Por Mario Alberto Molina, O.A.R. Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán

El Domingo de Ramos es el primer día de la Semana Santa. La liturgia de este día tiene acentos de júbilo y de gloria en la bendición de los ramos y la conmemoración de la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén. Tiene también acentos de drama y sobriedad en la conmemoración de la pasión y muerte de Jesús en la lectura de la pasión y los otros dos textos bíblicos que se han proclamado hoy. La conmemoración de la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén evoca un acontecimiento del pasado, pero es también anticipo del futuro, cuando recibiremos a Cristo que vuelve glorioso para llevarnos a la plenitud del reino de Dios. La lectura de la pasión en cierto modo adelanta el Viernes Santo al domingo para evocar el valor y significado de la pasión y muerte de Jesús, con las que nos habilitó para recibir el perdón de los pecados.

La segunda lectura de hoy proclama el misterio de nuestra salvación. Cristo existía en su condición divina, pero por amor a nosotros, para realizar la obra de nuestra salvación, se rebajó a sí mismo, no se aferró a su condición divina, sino que se vació de sí mismo y se hizo creatura. El Hijo de Dios se hizo hijo del hombre, hijo de Adán. Pero no solo eso. En esa condición humilde como ser humano, en actitud de obediencia al Padre Dios, se sometió a la muerte. Y no a una muerte cualquiera, sino a la más cruel, dolorosa, ignominiosa e injusta que se podía dar: una muerte de cruz. Compartió con nosotros no solo la existencia en condición de hombre, sometiéndose a la muerte. Sino que, entre las variadísimas formas de morir, aceptó morir en la cruz. Dios experimenta la muerte en la muerte de Jesús y de esa manera la redime, la vence, la traspasa, para sí y para nosotros.

Por eso Dios lo exaltó, al resucitarlo de entre los muertos y al devolverlo a la gloria que tenía antes de que se hiciera humano. El Hijo de Dios desciende desde la condición divina hasta las profundidades de la muerte, y desde ese fondo insondable, el Padre lo exalta hasta la cumbre de la gloria. La humanidad de Cristo, que es como la nuestra, participa de la gloria propia de Dios. Y como su humanidad es como la nuestra, su exaltación revela que también nosotros podemos compartir la gloria de Dios, si nos dejamos salvar por Cristo, unidos a Él por la fe y los sacramentos. Cristo hombre, después de su humillación en la cruz, queda transfigurado por la gloria de Dios. Dios le otorgó el nombre sobre todo nombre. El nombre sobre todo nombre es el nombre propio de Dios. Jesucristo ostenta en su exaltación el nombre de YHWH. Como sabemos, ese nombre no se pronuncia en la liturgia, sino que se sustituye con el de SEÑOR. Por eso Jesús recibe el título de Señor como propio, de la misma manera con que se designa al Padre. De esta cuenta, todos doblamos la rodilla ante Jesús, todos en el cielo, en la tierra y en los abismos, para reconocerlo, adorarlo y aclamarlo como Dios y Señor, para gloria de Dios Padre.

Jesucristo es nuestro Salvador. Con su muerte nos rescató del pecado y la muerte y abrió para nosotros la vida de la gracia y de la gloria, de la santidad y la plenitud.

Proclamemos nuestra fe, anunciemos el Evangelio, seamos testigos del amor de Dios, confiemos, llenos de esperanza, en la plenitud a la que Dios nos llama. Que esta Semana Santa nuestra mente, nuestro corazón, nuestra atención y nuestro afecto estén dirigidos solo a Jesús. Lo admiraremos con estupor cuando lo veamos como Nazareno, lo adoraremos con piedad cuando lo contemplemos como Crucificado, le mostraremos nuestro agradecimiento cuando veneremos como Sepultado y nos alegraremos llenos de júbilo con él, cuando se nos manifieste como Resucitado y Exaltado. A él la gloria y el honor con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

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