Por Mario Alberto Molina, O.A.R. Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán

Quiero comenzar con agradecimientos. Agradezco a todos ustedes, laicos y religiosas, porque han venido de las diversas parroquias, municipios y regiones de nuestra Arquidiócesis e incluso de otros lugares del país para participar en esta misa solemne, en la que celebramos a Jesucristo, Sumo Sacerdote que nos trae la salvación por su muerte y resurrección. Esta celebración, única en cada diócesis, nos hace experimentar de manera concreta, física, corporal, nuestra condición de Iglesia de Cristo, y nos permite celebrar juntos, con júbilo y agradecimiento, los acontecimientos de nuestra salvación. A través de los medios de comunicación, otros centenares de personas, dentro y fuera de la Arquidiócesis, se unen virtualmente a nosotros en una comunión de fe y de esperanza. Para ellos también mi saludo y bendición.

Agradezco también a los sacerdotes de la Arquidiócesis y a los que nos visitan durante estos días su participación en esta liturgia, en la que renovaremos nuestra voluntad de consagrarnos a Jesucristo, para que, a través de nosotros, Él ejerza su sacerdocio a favor de todo el pueblo de Dios. Les agradezco a ustedes, sacerdotes arquidiocesanos, su ministerio, su entrega, su dedicación y el entusiasmo por dar a conocer a Jesucristo por la catequesis y la predicación y por comunicar al pueblo de Dios la salvación por medio de la celebración de los sacramentos. Al final de la misa, cada uno de ustedes recibirá porciones de los óleos consagrados como un renovado envío para llevar a los fieles bajo su cuidado pastoral el óleo de la alegría y la unción de la salvación.

En esta liturgia celebramos a Jesucristo, sumo y eterno sacerdote. Las lecturas orientan nuestros pensamientos hacia su persona y su obra salvadora. La lectura evangélica relató lo que hizo Jesús cuando volvió a Nazaret y participó en la liturgia de la sinagoga el sábado. Se levantó para hacer la lectura. Pero no solo leyó lo que decía el texto elegido, sino que lo explicó declarando su cumplimiento. Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que ustedes acaban de oír. Es como si Jesús dijera: cuando vino sobre mí el Espíritu Santo en el Jordán, comencé a hacer presente el reinado de Dios en medio de ustedes. Comencé a traer esperanza a los que la habían perdido, libertad a los que estaban prisioneros del pecado y del pasado; traje luz y alegría a los que languidecían en las tinieblas del sinsentido y la frustración, y hoy, al leer este pasaje de Isaías anuncio que soy portador del año de gracia del Señor.

En la primera lectura hemos escuchado el pasaje de Isaías del que Jesús leyó solo un fragmento. El pasaje deja todavía más claro el carácter esperanzador de la misión del Ungido: El Señor me ha enviado a consolar a los afligidos, a cambiar su ceniza [de pesar] en diadema [de júbilo y triunfo], [a transformar] sus lágrimas en aceite perfumado de alegría, y su abatimiento en cánticos [de esperanza]. Ese propósito de Jesús es también la misión de la Iglesia entera.

La segunda lectura alaba a Jesucristo, porque al ejercer su sacerdocio en el sacrificio de la cruz, ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes: Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el soberano de los reyes de la tierra, que nos amó y nos purificó de nuestros pecados con su sangre y ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre. La obra de Cristo hace de nosotros un pueblo sacerdotal. ¿Qué quiere decir eso? En primer lugar, que todos nosotros los que hemos sido bautizados y confirmados hemos sido consagrados a Dios. El primer rasgo del sacerdocio consiste en pertenecer a Dios. Nosotros, laicos, consagrados y sacerdotes, formamos el pueblo sacerdotal, porque estamos marcados con el sello de Dios y le pertenecemos. El segundo rasgo del sacerdocio consiste en que estamos capacitados para tratar con Dios. Esto ya no es privilegio de unos pocos, sino gracia concedida a todo el pueblo de Dios. Le hablamos en la oración, le damos el culto razonable al ofrecerle nuestras vidas y las buenas obras que realizamos. Pero también, en tercer lugar, somos sacerdotes porque, de parte de Dios, somos portadores de una bendición. El que bendice pronuncia el bien, dice cosas buenas que se van a cumplir, porque las dice en nombre de Dios que tiene una palabra que crea lo que no existe. Nosotros, pueblo sacerdotal, tenemos cosas buenas que decirle al mundo: lo bendecimos al proclamar la buena noticia, el evangelio del amor de Dios, que anuncia su perdón, y promete la vida eterna. Cuantos los vean reconocerán que son la estirpe que bendijo el Señor.

Pero el pueblo de Dios puede ejercer ese carácter sacerdotal solo en unión estrecha con Jesucristo, sumo y eterno sacerdote. De entre el pueblo sacerdotal, Dios elige por medio de la Iglesia a algunos hombres, y los consagra de modo especial, para que a través de ellos Jesucristo ejerza su sacerdocio de reconciliación y santificación. Los sacerdotes estamos consagrados para que, por medio de nuestro ministerio, el sacerdocio de todo el pueblo de Dios se vuelva operativo y eficaz. Por eso, en católico, no hay Iglesia de Cristo sin sacerdotes de Cristo. Esta convicción es motivo para agradecer a los sacerdotes su ministerio y pedir que haya otros muchos más para un mejor servicio al pueblo sacerdotal.

