Homilía domingo 3° de Pascua

Por Mario Alberto Molina, O.A.R. Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán

El tercer domingo de pascua siempre leemos un pasaje del evangelio que narra una de las apariciones de Jesús resucitado. En esta ocasión hemos escuchado un largo relato de la pesca milagrosa al que se añade el diálogo de Jesús con Pedro acerca de su amor y fidelidad. Se trata de dos escenas distintas pero vinculadas entre sí, pues se narra una sola aparición de Jesús, aunque el evangelista inserta el comentario de que se trata de la tercera aparición al término de la escena de la pesca milagrosa.

Algunos de los discípulos de Jesús han vuelto a Galilea. Parece que ya se les olvidó la misión que recibieron en la primera aparición de Jesús cuando les dijo que los enviaba con el mismo encargo con que el Padre lo había enviado a él. El soplo del Espíritu como que no había surtido el efecto esperado. Parece también que se les olvidó que Jesús ya se les había aparecido para darles seguridades de que resurrección era real, cuando invitó a Tomás a tocarlo para cerciorarse. Pedro y algunos compañeros, entre ellos el discípulo a quien Jesús amaba de manera especial, han vuelto a su tierra y a sus faenas. Están otra vez a orillas del lago de Tiberíades. Van de pesca por la noche y no tienen éxito. Al amanecer, de regreso a la playa, un hombre parado en la orilla les pregunta por el resultado de la faena. El hombre es Jesús, pero los discípulos no lo reconocen. El hombre les da órdenes de que tiren la red a la derecha de la barca. Sorprende a docilidad de unos pescadores expertos para hacer caso a un desconocido. Quizá en su desaliento ya están dispuestos a esperar una apertura donde menos probable es. Quizá en el trato con Jesús y en el testimonio de los milagros que habían visto habían adquirido una cierta apertura para creer que siempre es posible una solución. Quizá la noticia de la resurrección, aunque todavía no los había transformado del todo, les había abierto la mente para pensar que, si un muerto ha resucitado, una pesca exitosa puede ser posible al final de una noche de fracaso.

Echan la red y hacen la captura más grande de su vida. El discípulo al que Jesús amaba es el primero en reconocer que el desconocido es el Señor. Se lo dice a Pedro, quien se lanza al agua, quizá impaciente para llegar antes junto a Jesús. Cuando todos llegan finalmente a tierra, encuentran que el hombre ha preparado unas brasas y está asando pescado y pan. Les pide que traigan de los peces capturados, y añaden unos más al fuego. El hombre los invita a comer. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle, “¿Quién eres?, porque ya sabían que era el Señor. Quiero destacar este rasgo, que me parece el más importante. El hombre en la playa no tiene los rasgos físicos de Jesús. Los discípulos reconocen que es el Señor no por una constatación física, sino por un acto de fe y de amor. Ante el hecho extraordinario de la pesca milagrosa, el discípulo a quien Jesús amaba es el primero en deducir que se trata del Señor Jesucristo. Por su autoridad y su fe, los demás también creen que es el Señor. Y aunque no lo constatan con los ojos de la cara, están seguros con la convicción del corazón de que se trata del Señor. Nadie se atrevió a preguntarle quién eres. La fe, en efecto, no surge de lo que se ve o se toca, sino de la buena noticia que se escucha y se entiende.

Hay varias escenas en las que Jesús resucitado se aparece sin ser reconocido de inmediato. El extraño que acompañó a los dos discípulos que caminaban hacia Emaús era Jesús y no lo reconocieron de inmediato. Aunque durante la conversación con el hombre, les ardía el corazón al escuchar sus explicaciones, no cayeron en la cuenta de que era Jesús hasta que el desconocido partió el pan. Y entonces se les desvaneció, pues a Jesús resucitado se le acoge con la fe, no con la vista o el tacto. Algo parecido le ocurrió a María Magdalena cuando lloraba junto a la tumba de Jesús. El Resucitado se le apareció, y ella creía que era el jardinero, hasta que Jesús la llamó por su nombre, es decir, le habló al corazón. Estos relatos nos enseñan a creer que cuando una lectura, una prédica, una oración nos toca el corazón, nos llena de alegría, nos descubre el sentido de la vida, es porque allí, bajo la figura de otro, allí está Cristo resucitado hablándonos y acompañándonos.

Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos, concluye el evangelista. Pero luego narra otra escena, que parece ser continuación de la anterior, pues la introduce diciendo que después de comer. En esta nueva escena, Jesús interroga a Pedro acerca de su amor a él. Por tres veces Jesús pregunta. Y por tres veces obtiene una respuesta afirmativa. Solo en la primera pregunta introduce Jesús un acento de comparación: ¿me amas más que estos? Pero no queda claro si ese amor mayor que el de los demás tiene después alguna consecuencia. Pedro responde la primera y la segunda vez de la misma manera, pero la tercera vez se entristece y apela al conocimiento superior de Jesús, que puede leer el interior de las personas. Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero. En respuesta a la declaración de amor de Pedro, Jesús le encarga el cuidado de sus ovejas. Aquellas ovejas, que en el capítulo 10 del evangelio según san Juan, Jesús había llamado suyas, esas son las ovejas que Jesús pone ahora bajo el cuidado del apóstol. Son los discípulos de Jesús, lo que escuchan su voz y lo siguen. El amor de Pedro a Jesús será la garantía de que Pedro pastoree las ovejas de Jesús, no como mercenario, sino como el mismo buen pastor. El pasaje indica también que Jesús, que sigue siendo el buen pastor, no ejercerá un pastoreo espiritual y a distancia, sino un pastoreo concreto y cercano, mediado por quienes él ha enviado con la misma misión con la que él había sido enviado por el Padre.

Finalmente, Jesús le anuncia a Pedro su muerte martirial. Y lo invita al seguimiento: Sígueme. En este contexto, ese seguimiento no puede ser otro que el seguimiento hasta la muerte como lo hizo Jesús. El amor que Pedro ha declarado con palabras lo debe corroborar con su sangre. Esta escena establece las cualidades de los que Jesús envía para seguir su misión: una identificación afectiva con Jesús hasta el punto de estar dispuesto a dar la vida por él. No es nada trivial. Y a lo largo de los siglos de la Iglesia hemos conocido pastores que así han ejercido el ministerio y así han actuado para el bien del evangelio.