Por Christa Walters | [email protected].edu

Las Elecciones Generales de Guatemala, hace unos días, dieron como resultado un abanico de emociones y respuestas de la ciudadanía. Muchos estaban insatisfechos con los resultados presidenciables, otros estaban contentos por la inclusión de partidos pequeños en el Congreso de la República, pero desanimados por la cantidad de curules del partido mayoritario y, por último, había otros que no aceptaron en absoluto los resultados y alegaron fraude electoral. Es normal que hubiera diferentes respuestas sobre el mismo proceso y también que hubiera comentarios criticando el voto de otros. Siempre lo he escuchado. Sin embargo, en repetidas ocasiones esos comentarios eran negativos y con vocabulario soez. ¿Desde cuando normalizamos llamar «estúpido» a quien no piensa igual que nosotros? 

Existen personas que no entienden por qué alguien votaría por un candidato solamente porque este le regaló comida, láminas, camisetas o dinero. Creen que esas personas que «venden» su voto no son razonables porque no entienden que el mejor candidato no es el que da obsequios, mientras que los votantes que sí «razonan» su voto son más inteligentes. Esta es una concepción errónea. 

En Guatemala, la cantidad de partidos y candidatos hace difícil poder enterarse de qué propone cada uno, incluso, a veces, se vuelve casi imposible saber quiénes son todos los candidatos a presidente o diputados. El término ignorancia racional explica por qué se nos dificulta aprender sobre todos los candidatos y por qué algunos no comprenden las decisiones electorales de otros. La ignorancia racional se refiere a que, como humanos, preferimos abstenernos de aprender conocimiento nuevo o de educarnos sobre algún tema porque el costo de hacerlo sobrepasa el posible beneficio que trae ese conocimiento. Por lo tanto, cuando se trata de las elecciones, muchas personas prefieren seguir con sus actividades diarias en vez de pasar horas leyendo sobre los tantos candidatos que existen. Prefieren escuchar una versión condensada basada en la opinión de alguien que confían o de las noticias pues esto toma poco tiempo. Ser racionalmente ignorante no significa que a las personas no les importa el resultado de las elecciones. Si bien algunos votantes sí deciden informarse lo más que puedan, la mayoría no lo hace por no dedicarle tiempo a obtener el conocimiento necesario para votar conscientemente.

Como votantes, no siempre sabremos todo de un candidato y por ello nuestro voto también incluye un poco de emoción. Como todo en la política, el factor pasión está presente. Es ese factor el que motiva a las personas a criticar a quienes votaron por un candidato distinto. Sin embargo, que los demás hayan votado por otro candidato no los hace tontos o irracionales. Se podría aplica el mismo término de ignorancia racional. Si las personas que tienen información electoral a la mano o que tienen fácil acceso a recursos para conocer sobre sus candidatos no lo hacen tanto como muchos quisieran, ¿por qué esperamos que personas que no tienen acceso a internet y cuyas fuentes de información son limitadas tomarían la misma decisión electoral que nosotros?

Si salimos de la burbuja urbana en la que vivimos nos podríamos dar cuenta de que el interior del país tiene otro tipo de necesidades y problemas. No hablo solamente de pobreza o desnutrición, que son las más preocupantes del país, sino de energía, acceso a agua, educación o salud que varían a lo largo del territorio nacional. Entonces, quienes supuestamente «venden» su voto al candidato que les obsequió algo no están siendo irracionales. En realidad, el razonamiento de esa transacción es bastante evidente. Un obsequio (ropa, dinero, láminas, comida, etc.) es algo que el votante necesitaba y, por lo tanto, su beneficio fue mayor al que hubiera tenido si dedicara el tiempo a informarse y votar por alguien que no le satisficiera esa necesidad inmediata. No obstante, esto tiene repercusiones graves a largo plazo y es una de las razones por la cual ni la clase política, ni los dirigentes que llegan al poder en Guatemala son los más idóneos para colaborar con el desarrollo económico y social del país. 

Al fin de cuentas, el proceso mental que nos llevó a las urnas a marcar una X encima de una casilla en específico es similar para todos. La diferencia está en nuestra percepción de la realidad del país, por lo que no es correcto maltratar o humillar a alguien porque votó de manera diferente. El derecho de votar, extendido para todos los ciudadanos, es uno de los aspectos que nos garantizan continuar siendo una república democrática. Y, de manera informal, el respeto hacia otros es lo que nos ayuda a formar empatía y construir puentes para comprender cómo colaborar para mejorar nuestro país.

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