Sin embargo, en este día, no quiero hablar del servicio sacerdotal de los ministros de la Iglesia, sino del servicio sacerdotal, profético y real de los laicos, pues hoy, más que nunca, necesitamos que muchos laicos asuman su misión en el mundo. Necesitamos laicos que con sus obras consagren a Dios el mundo y la sociedad en que vivimos. El Catecismo de la Iglesia católica dice que los laicos “son los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el pueblo de Dios y que participan en las funciones de Cristo, sacerdote, profeta y rey.  Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo” (897). Su vocación propia consiste en “buscar el reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios” (898).

Por primera vez en muchos años, y debido al cambio en el calendario electoral, celebramos esta misa crismal y esta semana santa en plena campaña electoral. Debemos decidir y elegir a quienes van a ejercer gobierno y tendrán gran responsabilidad para ordenar las realidades temporales en las que vivimos. Serán laicos los elegidos, serán laicos los electores, a excepción de los pocos electores que serán también sacerdotes. Por lo menos la mitad de elegidos y electores serán católicos. ¿Tiene que ver algo nuestra celebración litúrgica de hoy con lo que ocurre en la sociedad política en la que vivimos? Para los laicos, miembros del pueblo de Dios y miembros de la sociedad temporal, el discerni- miento electoral, decidir por quién votar, será una de las muchas maneras de ejercer esa misión de ordenar las realidades temporales según las dinámicas del reino de Dios. El voto se debe realizar tras un discernimiento, no solo político, sino también moral, por el cual rechazamos propuestas contrarias al orden justo y respaldamos propuestas políticas acordes con la ley moral.

La persona humana es el criterio y la referencia de toda acción moral del cristiano en la sociedad (cf. 1881). Toda persona manifiesta su dignidad a través del ejercicio de su libertad responsable, cuando goza del derecho a la vida, cuando vive en condiciones que le permiten alcanzar los fines temporales y eternos para los que Dios nos llama. Toda persona, en el ejercicio de la libertad, tiene que sujetarse a la ley moral para tomar decisiones y emprender acciones que construyan y no que destruyan a las demás personas y a la sociedad. Por eso, toda propuesta política que atente contra el ejercicio de la libertad política, cultural, económica o religiosa de las personas es inmoral; toda propuesta política que nie- gue a los no nacidos y a los enfermos y ancianos el derecho incondicional a la vida es inmoral y no la podemos apoyar con nuestro voto. Si un proyecto político incluye la legalización del aborto y la eutanasia no lo podemos apoyar, porque es un atentado contra la dignidad personal.

Los humanos estamos hechos para vivir en sociedad, y la organización social básica de la humanidad es la familia (2207). A partir de allí se desarrollan todas las otras formas de asociación y convivencia, incluyendo la organización política de la sociedad. Cuidemos la familia. La familia tal como se desarrolló socialmente y como ha sido consagrada por Jesucristo se funda en el matrimonio, es decir, en la unión, mediante compromiso público y exclusivo, de un hombre y una mujer para amarse y apoyarse mutuamente, y así engendrar y educar a los hijos. La familia es el consorcio humano que surge de esa unión. Lograr que cada una de nuestras familias funcione y se realice según estos criterios es una de las principales contribuciones de los laicos a la construcción de una sociedad sana. Los proyectos políticos de apoyo a la familia merecen nuestro respaldo. Pero hay fuerzas y proyectos políticos que tienen como objetivo legalizar presuntas formas alternativas del matrimonio que da origen a la familia. Es inmoral apoyar cualquier propuesta política que debilite la institución de la familia, al proponer variantes del pacto conyugal de modo que también otros arreglos de convivencia, como la unión de personas del mismo sexo, pudieran llamarse matrimonio con iguales derechos y beneficios que aquellos de los que goza familia. Esas propuestas socavan la solidez de la sociedad y se deben rechazar.

Un principio que salvaguarda la libertad personal y social es el de la subsidiaridad. El principio dice que “una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándole de sus competencias, sino que más bien debe sostenerle en caso de necesidad y ayudarle a coordinar su acción” (1883). Crear empleo, fundar y administrar instituciones educativas, establecer empresas para la producción de bienes y servicios, buscar información veraz y divulgarla son algunas acciones que pueden realizar personas individualmente o unidas en sociedad. Esta es una libertad y derecho que hay que preservar para los miembros de la sociedad como individuos o asociados. Es inmoral entonces apoyar o fomentar políticas que reserven al estado con exclu- sividad o incluso con preferencia, tanto en el ámbito nacional como en el municipal, competencias que pertenecen al ciudadano o a las diversas asociaciones sociales de índole empresarial, comercial, educativa, cultural, informativa o de otra clase (cf. 1885). Un proyecto político que pretenda sustraer a los ciudadanos la capacidad de emprendimiento para concentrarla en el Estado, atenta contra la libertad de las personas y su dignidad, y contra el principio de la subsidiaridad.

