No todos pensamos igual, no todos creemos lo mismo, no todos somos iguales. El imperio del individualismo ha permeado, para bien y para mal. Para bien, porque nos recuerda el valor de la libertad individual. Para mal, porque no hemos sabido ponerle los límites adecuados a la misma…olvidándonos así que somos seres sociales, y no podemos prescindir de todo(s) aquello(s) que nos rodean. 

En el marco del Día Internacional de la Juventud, resuena dentro de mí todo lo que nos hace falta hacer, desde nuestra trinchera, por la juventud guatemalteca. Y es que, como en todo, las necesidades varían dependiendo del nivel socioeconómico, características, discapacidades, contextos, situación familiar, etc. Sin embargo, hay una necesidad latente en la actualidad, que no solo compete a la juventud, sino a toda la sociedad. Pero que tengo la esperanza que podemos y debemos recuperarla por el bien de los jóvenes, y el bienestar común para un presente complejo y un futuro que no se termina de vislumbrar.

Por un lado, pareciera que en la actualidad no existe consenso entre distintos grupos sobre el concepto de libertad; y por otro, que la palabra virtud es poco conocida/enseñada/practicada en distintos espacios sociales:  familiares, laborales, de ocio, académicos y sobre todo políticos. 

¿Qué hacer en una sociedad que poco a poco ha ido dejando de lado la búsqueda de lo bueno, lo bello y lo verdadero? ¿Y que, por lo tanto, no está dejando un legado en estos temas a las generaciones más jóvenes? ¿Cómo podemos redescubrir y valorizar la libertad y la virtud, desde las concepciones clásicas que nos invitan a la excelencia humana y a no relativizar la moral? ¿De qué manera podemos hacerlo desde la humildad y el reconocimiento que todos los seres humanos somos imperfectos y limitados? Reconociendo que todos poseemos luces y sombras, ¡y que, aunque no somos perfectos, somos perfectibles!

La transmisión de valores es un trabajo que, idealmente, debe comenzar en cada hogar, pero que, paralelamente, debemos reforzar a nivel comunitario, a través de la coherencia entre lo dicho y lo hecho en todos los niveles sociales en los que nos desenvolvemos. Y es que en un mundo que, generalmente, aplaude la trampa, «al más vivo» e incluso el sarcasmo (esto lo digo desde la propia experiencia, porque a veces soy muy hostil en Twitter), es todo un reto ser virtuoso. 

Sin embargo, debemos encontrar la manera de romper el círculo vicioso y alentar a las nuevas generaciones a que aspiren a ser lo mejor que pueden ser, la mejor versión de ellos mismos, a través de valores que les hagan descubrir, vivir y disfrutar lo bueno, lo bello y lo verdadero. Primero, a través del propio ejemplo, la coherencia, y sobre todo desde la humildad. Y después, generando más espacios de formación y discusión (como el Instituto Fe y Libertad) que permitan revalorar todo eso que algunos quieren que se olvide o no se conozca, fomentando el pensamiento crítico y el redescubrimiento de ideas, como la libertad y la virtud, según autores clásicos.  


  1. «La libertad no es el poder de hacer lo que queremos, sino el derecho de ser capaces de hacer lo que debemos» – Lord Acton
  2. «Excelencia añadida a algo como perfección» – Aristóteles

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