Por Mario Alberto Molina, O.A.R. Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán

La Iglesia nos propone hoy tres lecturas para nuestra instrucción. Yo no veo mucha conexión temática entre las tres, sino que cada una nos ofrece una palabra de sabiduría y una exhortación para sostenernos en el camino. Aprovecharé la primera lectura para recordar la historia que concluye con ese relato que allí se nos presenta.

Se trata de un momento portentoso: la llegada de los israelitas a la Tierra Prometida bajo la guía de Josué. La brevedad de la lectura no hace justicia a la magnitud del hecho narrado. Llegar a la tierra prometida había sido el hilo conductor de toda la historia narrada en el Pentateuco. Pero resulta que ese final se narra fuera del Pentateuco, en el libro de Josué, y de la manera más escueta y sobria que se pueda imaginar. ¿Por qué termina el relato del Pentateuco sin que los israelitas lleguen a la tierra y por qué la conquista de la tierra es ahora más bien el inicio de otra historia que terminará en el fracaso del exilio?

Veamos brevemente cómo cuenta la Biblia la historia de este pueblo. Desde el inicio de la historia de los patriarcas, la promesa de la tierra es el hilo conductor. Dios conmina a Abraham a salir de su tierra guiado por la promesa de que recibiría en posesión la tierra y de que tendría una gran descendencia. Abraham nunca fue dueño de la tierra que Dios le prometió, aunque vivió en ella como un pastor nómada. Igual sucedió con su hijo Isaac y su nieto Jacob. Vivieron en la tierra de Canaán, pero como extranjeros, pues no eran dueños. Finalmente, Jacob y sus hijos migraron a Egipto, a causa del hambre. La tierra prometida, esa que más tarde será llamada la tierra que mana leche y miel, es ahora una tierra estéril, donde cunde el hambre, de modo que Jacob y sus hijos la deben abandonar para trasladarse a Egipto. Allí se volvieron un pueblo numeroso, pero de huéspedes los hicieron esclavos y sufrieron dura opresión.

Con Moisés comenzó una segunda etapa de la historia del pueblo de Israel. Otra vez Dios se acuerda de la promesa de la tierra. Por medio de Moisés, Dios decide liberar a los descendientes de Jacob de la esclavitud en Egipto, para llevarlos a Canaán. Es la misma tierra en la que había vivido Abraham, de donde había salido Jacob a causa de la hambruna reinante y hacia donde nuevamente se encaminaba el pueblo de Israel con la promesa de que será una tierra que mana leche y miel. Dios doblega la resistencia del faraón, que no quería dejarlos salir, por medio de grandes portentos que realiza por medio de Moisés. La noche de la liberación, los israelitas se salvan de la mortandad que campea en Egipto por medio de la sangre del cordero pascual. Cuando salen de Egipto, sin em- bargo, se tropiezan con una gran adversidad: el mar les cierra el paso por delante y el faraón, que ha cambiado de parecer, los persigue por detrás. Dios realiza la proeza que se convertirá en símbolo de su poder salvador hasta nuestros días: con mano poderosa abre un camino por medio del mar para que pasen los israelitas, y cuando estos ha pasado a la otra orilla, el mar vuelve sobre el faraón y su ejército, quienes perecen bajo las aguas.

Los israelitas celebran la salvación y emprenden su camino por el desierto a la tierra prometida. Al llegar a Sinaí, reciben de Dios los Diez Mandamientos, como norma suprema de conducta y contenido de la alianza entre Dios e Israel. Reciben también otras leyes que garantizarán una vida ordenada y justa cuando vivan en la Tierra Prometida. Deben caminar por el desierto. Dios los alimenta portentosamente por medio de un pan que cae del cielo y de agua que mana de una roca. Estos alimentos prodigiosos son anticipo y adelanto de la abundancia que encontrarán en la tierra hacia la que caminan. Después de múltiples adversidades finalmente están en la frontera para entrar a la tierra. Pero no es una tierra baldía. Deben conquistarla a sus habitantes. Durante los cuarenta años de la travesía, todos los israelitas que salieron de Egipto han muerto en el camino sin alcanzar a disfrutar de la tierra por la que salieron. El mismo Moisés muere sin poner pie en ella. Solo recibe de Dios el privilegio de verla desde un monte alto antes de morir. Así concluye el relato del Pentateuco. Todo un símbolo de que, en esta vida, solo podemos ver la verdadera tierra prometida de lejos y desde el monte alto de la fe y la esperanza.

Ese camino de los israelitas se nos propone como modelo de nuestro propio camino cristiano. Nosotros caminamos también hacia una tierra prometida. No es una tierra en este mundo, sino el destino del cielo. De hecho, nuestra tierra prometida es el mismo Dios. Nuestro Egipto, del que salimos, es la vida amenazada por la muerte, la vida entenebrecida por el pecado, la vida sin esperanza. Nuestro Moisés es Cristo, que abre para nosotros un paso a través del mar del pecado y la muerte, por su muerte en la cruz y su resurrección. Jesús nos enseñó que nuestro destino es el mismo Dios, un Dios bueno y misericordioso capaz de dar la vida. Es la memoria de ese Dios la que nos sostiene y nos alienta en el camino hacia nuestra tierra prometida, el cielo.

En la parábola del «Padre y sus dos hijos» que hemos escuchado, el momento de inflexión, el momento cuando el hijo frustrado recobra la esperanza, es cuando recuerda a su Padre: ¡cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: no merezco llamarme hijo tuyo; recíbeme como a uno de tus trabajadores. La memoria del Dios bueno, generoso y pronto a perdonar al que vuelve arrepentido pone en camino al pecador; como la promesa de la tierra que mana leche y miel puso en camino al pueblo de Israel.

Pero no es Moisés, sino Josué el que introduce a los israelitas en la Tierra Prometida. Esa llegada no se narra como conclusión de la travesía por el desierto, sino como inicio de la historia de Israel en Canaán. Una historia que acabará con la pérdida de esa tierra cuando deban salir al exilio. Al entrar en la tierra cesa el maná, el alimento providencial de Dios en el desierto. La tierra prometida no está en este mundo, sino más allá de la muerte. No es en esta tierra donde encontraremos el cumplimiento de nuestras esperanzas, sino cuando lleguemos a la casa del Padre, cuando habrá abundancia y música de fiesta porque habremos llegado verdaderamente a la única tierra de plenitud.

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