Otro principio básico de la doctrina social de la Iglesia es el destino universal de los bienes de la creación, que va unido al derecho al trabajo como medio usual por el que cada persona adquiere una porción de esos bienes, a los que llama propios, con los cuales puede satisfacer sus necesidades temporales personales y familiares (cf. 2402). El derecho al trabajo y al empleo para obtener el dominio sobre los bienes necesarios para la vida es un derecho primario. Merecen el apoyo las propuestas políticas que promuevan las condiciones que favorezcan que las personas individualmente o asociadas puedan trabajar y crear empleos. Merecen apoyo las propuestas políticas comprobadas, que han generado en otros países prosperidad para una franja amplia de su población. Es inmoral elegir propuestas políticas que tengan el propósito de hacer que el Estado sea el principal o el único administrador de los bienes y de la riqueza del país, en perjuicio del derecho de las personas individuales o asociadas.

El arte de la política consiste en fomentar el bien común. El bien común se define como “el conjunto de aquellas condiciones de vida social que permiten a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección” (1906). Un país en el que las condiciones de vida obligan diariamente a decenas y aun centenares de sus ciudadanos a buscar mejores oportunidades fuera de sus fronteras es un país en el que no se realiza el bien común, que es siempre incluyente. Aunque el derecho a migrar es propio de toda persona; el derecho a quedarse en el lugar donde nació es un derecho todavía mayor. El bien común se estructura en base a dos pilares: leyes imparciales, sin dedicatoria ni para favorecer ni para perjudicar a un sector, es decir, leyes fundadas también en el derecho natural, leyes con fundamento ético. En la elaboración de estas leyes se conoce la calidad política y moral de los diputados. El otro pilar para el logro del bien común es un sistema judicial independiente, ético, capaz de ejecutar una justicia pronta y cumplida. Un sistema judicial parcializado o ideologizado no es capaz de proteger el bien común. Es perentorio apoyar las propuestas políticas creadoras de oportunidades de educación, salud y empleo para todos y será inmoral por lo tanto apoyar los proyectos políticos que en el fondo solo busquen favorecer intereses sectoriales o que propongan, para alcanzar el bienestar, políticas que en otros lugares han traído pobreza y escasez o que atenten contra la libertad personal, el bien común o la subsidiaridad.

Una sociedad próspera e incluyente se logra cuando tanto los ciudadanos como los gobernantes están guiados por un sentido moral. La salud de una sociedad exige más cosas que las que he podido mencionar. La ley no puede ser sustituto de la conciencia moral de cada persona, pues la ley ni puede prever cada acción imaginable ni podemos asfixiarnos en una jaula de leyes para regular cada acción posible. Si queremos gobernantes honestos que impulsen políticas constructivas, debemos ser nosotros los ciudadanos los primeros en actuar con sentido moral, para poder exigir que los gobernantes actúen con ética política. La bendición del santo crisma con el que los miembros del pueblo de Dios reciben la unción en el bautismo y la confirmación, por la que se convierten en pueblo de profetas, sacerdotes y reyes, y el hecho de que los laicos ejercen esa condición de profetas, sacerdotes y reyes en el ámbito de las realidades temporales, más la coyuntura electoral que nos tiene a todos en el discernimiento de por quién votar y qué políticas debemos apoyar o rechazar, me ha motivado a señalar algunos criterios morales que debemos tener en cuenta en el discernimiento electoral en que nos encontramos. Nuestra fe nos orienta a poner la mirada en la meta de nuestra vida que es alcanzar con Cristo la resurrección final, sin embargo, ese camino al cielo lo realizamos en la tierra, por medio de acciones responsables por las que construimos la ciudad terrena y temporal sostenidos por la esperanza de alcanzar la ciudad eterna y celestial.

Es competencia y deber de los laicos realizar opciones políticas y partidistas. Nosotros, lo sacerdotes, puesto que somos pastores para todos, nos abstenemos de hacer proselitismo partidario, pues nos convertiríamos en causa de división en la comunidad eclesial puesto que los laicos tienen derecho a apoyar y a asociarse con cualquier partido político que promueva políticas de calidad ética y de probada efectividad para la construcción de la sociedad. Pero es deber del ministro de la Iglesia señalar los criterios morales que permitan juzgar el potencial constructivo o destructivo para la sociedad de las propuestas políticas en juego. He querido en esta homilía larga señalar algunos aspectos que merecen nuestra atención y nuestro juicio.

A los laicos los exhorto a tomar con suma seriedad su responsabilidad de ordenar las realidades temporales según las dinámicas del Reino de Dios. Han recibido la unción santa para poder hacerlo. A ustedes, los sacerdotes, los invito, a renovar su compromiso sacerdotal, con el fin de ejercer el ministerio que se nos ha confiado con diligencia, con coherencia moral, con la alegría de Dios en nuestro corazón, para servir y formar al pueblo sacerdotal, que tiene tanta responsabilidad en el ordenamiento de las realidades temporales.

© 2018 Instituto Fe y Libertad Guatemala, Guatemala 01010

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